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ABC JUEVES 5 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CONTRA PRONÓSTICO A A. B. con gratitud y reverencia H EL SENTIDO REVERENCIAL DEL DINERO L 30 de marzo un periódico americano analizaba la distancia creciente que separa a los verdaderamente ricos, el 1 por ciento del país, del 99 por ciento. Ese 1 por ciento, algo más de tres millones de ciudadanos, tiene una renta media de 1,1 millones de dólares, unos 827.000 euros. Esa renta individual ha aumentado 139.000 dólares en el último año estudiado, 2005. La distancia que separa a ese 1 por ciento del resto del país crece: la separación no ha sido tan grande desde 1928, año anterior al hundimiento de la bolsa. En los últimos 79 años nunca había llegado ese 1 por ciento a conseguir un pedazo tan grande de la tarta nacional. En 2005 el ingreso del 90 por ciento del país ha retrocedido en 172 dólares por cabeza. En 1935, Joseph Schumpeter volvió sobre el argumento propuesto años antes por la escuela marxista. El profesor austriaco explicaba la imposibilidad de que un rico, llegado a un determinado nivel de renta, pudiera perder poder adquisitivo por torpe que fuera, a no ser que adoptara decisiones suicidas. Por la fuerza de las cosas, los ricos se ven forzados a ser cada vez más ricos. Ramiro de Maeztu escribió sobre El sentido reverencial del dinero un ensayo DARÍO que vuelve hoy a la actualidad. VALCÁRCEL Muchos ricos son una parte esencial del motor de Estados Unidos. Quizá los seis años de la actual presidencia no hayan sido ajenos a ese concepto del dinero, valor supremo, dios omnipotente, generador de todo, la belleza, el amor, la gloria... El secretario del Tesoro, Henry Paulson, reconoce esa distancia progresiva entre ricos y pobres, debida en parte al cambio tecnológico, un factor que debe tenerse en cuenta al considerar las diferencias de renta en Estados Unidos El presidente George W. Bush ha defendido la reducción de impuestos a los contribuyentes de más alta renta como método infalible del relanzamiento de la inversión. Pero esa política ha ido acompañada de fuertes recortes en educación, sanidad y servicios sociales. Otra zona afortunada del mundo, la Europa nórdica, sociedad creadora de su propia fórmula de capitalismo, mantiene una posición diametralmente opuesta. Las aportaciones noruegas, suecas, danesas o finlandesas al Tercer Mundo superan co- E mo promedio el 1,2 por ciento de su PIB, frente al 0,2 por ciento de Estados Unidos, el 0,3 por ciento español o el 0,6 por ciento alemán o francés. Las sociedades nórdicas se declaran capitalistas, pero el capitalismo, como el oxígeno, tiene diversos grados de pureza o contaminación. Las políticas distributivas han avanzado durante 200 años, la imposición fiscal ha corregido la continua acumulación de capital, el estado se ha comportado como defensor de todos los ciudadanos sobre el interés privado. Todo esto, claro está, resulta discutible. Pero los datos no lo son. Los 300.000 americanos más ricos tienen ingresos equivalentes a los 150 millones de americanos menos ricos, es decir, la mitad del país. Por persona, la franja más favorecida dispone de 440 veces más renta que la media de los 150 millones de la mitad inferior. Esa diferencia ha aumentado casi el doble en los últimos 25 años. En 2005, el 10 por ciento de los americanos de ingreso más alto ha recibido un 48,5 por ciento de la renta nacional. En términos de estabilidad social y política, la disparidad es demasiado fuerte, cree la Universidad de California en Berkeley. El Internal Revenue Service considera que el 99 por ciento de la imposición sobre los salarios es justa y precisa, mientras que esa misma precisión sólo puede asegurarse en un 70 por ciento de las declaraciones sobre inversiones, dividendos u otras rentas de capital, más difíciles de registrar. Un problema paralelo, necesitado no de breves comentarios de periódico, sino de verdaderos estudios. El mismo periódico, el enciclopédico y poco solemne Herald Tribune, lo apuntaba el pasado día 2. Lo reducimos aquí a tres líneas: el cambio climático transformará la política internacional. La mundialización llega a la vida política. El derroche de energía de los países ricos ha acumulado CO 2 en la biosfera quizá para 500 años. Las sociedades poderosas producirán agua, combustibles y frío industrial mediante fuertes inversiones. Pero será difícil invertir en sociedades que no puedan pagar. Son 1.000 millones de habitantes del planeta frente a 5.500: no es seguro que la parte más numerosa vaya a esperar sine die. Quizá sea urgente evolucionar hacia sistemas más globales de diálogo. Quizá las grandes potencias no deban invertir preferentemente en fuerzas que con frecuencia se revelan inútiles. AY en el mundo dos clases de profesionales que cobran por equivocarse: los encuestadores y los meteorólogos. (Bueno, los periodistas también, pero por lo general basamos nuestros yerros en las predicciones de ambos. Ylos políticos no seequivocan: simplemente mienten) En descargo de ambos hay que señalar que su oficio consiste en predecir el futuro, que no es una ciencia ni se atiene a leyes, pero también es cierto que IGNACIO ellos mismos han rodeado CAMACHO sutrabajoderigurosaspretensiones de formalidad y solvencia, lo que a la postre actúa en su contra cuando la realidad tuerce los pronósticos. Los sociólogos apelanparaexculparseala supuestatendencia de la gente a mentir en los sondeos, pero los hombres del tiempo apenas si pueden recurrir a la aleatoria volubilidad de los fenómenos naturales. Mejor les iría si, como los gurús de los teléfonos esotéricos, admitiesen dedicarse a una variante contemporánea de la cabalística. Endías como hoy, comienzo depuentevacacional, las madres de los meteorólogos no andan tranquilas, mentadas por millones de ciudadanos que llegan al apartamento de playa bajo un aguacero y con las bermudas y las chanclas en el portaequipaje. Sus hijos tampoco lo pasan mejor, requeridos con precisión terminante por ansiosos cofrades al borde del infarto. Ciertos emperadores romanos mandaban ejecutar a los augures que erraban sus vaticinios, costumbre que echan de menos algunos compatriotas irritados por el fiasco de sus planes de Semana Santa. Pronto llegará elturnode los especialistas demoscópicos, a quienes pretenderán linchar los políticos perjudicados por sus oráculos en las elecciones de mayo. Lo cierto es que las predicciones a medio plazo han vuelto a fallar en buena parte- -sus autores sostendrán que han acertado en la misma medida- y que la prometida mejoría del segundo tramo de la semana se ha convertido en confusa inestabilidad que desespera a la ciudadanía en vacaciones y a los capillitas desolados por la evidencia del chubasco más inoportuno del año. Las expectativas rotas provocan en el ser humano la necesidad de buscar culpables- -Robert Hughes lo llamó la cultura de la queja -y el crédito de los especialistas se desploma ante la ira provocada por la frustración colectiva. Lamodadebuscar pronósticos en internet es magro consuelo: sólo demuestra que la NASA es tan falible como el gesticulante presentador del telediario. Eso sí, al menos este fiasco nacional, que deja a los excursionistas ateridos en unaplaya gris y a los penitentes desconsolados entre padrenuestros y salves, contiene una cierta esperanza frente a los apocalípticos mensajes sobreel cambio climático queamenaza nuestro futuro como especie. Si el clima hubieserealmentecambiado, si eldesierto nos invadiese con una inexorable y devastadora certidumbre, no seguiría lloviendo con desagradable y terca puntualidad en Semana Santa. Ni en la Feria del Libro.