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ABC MARTES 3 s 4 s 2007 Tribuna abierta ESPAÑA 23 Eugenio Nasarre Diputado del Partido Popular LA CRECIDA DEL EBRO OY hijo de aragonés. Mi padre, desde niño, me transmitió el natural amor que profesaba a la tierra que le vio nacer. Mis veraneos infantiles transcurrieron en la falda del Pirineo aragonés. Y guardo con el recuerdo indeleble de las imágenes de la infancia la visión de las impresionantes cumbres de la cordillera que, a veces, conservaban todavía las huellas blancas de las abundantes nevadas invernales. Es de aquí de donde se nutre el caudal del Ebro me enseñaron. Y hasta oí decir a algún oscense apasionado, con orgullo y un hiperbólico sentido patrimonial, el agua del Ebro es de Huesca Aunque estaba todavía muy lejos de asomarme a las nociones del Código Civil, intuía que nada había más lejano del concepto de propiedad que las nieves que se derretían bajo el sol o las aguas que corrían por los barrancos para formar afluentes. Cuando iba a Zaragoza, a casa de mis abuelos, mi primera visita era al Pilar y a ver al Ebro desde el puente de Piedra. También mi abuelo, con orgullo, me mostraba la fuerza del imponente río en los meses de crecida. Era la personificación de la vida fecunda y de la riqueza. Y así fui interiorizando los sentimientos que el Ebro suscita en los aragoneses. No soy ajeno a ellos. Los guardo dentro de mí. omo tantos españoles, he visto en estos días las imágenes de la gran crecida del Ebro, un año más, al llegar la primavera. Las nieves de Huesca se dirigían veloces y poderosas para diluirse en el Mediterráneo. ¡Sin ser aprovechadas, mientras a unas tierras sedientas se les niega unas migajas de un caudal desbordante! Tales imágenes me han producido tristeza y amargura. La tristeza y amargura de un español hijo de aragonés. Porque son imágenes que representan, para mí, la historia de un fracaso y de una derrota: el fracaso de la política y la derrota de una cierta idea de España basada en la solidaridad y en la conciencia de un proyecto común. En primer lugar, un fracaso de la política. La política no está para atizar pasiones o para movilizar puros sentimientos, por muy ancestrales que éstos sean. La política está para, elevándose de las pasiones y sentimientos, promover racionalmente soluciones a los problemas que una sociedad tiene planteados. El terreno de la política es el del debate racional, el del encauzamiento de los intereses contrapuestos en juego, el de la búsqueda de compro- S Abandonar una política solidaria del agua, con una parte de España que padece sed, es sencillamente renunciar a un proyecto nacional común. Es aceptar la idea de una España enferma, que ya no cree en sí misma y deja a su suerte a quien tiene necesidad de bienes esenciales C La anomalía apareció con el liderazgo de Rodríguez Zapatero en el PSOE. La cancelación del plan hidrológico nacional formó parte de aquel primer paquete de medidas radicales de su Gobierno (en política exterior, en educación, en justicia, en la cuestión territorial) que marcan un verdadero punto de inflexión en nuestra democracia. Quizás todavía no hemos calibrado suficientemente la trascendencia de aquel arranque de la legislatura, que la ha marcado irremediablemente. Porque no consistió en modificar, matizar o buscar nuevos compromisos. La decisión adoptada fue un no radical, absoluto, a cualquier política solidaria del agua. Era un no tanto al PSOE de Felipe González como al PP. Era abandonar una zona común de los dos grandes partidos nacionales. Y lo hizo, como en otras materias, para abrazar plenamente, sin ambages, las tesis nacionalistas, asumidas ya, con el liderazgo de Maragall, por el Partido Socialista de Cataluña. El giro socialista era copernicano. Y se afianzó con el blindaje del Ebro en el estatuto catalán de nueva planta. (Resulta irónico, si no fuera una desvergüenza, que, simultáneamente, el nacionalismo catalán reclame al Estado español gestiones eficaces ante Francia en pro del trasvase de agua del Ródano a favor de Cataluña) El blindaje de los ríos se ha convertido en una de las señas de identidad de esta malhadada oleada estatutaria, toda ella contaminada por las tesis nacionalistas. bandonar una política solidaria del agua, con una parte de España que padece sed, es sencillamente renunciar a un proyecto nacional común. Es aceptar la idea de una España enferma, que ya no cree en sí misma y deja a su suerte a quien tiene necesidad de bienes esenciales. El PSOE liderado por Zapatero lo ha hecho ya. Sorprendentemente, el partido se ha sometido con gran facilidad al giro impulsado por su actual líder. Es una prueba más de su crisis ideológica pavorosa, que ya lo hace difícilmente reconocible como partido socialdemócrata. Las imágenes de la crecida del Ebro me han hecho sentir el dolor por esta España enferma, con agua desbordante y con sed. Esta España, en la que los elementos de solidaridad se desvanecen y cuyo deslizamiento hacia su fragmentación está alegremente conducido, en una huida hacia delante, por el nuevo césar del Partido Socialista, arropado por una clase política nacionalista cada vez más envalentonada al ver al partido gobernante con tan escalofriante pérdida de su identidad. misos y el de la primacía del interés general. s evidente que España tiene un problema de escasez de agua y de un desigual acceso a este tan vital recurso. Resignarse a considerarlo como un fatum es, cuando menos, una posición reaccionaria, tanto como negarse al progreso. El llamado pacto del agua de Aragón, junto con el plan hidrológico nacional formaba un proyecto racional para lograr la óptima utilización de los limitados recursos hídricos con la finalidad de que algo pudiera llegar a las partes más sedientas de nuestra geografía nacional. Lo que se pretendía era que esas tierras recibiesen una pequeña parte sobrante del gran caudal que llega al Mediterráneo en este tiempo de crecida. En el fondo, la opción es tan sencilla como ésta: o llevar toda el agua al mar o destinar algo de ella a las tierras sedientas. Para éstas, esa pequeña porción del caudal es oro molido. Es la condición para asegurar su progreso, que beneficia al conjunto de la nación. E A pesar de la rebelión sentimental de Aragón, agitada irresponsablemente por una parte de su clase política dirigente, cualquier observador habría pronosticado que concurrían todos los elementos y circunstancias para alcanzar un compromiso aceptable, si hubiera funcionado la política. El problema era incuestionable y acuciante. Desde hacía muchos decenios, los más prestigiosos científicos e ingenieros habían propugnado y demostrado la viabilidad de la solución de los trasvases. Los dos grandes partidos nacionales habían coincido en defender en sus programas una política solidaria del agua a través de los trasvases de cuencas. El Partido Socialista de Felipe González había elaborado un ambicioso programa de trasvases y lo había defendido con un coherente planteamiento, propio de un partido socialdemócrata. El plan del Gobierno de Aznar había salido adelante con plena legitimidad democrática y amplios apoyos de los sectores sociales y económicos. Incluso había comenzado ya su ejecución. A