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ABC DOMINGO 1 s 4 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 69 Hermenegildo Altozano Escritor VIAJES Y ESCRITURA P Me recuerdo de uno de los primeros escritos. Una cuartilla embarrada de tinta negra. Hablaba de cómo en la noche comenzaban a encenderse las preguntas y de que muchas de esas preguntas terminaban por quedar flotando, sin respuesta, entre el humo de los cigarrillos ARECE como si los encuentros con la literatura- -con lo que leo y con lo que dejo escrito- -tuvieran algo que ver con los viajes. Como si sólo a nueve mil metros de altitud- -o en un vagón de tren- -nos fuera dado avanzar las lecturas, forjar los argumentos, trenzar las historias. Si algún día recibiera un premio literario de prestigio. Si algún día- -vencidas las resistencias que me amarran aún a otros oficios- -me convirtiera en un escritor de fortuna. Si ingresara en alguno de esos círculos selectos que dictan normas sobre el uso apropiado del lenguaje o afilan lápices para corregir, bruñir, inventar las palabras, es probable que, más tarde o más temprano, tuviera que declarar- -como hacen quienes reciben un premio literario de prestigio o ingresan en las Reales Academias- -por qué me hice escritor. Diría, entonces, que las cartas que escribo en vuelo hacia un lugar cualquiera tuvieron algo que ver con ello. Me recuerdo de uno de los primeros escritos. Una cuar- diciendo que la carta le hubiera gustado si la hubiera leído. No he dejado de leer las cartas. Algunas, mucho tiempo después. Otras las llevo conmigo y las extiendo sobre la mesa como si se tratara de los mapas en un orden de batalla. O una brújula para poder regresar a los días que han sido. tilla embarrada de tinta negra. Hablaba de cómo en la noche comenzaban a encenderse las preguntas y de que muchas de esas preguntas terminaban por quedar flotando, sin respuesta, entre el humo de los cigarrillos. Lo di a leer al profesor de Literatura- -curso del 80- -y me lo devolvió días más tarde con anotaciones en tinta verde. Al final del texto había una nota en la que me sugería que dejara dormir el escrito y lo leyera tiempo después. Es probable que aquellas anotaciones me animaran a dar a leer mis escritos a los prójimos. se mismo año presenté un cuento al concurso del colegio. Lo titulé La Carta Alguien contestaba una carta recibida y terminaba U E na carta me sirvió para completar una historia que quería haber escrito desde que regresé de Houston. Todos los días, cuando terminaba de trabajar, volvía al apartamento donde vivía por una de las avenidas principales. Levantaba la capota del coche para sentir la brisa y la humedad en la cara. Cada uno de esos atardeceres no podía dejar de mirar por el retrovisor cómo se recortaba el centro de la ciudad sobre la noche tejana. Había un momento, detrás de una curva a la derecha, en que podía ver los rascacielos iluminados, como antorchas en un ritual, como velas en una tarta de cumpleaños. La carta llegó al número 711 de Lousiana Street, suite 2900. La guardé en un cajón, pues no quise abrirla entonces, y luego- -año 1996- -viajó a Madrid con las demás cosas, cuando hice mudanza. No la leí hasta el año pasado. ¿Cómo debe ser una carta? Si me lo pregunto es porque no sé si esto que escribo conserva aún la textura de una carta. O si es tan sólo un pretexto- -otro pretexto- -para perpetuarme en la escritura. Para saberme leído. Para ensayar tiempos verbales. Para jugar con los adverbios. Con los pronombres. Con los nombres mismos. O si, tal vez, es un modo- -otro modo- -de continuar nuestra conversación. La conversación única que se interrumpe con cada viaje. Pero la palabra vuelve y la voz vuelve. iro por la ventanilla. Otra vez el sol delante de mí. Cada vez más tenue. El atardecer se tiende perezoso sobre una hamaca de nubes y le hablo, como te hablo a ti, de los otros atardeceres. De las puestas de sol en la azotea, frente a la Punta del Morro. Pero ahora voy a cerrar los ojos y voy a dormir, porque apenas quedan unas horas para que volvamos a hablar. M Jorge del Arco Escritor BUSCANDO PEDIATRA DESESPERADAMENTE STA última Navidad me dejó un regalo incomparable: el nacimiento de mi primer hijo. Se adelantó Leonardo un par de semanas a la fecha prevista, y, brioso y saludable, me completó la última pieza del conocido puzzle de la felicidad- -pues ya antes había plantado un árbol y había escrito un libro. Este sexto varón de la nueva saga- -que los abuelos paternos pensaron que sería de una vez por todas la primera nieta- dio tres kilogramos en la báscula y, gracias a Dios, no ha padecido ningún otro contratiempo más allá de sus hambrones lloriqueos y los desvelos propios de la noche. Mas las verdaderas dificultades empezaron con la primera consulta pediátrica. Por cercanía a mi domicilio- -y aprovechando la cortesía del seguro médico que nos cubría temporalmente la asistencia del bebé- telefoneé a la consulta del doctor Ciller para pedir hora. Ausente, me devolvió, serio y agrio, la llamada. Llamé esta mañana para pedir una cita y... No habrá sido esta mañana. No me he movido de aquí me es- Uno- -y a buen seguro que hay muchísimos- -que disfrute cuidando a los niños tanto como lo hago yo. Y orientando a padres novatos y expertos con la necesaria educación E petó. Perdone, fue poco después del mediodía respondí. Si es su primer hijo debe venir de 11 a 1 h, pero no a la una menos cinco continuó. Dígame mejor a qué hora nos pasamos y allí estaremos Usted no me entiende- -prosiguió- Le he dicho que no venga a la una menos cinco. Además, a la una me voy. Ah, el primer hijo... como no saben nada les tengo mucho que contar ¿La dirección de su consulta es... No me dejó terminar. Usted no me entiende. Estoy en frente del parque, donde juegan los niños Respiré hondo, le dije adiós, y para mis adentros, hasta siempre. l doctor de la Torre sí tuve ocasión de conocerlo. Un tétrico y obsoleto recibidor daba paso a su despacho. Tras sentarnos, se tomó su tiempo para revisar el correo del día- -le habían parecido poco los veinte minutos que ya nos había hecho esperar. Tienen cara de ser primerizos comentó, después de preguntarnos si era el primero. Su agudeza fue in crescendo al par de absurdas y necias preguntas que nada tenían que ver con el niño. Pleno de originalidad, indicó: Su hijo se llama Leonardo, como Da Vinci. Yo tengo un códice de Da Vinci que apareció en la Biblioteca Nacional. Lo compré en Espasa Calpe ¿Conocen Espasa Calpe, la librería? Pues yo se lo vendo por 750.00 pesetas. O si saben de alguien... o de alguna universidad americana que esté interesada El resto fue una larga pesadilla de más de cincuenta minutos. Tan fuerte me mordí la lengua que tuve que aplicarme hielo al regresar a casa. Al menos, supimos cosas de nuestro chiquitín como que tenía todo en su sitio -según palabras textuales. T A ras solventar durante once días la terrible burocracia, obtuve una nueva cita; esta vez, en el ambulatorio de la seguridad social de nuestro barrio. La doctora Santos nos recibió cabizbaja. Sin dar los buenos días, comenzó una cansina retahíla de preguntas a las que añadía un gesto adusto y contrariado. Terminado el interrogatorio, leyó con desgana unos singulares consejos para recién nacidos: Debe tener higiene diaria No lo zarandeen Si tiene gases, se lo echan al hombro Si no quieren tener un hijo con la cabeza aplastada, cámbienlo de postura Auscultó al bebé con cara de pocos amigos y tras desnudarlo y ponerle el estetoscopio- -sin previo calentamiento- -sobre la espalda y el pecho, Leonardo empezó a llorar: Eres muy nervioso, eh, sí, sí, muy nervioso, eh le reprochó. Por fortuna, la visita llegaba a su fin, pero antes quise satisfacer una curiosidad, y le inquirí: ¿La lactancia mixta que le estamos dando tiene alguna desventaja? Mire, los problemas sociales se los arregla cada uno como puede A mi sorpresa, siguió mi silencio. Envalentonada por mi pasmo ante tan insolente respuesta, manifestó poco después: Ya nos gustaría a todas la mujeres tener más pecho Esa misma tarde, solicité un inmediato cambio de doctora. Mi nueva esperanza es la doctora Álvarezseguro que en este escaso tiempo que llevo de paternidad, sigo siendo el mismo- -más feliz si cabe- -que antes. No hablo de mi hijo más de lo imprescindible, ni me he convertido en un papá histérico y protestón. Tan sólo busco pediatra desesperadamente. Uno- -y a buen seguro que hay muchísimos- -que disfrute cuidando a los niños tanto como lo hago yo. Y orientando a padres novatos y expertos con la necesaria educación. A