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ABC VIERNES 6 s 4 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA CRISTO Y LOS CRISTOS La figura sin par de este Cristo sobrecoge por su hermosura soberana y por la impresionante dignidad de su saber estar muerto, pero volcado y proyectado amorosamente sobre los hombres... A YÚDANOS, Señor, a los lectores y a mí, a sosegar debidamente nuestro espíritu en esta meditación de Viernes Santo. Nos valdremos para ello, a modo de asidero de la mente y los sentidos, de tres iconos sublimes: los Cristos, de Velázquez en el Prado, de la Buena Muerte, en Sevilla (Juan de Mesa) y el llamado de San Juan de la Cruz, obra, créanmelo, de Salvador Dalí, hoy en la Art Gallery de Glasgow. De entonces acá se cuentan por cientos de millares, si es que no por millones, los cuadros y bustos policromados que representan a Cristo en los trances y secuencias más dramáticos de su pasión y muerte: escarnecido en el Pretorio (azotes y espinas) presentado al pueblo por Pilato (Ecce Homo) cargado con la cruz (el Nazareno) taladrado en el Gólgota (el Crucifijo) muerto sobre el regazo de su Madre (la Pietá) y Yacente en el sepulcro (Santo Entierro) La Iglesia valora al máximo toda la imaginería sagrada de ese asombroso retablo, venero inagotable de la religiosidad popular en todos los tiempos y lugares. A los Cristos se les asocian sus ermitas y santuarios, sus procesiones y cofradías, en los recodos más distintos y distantes de la Cristiandad. Escogiendo a boleo, y sin salir de casa, me vienen de inmediato a la mente, de inexperto seleccionador nacional, unos pocos Cristos titulares de especial nombradía puestos por orden alfabético: son los de Caravaca, Limpias, Moclín, Serradilla, Zalamea, y el de la Vega en Toledo, del que nos dejó el poeta Zorrilla un precioso romance de ceñidos octosílabos. Todos ellos gozan, por demás, de una abundante literatura. ¡Qué inmenso hontanar religioso, cultural, e identitario de los países cristianos, en la vieja Europa, en las dos Américas y en otros Continentes semievangelizados! Desde su firme repulsa de los iconoclastas en el siglo V la Iglesia no se ha limita, do a tolerar, o simplemente permitir, el culto a los Seres sagrados y sus representaciones plásticas, sino que las ha fomentado positivamente como mediaciones idóneas para la veneración y oración a los personajes representados. Es más, en el Imperio Bizantino y en los Ortodoxos posteriores los piadosos iconos de Cristo sufriente o glorioso, o de su Madre Santísima- -Pantocrátor y Tehotocos- -han supuesto un componente esencial de la liturgia y de la espiritualidad, con un halo místico cuasisacramental. Más que una mediación, el icono se percibe como una presencia sagrada. tampoco los excesos en exterioridades, dispendios y abusos típicos, en el llamado catolicismo sociológico, en otros pueblos de tradición cristiana. Retomamos la meditación del Viernes Santo con el imaginario de tres Cristos, de Velázquez, Juan de Mesa y Salvador Dalí. Velázquez milagró su lienzo inmortal de Cristo muerto después de inclinar su cabeza y entregar su espíritu al Padre. Hacia ese rostro en penumbra, más de templo que de museo, han girado en los últimos siglos millones de miradas atónitas, lo mismo de creyentes que de turistas anónimos. A don Miguel de Unamuno, que no era ni turista ni anónimo, lo que más le sorprendió, según nos muestra en su grandioso poema El Cristo de Velázquez, fue su frente inclinada bajo el INRI de Pilato: ¿En qué pensabas, muerto, Cristo mío por qué ese velo de cerrada noche en tu abundosa cabellera negra de nazareno cae sobre tu frente? n este fulgurante pregón, de arrebatado lirismo, pondera don Miguel, como en un cantar de gesta, las grandezas de su héroe, faro de luz y de belleza para la humanidad caída. Sólo cabe degustar aquí una de sus estrofas, y eso sin el sabor y el encanto con que el insigne biblista Alonso Schoeckel glosaría muy sabiamente más tarde los centenares de recios y tortuosos endecasílabos del Poema unamuniano. Leámosla: Que eres Tú Cristo el único hombre que sucumbió de pleno grado triunfador de la muerte que a la vida por Ti quedó encumbrada... Mientras la tierra sueña solitaria, vela la blanca luna; vela el Hombre desde su cruz, mientras los hombres sueñan; vela el Hombre que dio toda su sangre por que las gentes sepan que son hombres Don Miguel contempla ya al héroe en sosiego soberano que perdona, pacifica y redime todas las turbulencias de un planeta convulso. Sevillano también del XVII, como Diego Velázquez, es el insigne imaginero Juan de Mesa, puen- E te entre dos astros de la escultura religiosa, su maestro, Montañés, y su émulo Alonso Cano. Sabemos que hizo entrega a los jesuitas de su ciudad en 1620 de la portentosa escultura del Cristo de la Buena Muerte. La sagrada imagen permaneció casi tres siglos en la iglesia de la Anunciación para pasar en 1914 a una capilla de la universidad y dar pie, diez años más tarde, a la creación de la Hermandad de los Estudiantes. La figura sin par de este Cristo sobrecoge por su hermosura soberana y por la impresionante dignidad de su saber estar muerto, pero volcado y proyectado amorosamente sobre los hombres. Su cuerpo difunto, sin vestigio ya de sangre ni de heridas, sin corona de espinas ni llaga del costado, a un tiempo vigoroso y distendido, cuelga inerte de los clavos superiores, separada su espalda del madero, curvado ligeramente hacia adelante y hacia abajo, para mostrar su rostro bendito a quien lo invoca desde enfrente, arrodillado o en pie. Emblema sublime de una muerte que es victoria y perdón, la más digna que imaginarse pueda. Sabiduría y fortaleza de Dios para quienes buscan la Verdad en las aulas y en la vida. Un salto casi mortal hasta el siglo XX y al pintor genial y atrabiliario Salvador Dalí, quien nos ha legado, de su época místico- clásica de los cuarenta, un singular crucifijo que pasa por ser su cuadro más afamado (1951) inspirado en un curioso dibujo de San Juan de la Cruz, conservado como preciada joya por las monjas de la Encarnación de Ávila. n el lienzo, de formato acusadamente vertical (205 x 106 cm. en su tramo superior, de una imponente negrura, emerge, como anclado en el mar, el poste central de la cruz, mientras que los brazos poderosos penden de los clavos del palo travesaño y se abren sobre el mundo- -Cristo cósmico- -como un águila real o un avión ligero, prestos a tomar tierra. El amplio espacio inferior de la composición pictórica se funde en la penumbra sobre un suelo fantasmal, con tenues reflejos de luz que prolongan su profundidad hacia un espacio misterioso. El rostro del Señor, velado por su noble cabeza y nimbado de una luz divina, que acaricia el triángulo mágico del crucero con los brazos, proyecta sobre el mundo inferior una mirada invisible de Jesús, en ademán de salvación y de consuelo. La cruz es trono de gloria, y Dalí nos lo supo decir como nadie. Empecé diseñando una meditación religiosa y ésta se me queda en la ignaciana composición de lugar, sin espacio para la reflexión teológica ni para la degustación espiritual de estos iconos. La corto pues aquí, no sin recordar lo más nuclear de este recorrido enamorado en torno al Cristo de nuestra fe y Señor de nuestra vida. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. No vino Cristo al mundo para condenarlo sino para que el mundo se salve por Él. E or contra, en las iglesias surgidas de la Reforma protestante las imágenes brillan por su ausencia, debido al rechazo visceral de las mismas a causa, creo, de los abusos supersticiosos y simoníacos perpetrados en el Medioevo. Pero sobreponiéndose a esto la Iglesia Católica ha mantenido siempre la validez del arte sagrado como vehículo privilegiado de la trasmisión catequética de la fe a los iletrados y, más en profundidad, por la glorificación de Dios que lleva en su entraña la belleza misma de la creación artística. No sin lamentar los excesos supersticiosos e incluso contaminados de paganismo africano, que proliferan a menudo en ciertos países hispanoamericanos; sin excluir P ANTONIO MONTERO MORENO Arzobispo Emérito de Mérida- Badajoz