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ABC MARTES 3 s 4 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA SINIESTRO TOTAL NTE la contumacia que los españoles mostramos en desobedecer al Gobierno matándonos en las carreteras, las autoridades vuelven a estudiar un endurecimiento intimidatorio de las sanciones que a este paso acabará contemplando la cadena perpetua. Descartado por razones constitucionales el fusilamiento sumarísimo en las cunetas, de seguir aumentando las estadísticas de siniestros los infractores podrían ser sometidos a la ley antiterrorista, siempre que no se llamen De Juana Chaos. Todo antes que admitir que ciertas reformas, oportunas y razonables, no bastan para modificar a corto plazo arraigados hábitos de conducta, y que el IGNACIO carné por puntos no supoCAMACHO ne un matemático descenso obligatorio de los accidentes, del mismo modo que la Ley de Violencia de Género no ha frenado los asesinatos de mujeres. Lo cual no significa que ambas normas sean cuestionables, sino que la política no proporciona una varita mágica con la que solucionar problemas de compleja índole social. El Gobierno tiende a creer en los mecanismos inmediatos de acción- reacción, como si las leyes fuesen un resorte de correlatos automáticos, y legisla a golpe de encuesta y estadística. De paso da en culpabilizar a todo el mundo como medida exculpatoria de sí mismo, buscando atajos para diluir sus propias responsabilidades. El programa de infraestructuras del actual Ministerio de Fomento es, por ejemplo, de una vacuidad escandalosa, inversamente proporcional a las ínfulas de su ruidosa titular. Para el poder siempre resultará más sencillo obligar a circular en tercera que diseñar un plan de carreteras que dignifique la red vial extendiendo las autovías y forzando la mejora de las rutas secundarias, donde se produce el mayor número de accidentes mortales o graves, y que dicho sea de paso son en su gran mayoría competencia de unas autonomías que no están a la altura de sus compromisos. Tampoco pondera el Gobierno, en su genérica alarma ante la curva de siniestros vacacionales, la proporción que guardan los accidentes fatales con circunstancias como la lluvia, la noche, el alcohol o la edad de los conductores. Su reacción compulsiva extiende a todos los ciudadanos un manto de conducta sospechosa, sin discriminar a los realmente temerarios, que acaba proponiendo el ideal de una circulación a marcha lenta y en fila india. Con todo, acaso el problema real resida en los pésimos hábitos de conducción de algunos de nosotros, ligados a atávicos componentes de nuestra psicología social: chulería, prepotencia, autoconfianza imprudente. Contra ellos hay que actuar mediante la pinza combinada de educación y represión, pero los resultados de esa política, como los de mejora de las carreteras, llevan tiempo y no alcanzan para condecorar con estadísticas la gestión de un director general. Por eso la paciencia también es recomendable para un Gobierno que ha de frenar su invasiva tendencia reguladora y entender que los conductores no se matan para desafiar su autoridad. A PARA FRACCIONAR EL PP A DAPTAR la capilaridad política del centro- derecha no pasaría por fraccionarlo entre centro y derecha dura, sino por sintonizar mucho mejor el PP. Si es cierto que algunas personalidades políticas del PP caracolean en la línea de salida del nuevo centro y que otras parecen haber firmado ya los estatutos de una extrema derecha, eso son sólo arrabales de una vasta conurbación social y política que ha logrado mayorías absolutas, que pertenece al Partido Popular Europeo y que en sus momentos más afortunados reconstruyó aquella gran tienda- -la gran carpa- -que acogía a liberales, conservadores, democristianos y reformistas. Fraccionar el PP favorecería tanto a Rodríguez Zapatero- -muy activo en ese empeño- -que alejaría al centroderecha del poder por largo tiempo, entre llanto y chirriar de dientes. Por ejemplo, ahí está Duran Lleida- -cuya respuesta a la propuesta de ERC ha sido de sensatez- -proponiendo un gobierno de coalición entre los socialistas y CiU en Cataluña, a la vez que echa de menos un partido de centro. Por efecto mimético de la campaña francesa, cotejar con España la reapaVALENTÍ rición centrista de Bayrou tranquiliza PUIG el protagonismo de los contertulianos de mañana y noche, pero la cuestión es otra: en el mundo occidental, es cada vez más ancha la franja de electores con afanes plurales en un crescendo de heterogeneidad, afanes que son al mismo tiempo intereses y convicciones, siendo más angostas las bases de los partidos. Por ejemplo: hay votantes que son conservadores fiscales, aceptan la eutanasia, quieren disciplina para sus hijos y se sienten ecologistas. Luego puede haber quien esté dispuesto a pagar más impuestos, defienda el laicismo y esté por la cadena perpetua, si no por la pena de muerte. Esa mescolanza de la realidad comienza a ser detectada en la sociedad española como consecuencia del crecimiento económico, de los cambios demográficos, de la transformación de la familia y la emergencia de nuevos valores. Al diputado en busca del voto ahora le esperan las incógnitas de las concentraciones de inmigración y las inseguridades de la nueva clase media. Todo eso afecta a la bipolaridad política y la matiza en no poca medida, pero no significa la bancarrota indefectible del bipartidismo, como algunos profetizan en los Estados Unidos. En el caso británico, sea o no una estricta operación de maquillaje, lo cierto es que el tory David Cameron se está situando en posición de ventaja para cuando el laborista Gordon Brown suceda a Tony Blair como primer ministro. Cameron ha olfateado esos vientos de heterogeneidad y ha ido estilizando los postulados del partido conservador, hasta el punto de que tiene perplejos a no pocos avezados analistas de la fauna y flora de Westminster. Eppur si muove Hace falta saber si dura o resulta ser un suflé de temporada. No sabemos qué capacidad de consistencia política tiene ese pijo de clase alta que pretende ir en bicicleta a la Cámara de los Comunes. Lo cierto es que, a pesar de sus sucesivas crisis de liderato, el partido tory no se ha fraccionado, y no sólo por la circunstancia importante del sistema electoral. De acuerdo con la incalculable variedad de ciudadanos, la línea divisoria entre izquierda y derecha es ya borrosa casi por definición, y también por la liposucción de las ideologías. Las identidades políticas son más cambiantes y tal vez menos integrales que nunca. Desprestigiados y con escasa valoración, los partidos políticos todavía pueden ser una referencia. Depende de su credibilidad, de su saber sintonizar, del olfato, expresión y gancho de sus líderes. En Francia, un 61 por ciento dice que no es de derecha ni de izquierda, pero los argumentos de la campaña están siendo atendidos mayoritariamente y no únicamente por su colorido mediático. Existe todavía un resquicio para la buena política frente al ilusionismo. En España, no poco depende- -tanto para el PSOE como para el PP- -de quien se afirme como garantía de estabilidad frente al juego de apariencias. Si en la izquierda existe un lastre de determinismo histórico, en la derecha perdura cierto fatalismo. Una coagulación de ese fatalismo- -sumada a los personalismos de aprendiz de brujo- -pudiera ser decisivo para el fraccionamiento del PP. Es algo que los electores, sabios y consecuentes, no perdonarían. vpuig abc. es