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ABC DOMINGO 1 s 4 s 2007 Nace el Prado del siglo XXI CULTURAyESPECTÁCULOS 83 FOTOS: CHEMA BARROSO A la izquierda, una de las cuatro salas de exposiciones temporales, presidida por una linterna de luz, que arranca en el claustro de los Jerónimos (arriba) La luz natural procede del lucernario que corona el techo del claustro UN SUTIL COFRE INTELECTUALIZADO Un paseo por la nueva ampliación del Prado es un recorrido por la trayectoria del propio arquitecto. Sobre su piel van apareciendo intenciones, relaciones, concesiones a la inteligencia y a la memoria del lugar más importante del Museo del Prado. Esta se trata de la intervención más destacada desde la construcción en 1785 del que fuera, en su inicio, un proyecto de Villanueva para en Museo Real de Ciencias Naturales. Antes ya se había encargado de demostrar al mundo una manera inteligente de cohabitación entre la arquitectura moderna y las preexistencias. Los guiños entre Rafael Moneo y la historia han sido constantes en su carrera sin necesidad de recurrir al historicismo. Es capaz de establecer puentes lingüísticos con ciertos valores del pasado sin caer en la metáfora evidente. Su condición de catedrático de Elementos de Composición le habilita para manejar y transformar con fluidez las herramientas formales de la arquitectura, para reinterpretar sus recursos estilísticos. Quién se atrevería a decir otra cosa. No es necesario recordar su alumbramiento como gran maestro de las intervenciones sobre el patrimonio histórico en el Museo de Arte Romano de Mérida. Tampoco vamos a descubrir su habilidad para dotar Grandes cristaleras permiten admirar el ábside de Villanueva Arturo Franco Arquitecto uién podría pensar que aquel arquitecto de veintinueve años que construyó la casa Gómez- Acebo en el Soto de la Moraleja, a finales de los años sesenta, se convertiría en el arquitecto español más prestigioso de todos los tiempos. Aquella vivienda de cubierta tradicional y planta rectangular fue capaz de reunir de la forma más sucinta sus primeras influencias y de anticipar sus futuras obsesiones. Su formación de la mano de Sáenz de Oiza y fundamentalmente su colaboración con otro Pritzker, Jorn Utzon, así como su propia manera de relacionar la historia con la modernidad utilizando su propio lenguaje, ya se dieron cita temprana en esta pequeña casa de cerámica. Exactamente, 40 años después inaugura la ampliación Q Un gran hall, con lamas de bronce en el techo y el auditorio al fondo Las puertas de Cristina Iglesias dialogan con el parterre de boj de dignidad y monumentalidad controlada cualquier tipo de edificio público. Un paseo por la nueva ampliación es un recorrido por la trayectoria del propio arquitecto. En este caso ceñido a la extremada cautela de las administraciones. El recorrido se precipita como una secuencia de momentos semienterrados, de transiciones fluidas entre el edificio de Villanueva y el claustro de los Jerónimos. La primera lección de historia se produce al acceder desde el Jardín Botánico. El atrio de recepción de visitantes se abre forzando la perspectiva que conduce a la zona de los Jerónimos en un ejercicio de control renacentista. Es aquí donde la luz penetra por ambos lados desde arriba generando una atmósfera intencionada. Sobre el atrio se sitúa un jardín domesticado de trazas barrocas señalando con sus dedos hacia el corazón del antiguo museo, la sala basilical, el albergue de Velázquez. Desde el jardín se aprecia por primera vez, a un lado, la espalda limpia del edificio de Villanueva, al otro, la relación nítida entre la Iglesia de los Jerónimos y su nuevo claustro encamisado. Sobre su piel van apareciendo intenciones, relaciones, concesiones a la inteligencia y a la memoria del lugar. Logias, estrías sobre pilares de sección cuadrada, ladrillos aplantillados que se miran al espejo de Villanueva, zócalos de granito salvando cotas, bronces envejecidos, aproximaciones mesuradas a la iglesia y un interior perforado por la luz de arriba abajo que convierten esta caja en un sutil cofre intelectualizado.