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72 CULTURAyESPECTÁCULOS MARTES 3 s 4 s 2007 ABC Cuando Stalin dictó poemas de muerte La escritora Elisabetta Rassy novela el calvario de Osip Mandelstam, su rosario de deportaciones y su muerte en el gulag a causa de un poema satírico sobre Josip Stalin. El autor ejemplifica la aniquilación de toda una generación de escritores bajo el dictador POR TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. Imaginemos a una mujer- -ahora no es necesario su nombre- como hicieron otras, copiando, ocultando, distribuyendo entre amigos (han de ser de mucha confianza) -los versos de un poeta para quien Stalin ha decretado el olvido, tras ordenar su muerte entre el helado gulag siberiano. Entre la enamorada y su hombre el amor fue tan inmenso como ese territorio, aunque en él ardía el fuego de la pasión. El dictador, tan poderoso, no pudo apagarlo, aunque hiciera todo lo posible y más para erradicar la conciencia y la existencia de los que consideraba sus enemigos. Pero Ósip Mandelstam y su esposa Nadia Uakóvlevna Jazina salen a la luz, entre los destallos de su verdad. La investigación llevada a cabo por la escritora Elisabetta Rasy se ha convertido en material biográfico e histórico en La ciencia del adiós (Alianza Literatura) un libro que, según el Corriere della Sera aporta al lector el retrato de una era y un desesperado e intenso relato de amor y muerte El poeta que escribió he aprendido la ciencia de los adioses en el llanto nocturno, a cabeza descubierta vio por vez primera a Nadiezhda, una muchacha que estudiaba pintura, el 1 de mayo de 1919, en Kiev. En un país convulsionado por la revolución y la guerra, dos seres humanos se entregaron a un amor que nada ni nadie rompió. Imposible erradicar lo que se ancla en lo absoluto. Ósip Mandelstam, que sería llamado el poeta de Pertersburgo era, al decir de otros, extravagante e inconformista. Nació, al igual que Nadia, en el seno de una familia judía acomodada. Luego llegarían los tiempos terribles en los que su negativa a aceptar la sumisión al comunismo, a los dictados El poeta Ósip Mandelstam murió de desnutrición en el gulag de Stalin, le costarían la vida (ya no precisamente burguesa) El escritor siempre aseguró que no era un subversivo, ni un conspirador. Sólo soy un escritor y para este oficio no admito adjetivos proclamaba. Nadia, que significa esperanza e hizo honor a su nombre, no renunció al poeta por los numerosos meses que estuvieron separados. Su situación económica siempre fue atroz. La alegría de acudir a los recitales de Maiakovski no satisfacía sus estómagos vacíos. Era tal su pobreza que en una oca- ABC El dictador Josip Stalin ordenó la deportación Algunos escritores, como Nina Berberova y Vládek Jodasiévich, han huido a Occidente, pero Mandelstam se niega: la lengua rusa es su vida. Sociable y solitario, en su primera faceta acude a veladas literarias entre cuyos asistentes se encuentra Pasternak, que se horrorizará cuando en los años treinta Ósip dedique un cáustico poema a Stalin. En lo que respecta a la vivienda, el matrimonio va de mal en peor. Los padecimientos hacen que el matrimonio, a los 39 y 48 años de edad, padez- ABC sión dirigieron una petición formal a Máximo Gorki para que le asignaran unos pantalones nuevos a Ósip. Malvivían de lo que obtenía como traductor- -una tarea que odiaba porque lo alejaba de la poesía- Aparte de sufrir, ¿qué hace Nadia? La censura está a la orden del día- no sólo la música ha cambiado, sino los oídos que la oyen de modo que la esposa copia y memoriza los versos del marido. Nadiezhda es pintora, no desea ser la sombra del poeta, pero será la voz de aquel que el Poder silencia. Elisabetta Rasy: Sólo en la URSS se mataba por una poesía SERGI DORIA BARCELONA. En La ciencia del adiós (Alianza) la escritora italiana Elisabetta Rasy revive, con aliento poético, el calvario de una generación de intelectuales cuando el comunismo devino en la fórmula del asesinato en masa. Las memorias de a viudad de Mandelstam, Nadiezhda, son importantes porque describen la vida cotidiana bajo el estalinismo explica Rasy. Historiadora del arte, feminista y luchadora por los derechos civiles en los años setenta, la autora de La ciencia del adiós consideró que aquella pareja formaba parte de su paisaje interior, como unos parientes perdidos en el tiempo Las memorias de Nadiezhda se habían convertido en un libro de culto, sólo accesible a una secta de admiradores como Joseph Brodsky. Nadiezhda nunca tuvo un domicilio fijo, arrostró enfermedades y desnutrición... era como una santa laica. Tras el XX Congreso del PCUS, con el deshielo y la desestalinización, tuvo por primera vez una humilde casa. En sus memorias hablaba de Mandelstam, de sus amigos y sus perseguidores, pero nunca de sí misma. Con esta novela he querido situarla en el centro de la escena explica. Interesada por la cara oculta de la Historia, Rasy capta ese factor carnal, humano y emocional que dejan de lado los historiadores. En aquellos años de purgas, concluye Rasy, la URSS era el único país donde se mataba por un poema ca una vejez prematura. Sin embargo, lo peor está por llegar. Un día, un registro y la detención del poeta- el siglo lobo se me echa encima, pero yo no llevo sangre de lobo en las venas Condenado a tres años de destierro es acompañado por Nadia a Cherdiñ. Una tarde, cuando ella se adormece, él la cree muerta y se arroja por la ventana. Es sólo un primer piso, pero golpea con la fuerza del horror, del dolor infinito. Alguien sugiere el espanto de una clínica para trastornos nerviosos, pero una psiquiatra lo salva de ese destino. En 1937, de nuevo Moscú. El 2 de mayo de 1938, detención definitiva. Nadia le escribe a Beria (ejecutado en 1953) sin resultado. El 5 de febrero de 1939 le devuelven un giro postal. En 1940, su cuñado recibe un certificado de defunción con la fecha del 27 de diciembre de 1938 como la de la muerte del poeta. La oscuridad sigue envolviendo a la viuda. Pocos la visitan, entre ellos, Pasternak, aunque su esposa se niega, como la mayoría, a recibirla en su casa. Pero ella, como siempre, no pierde el tiempo. Sus memorias y textos de Mandelstam verán la luz en Occidente. Serán literatura, por más que el condenado a muerte, dijera, con desesperación, que los verdaderos escritores fueron los delatores con sus informes