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Domingo 8 de Abril de 2007 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2007. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.352. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 3,20 Bélgica: 3,00 Estados Unidos: 3,50 USD. Francia: 3,05 Irlanda: 3,00 Italia: 2,80 Holanda: 3,00 Portugal: 2,45 Reino Unido: 1,80 LE. Suiza: 5.40 CHF. Marruecos. 30 Dh. Milagro en el Amazonas Dos franceses fueron encontrados tras 52 días perdidos en la selva amazónica y ser dados por muertos. ¿Aventura épica o riesgo temerario con despilfarro del dinero de los contribuyentes? JUAN PEDRO QUIÑONERO ara unos, se trata de una aventura épica de nuestro tiempo. Para otros, una historia grotesca: como perder 20 ó 30 kilos, por cuenta del Estado, con un método menos traumático pero tan arriesgado como el Sida... Loïc Pillois y Guilhem Nayral (34 años ambos) habían soñado con una gran aventura, llegar desde Cayenne a Saul, en la Guayana francesa, atravesando una zona selvática, salvando todos los obstáculos de la más inquietante geografía tropical: lluvias torrenciales, ríos pantanosos, serpientes, cocodrilos, aves de maravilloso plumaje y pico voraz, insectos gigantes, flores carnívoras. Y a finales de enero pudieron poner en marcha su proyecto. Por su cuenta y riesgo. En Francia y sus territorios de ultramar, la Gendarmería advierte puntualmente a los aventureros ocasionales que tomar decisiones en solitario puede tener un costo económico importante: las víctimas de accidentes tienen que pagar, en muchos casos, los trabajos de rescate con helicópteros, lanchas o equipos especiales. Loïc y Ghilhem se creían fuertes para vencer todos los obstáculos. El optimismo apenas les duró una corta semana. Un buen día descubrieron que estaban perdidos en la selva, cuando se creían a punto de llegar a la diminuta localidad de Saúl. Y comenzaron sus tribulaciones, durante 52 días. La Gendarmería, como en tantas otras ocasiones, tuvo que desplegar medidas de urgencia: cuarenta gendarmes y comandos, pertrechados con varios helicópteros, estuvieron buscando a los excursionistas durante cuarenta y tantos días, hasta el 26 de marzo, cuando los dieron por muertos. Irene Lozano LOS OJOS QUE NOS VEN N P Los dos franceses rescatados de la jungla, en primer plano, al bajar del helicóptero Los excursionistas habían conseguido sobrevivir, con mucho arte y astucia. Cazando moscas e insectos. Comiendo pescado de río. Degustando frutos silvestres. Sufriendo la ducha atroz de las lluvias tropicales. Con un resultado inquietante. Perdieron entre 20 y 30 kilos. Hasta que uno de ellos, Guilhem, comenzó a dar señales de fatiga sin recuperación. Su amigo Loïc, por el contrario, siguió consultando su brújula. Y fue capaz de hacer el análisis correcto de la situación: no podían estar muy lejos de su AFP destino original. Y terminó por encontrar a unos lugareños que creyeron descubrir a un fantasma. Horas más tarde, los helicópteros de la Gendarmería rescataban a Guilhem. La epopeya terminaba milagrosamente bien. La novia de Guilmem dice admirar la fabulosa aventura del hombre de su vida. Un gendarme que prefiere guardar el anonimato se lamenta, lacónico: ¡Que absurdo es jugar a la aventura esperando que terminen salvándote con el dinero de los contribuyentes... O por mucho tiempo seguirán siendo ciertas las palabras de Antonio Machado: El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve Miles, tal vez decenas de miles de ojos mecánicos fisgan en los altozanos de la ciudad. Y son ojos porque nos ven, aunque no los veamos. Todavía no hemos llegado al paroxismo de los británicos- -una cámara por cada 14 habitantes- -que, no obstante, tienen la suerte de ser avisados de la existencia de vigilantes al entrar a un local. Aquínosiempremerecemos esaatención. Anteayer hablábamos varios amigos, mientras cenábamos en un restaurante, de la materialización de la pesadilla orwelliana y al hilo de la conversación miramos a los rincones del techo. Allí estabaelGranHermanoobservando, sin invitarle nadie, sin tan siquiera haber sido anunciado. Si nos hubiera dado por cucharetear en el sopicaldo político ni nos habríamos percatado. Todos estábamos con nuestra pareja habitual, comimos con buenos modales y pagamos la cuenta. Pero esa misma cena con amantes no es un delito, y esos mismos ojos vigilando un sex- shop, una iglesia o los libros que compramos proporcionan a no se sabe quién información sobre nuestras costumbres que tal vez no queramos regalar. Sin embargo, la preocupación ciudadana por el robo de la intimidad palidece ante la fascinación de ser grabado. Orwell no contó con la adicción ciudadana a esa sustancia euforizante que segregan las cámaras. Tal vez acabemos viviendo en la filmación constante y recíproca, grandes hermanos todos, caminando por la calle con una cámara en la frente, a modo de linterna de minero. La recomendarán para su seguridad y las gentes la amarán porque, como los fantasmas, querrán ser percibidos para demostrar su existencia. Se habrá torcido entonces la afirmación de Machado: sólo se sabrá que un ojo lo es cuando otro lo observe convertido en píxeles.