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ABC MARTES 3 s 4 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 55 Julio Cruz y Hermida de la Real Academia Nacional de Medicina LA PASIÓN Y LA MUERTE DE CRISTO STAS fechas, de piadosa conmemoración cristiana, también inducen al recuerdo del gran suceso tanático que marcó a la Humanidad, tanto en su vertiente religiosa como específicamente humana. Enjuiciar la Pasión y Muerte de Cristo sin contemplar en él su doble naturaleza divina y humana, sería incompleta. La visión teológica estudiaría la primera; la visión médica nos acercaría a la segunda, y esa es la que trataremos de desarrollar, con emocionado respeto a su figura. Cristo nació Dios, envuelto en concepción y parto sobrenatural, pero sufrió como hombre en su mancillada y dolorosa Pasión, con zarpazos de profunda soledad anímica. San Lucas, evangelista y médico, nos dice que a Jesús, en el Huerto de Getsemaní, con la angustia precedente a su muerte, le chorreaba un sudor parecido a goterones de sangre Para los prestigiosos médicosescritores malagueños, Rodríguez Cabezas y Porta Tovar, en su excelente libro El dolor de Cristo este sudor, conocido en Medicina por hematohidrosis, pudiera tener un carácter psicosomático, producido por un continuado estrés, que acarrearía fuertes descargas de adrenalina vertidas al torrente circulatorio, originando la extravasación de sangre de los capilares de las glándulas sudoríparas, unido a un trastorno de la coagulación. La dura flagelación, previa a la muerte, con el flagelum (látigo con mango del que pendían finas tiras de cuero rematadas con bolas metálicas o huesos de ovejas) superó los 40 azotes de precepto, recibiendo mas de 100, que ocasionaron intensas desgarraduras de la piel y tejido subcutáneo y graso, produciendo fuerte hemorragia y shock circulatorio por la pérdida Cristo nació Dios, envuelto en concepción y parto sobrenatural, pero sufrió como hombre en su mancillada y dolorosa Pasión, con zarpazos de profunda soledad anímica E de sangre y la intensidad del dolor de carácter reflejo. La coronación, con ramas de espino (palarius aculcatus) puntiagudas de dos centímetros, que se hundían en el cuero cabelludo alcanzando el periostio que recubre los huesos del cráneo, fueron un factor hemorrágico adicional, según los mismos autores. Caminando hacia su muerte, portando la pesada Cruz de más de 80 kilos de peso, con 2,50 metros de longitud vertical (Patibullum) y 2,10 de trasversal (stipes) en el que se clavarían sus manos, Jesús subió penosamente los 450 metros que separaban el Palacio de Poncio Pilato a la cima del monte Gólgota, su destino final, en caminar agónico, ayudado tan solo por Simón de Cirene. L a crucifixión inventada por persas y cartagineses para generar una muerte ejemplarizante y lenta a quienes la contemplaran, se la aplicaron a Cristo los romanos. Cicerón la definió, según el doctor Pedro Gargantilla, como crudelissimus taeterrimungus suplicium (el castigo y suplicio más cruel y abominable) Le fijaron las muñecas al patibullum con clavos de 15 centímetros de aguda punta, introducidos entre los huesos semilunar, piramidal y ganchudo, aplicando una topografía anatómica que impedía el desgarro de tejidos hasta el codo, pero no a los ligamentos, tendones y nervio mediano, que le producirían intensísimo dolor. Los pies fueron apoyados sobre un soporte de madera (sedile o pagma en griego) para que el cuerpo no pendulara, y con iguales medios transfixivos de clavos metálicos atravesaron el primero y segundo metatarsiano de cada pie. Como anécdota especial que me atrevo apostillar al suceso de la crucifixión, he de consignar que mi abuelo paterno, Gaspar Cruz y Martín, notable escultor anatómico de la Facultad de Medicina de San Carlos, agnóstico de ideas pero afanoso buscador de experiencias que le pudieran dar nueva luz de creencia, en su Estudio de Anatomía, hizo una Cruz de madera de similares medidas a las referenciadas en documentos históricos, y en ella asentó, con el mayor respeto, como un especial homólogo corporal humano de Cristo, el cuerpo de uno de los recientes fallecidos de la sala de disección, para poder comprobar si aquel cuerpo inerme mantenía la postura digna de Jesús en la Cruz, que pasó iconográficamente a la posteridad. Decepción. Confesó frustrado, en confidencia a mi padre, que aquel cadáver se desmoronó totalmente en la Cruz, con lo que dedujo, admitiendo a regañadientes, la posible naturaleza divina postural de Jesús, suscitándole serias dudas futuras en su increencia racionalista. Para valorar la causalidad de la penosa muerte de nuestro crucificado conviene recordar todos los politraumatismos, comentados en el tiempo premorten, empapados en profusas hemorragias, para deducir una grave insuficiencia funcional con claudicación multiorgánica, acentuada por la disfunción respiratoria que le ahogaba, ya que el peso del cuerpo en la Cruz, sostenido solo por los clavos de las muñecas, modificaría sustancialmente los movimientos de inspiración y, sobre todo, de espiración para expulsar el aire viciado de sus pulmones. Esta angustiosa disfunción respiratoria conllevaría a una intensa retención de anhídrido carbónico que acabaría provocando un cuadro de anoxhemia y asfixia progresiva. La precaria oxigenación de tejidos, sobre todo en segmentos musculares, también pro- vocaría dolorosísima tetanización y contracción espasmódica de los músculos intercostales, que se sumaría como factor adicional a la dificultad respiratoria. En la notable publicación del profesor López Alonso, decano de la Facultad de Medicina de Alcalá de Henares, La muerte de Jesús vista por un médico creyente se exponen con rigor científico, múltiples y razonadas causas de la muerte de Jesucristo, de provechosa lectura para los interesados en el tema. a vida agónica de Jesús transcurre y finaliza entre la asfixia y las graves complicaciones hemodinámicas, con alteraciones del ritmo cardíaco, de la conducción aurículoventricular, y de la fibrilación ventricular. A ello se sumó el shock hipovolémico y la deshidratación por pérdida de sangre y líquidos, junto al posible derrame pleural y pericárdico, que pudiera explicar cómo, tras la muerte de Cristo, la lanzada aplicada por un soldado romano cerca del tórax, en el costado, hiciera brotar, como refiere San Juan, agua y sangre. La sangre procedería de la aurícula del corazón y el agua producto del derrame pericárdico. Parece ser que así fue la muerte de Jesús. Dios, como Redentor, quiso ofrecerla como hombre, compartiéndola con los hombres en la apoteosis sufriente de la miseria corporal humana. Más que nunca, ante el triste final de Jesús de Nazaret, cobran superior grandeza los estremecedores versos místicos que enervan y conturban nuestras conciencias: No me mueve mi Dios para quererte el Cielo que me tienes prometido. Ni me mueve el Infierno tan temido para dejar por eso de quererte. Muéveme, mi Dios, muéveme al verte clavado en esa Cruz escarnecido. Muéveme ver tu cuerpo tan herido. Muéveme ver tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor de tal manera que aunque no hubiera Cielo yo te amara y aunque no hubiera Infierno te temiera L Necrológica Driss Chraibi s Escritor le llevó a viajar por Europa y acabó dedicándose de lleno a la literatura y el periodismo. En 1954, dos años más tarde de establecerse definitivamente en París, publicó su primer libro, El pasado simple cuyo argumento le granjeó multitud de críticas ya que trataba sobre el enfrentamiento entre un joven y su tiránico padre musulmán, poniendo de relieve la intransigencia y el inmovilismo de la sociedad que le tocó vivir. Considerado por muchos como el verdadero patriarca de la literatura magrebí contemporánea, Driss Chraibi es uno de los escritores marroquíes en lengua francesa del que más obras se han traducido al español. Ha sido también el primer escritor árabe involucrado en la preocupación contemporánea sobre el problema de la identidad cultural y la discriminación racial. Ha publicado, en total, quince novelas, pero junto a El pasado simple que se convertiría después en un clásico de la literatura francófona del siglo XX, destacan también El hombre del libro (1995) y Nacimiento al alba (1987) Sus últimos trabajos literarios rozaban la ironía, al narrar las aventuras del inspector Alí una replica árabe del célebre agente Colombo Driss Chraibi recibió numerosos premios literarios, entre ellos el África Mediterránea por el conjunto de su obra (1973) el premio de la Amistad Franco- Árabe (1981) y el Mondello por la traducción italiana de Nacimiento al alba que narra la conquista de Marruecos por los ejércitos árabes a finales del siglo VII. Sus restos mortales serán trasladados próximamente a su país natal desde el departamento francés de Drome (sudeste) donde falleció. Prestigio de las letras marroquíes ABC Acaba de fallecer en Francia, a los 81 años, Driss Chraibi, uno de los escritores marroquíes en lengua francesa más prestigiosos, junto a Tahar Ben Jelloun. Hijo de un comerciante de té, nació en 1926 en la ciudad atlántica marroquí de El Jadida, a 200 kilómetros al sur de Rabat. Cursó estudios en Casablanca y a los 19 años viajó a Francia, con intención de licenciarse en Química y Neurosiquiatría. Pero su afán por conocer y contrastar la realidad