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ABC DOMINGO 1- -4- -2007 INTERNACIONAL 37 vidido al Gabinete de Thatcher y, probablemente, habría destruido su amistad en ciernes con el presidente Ronald Reagan, que más tarde resultó ser la más fructífera de todas sus relaciones internacionales. Se consideró, por así decirlo, que Gran Bretaña se había comportado razonablemente mientras la flota estaba en el mar, y se seguía echando la culpa a Argentina. Cuando el 20 de mayo Thatcher obtuvo la aprobación de su Gabinete (aunque su ministro de Asuntos Exteriores aún refunfuñaba) para ordenar la reocupación de las islas Falkland, no se le podía acusar de haberse apresurado a declarar la guerra. La operación militar fue un triunfo, aunque el sufrimiento que implicó a veces hacía que a Thatcher, en privado, se le saltaran las lágrimas. El 14 de junio comunicó a la Cámara de los Comunes que las banderas blancas de la rendición argentina ondeaban en Port Stanley, la capital de las Falkland. En cierto sentido, la crisis de las Falkland fue absurdamente irrelevante comparada con los grandes problemas políticos del momento. Pero desde otros puntos de vista, fue fundamental. La crisis de Suez en 1956 había hecho creer a Gran Bretaña que ya no era una gran potencia. Las Falkland hizo que la gente pensara que nuestro gran declive había terminado, y que teníamos razones para volver a sentirnos orgullosos. Al coincidir con el comienzo de la recuperación económica del país, contribuyó a que nuestra voz fuese respetada de nuevo en el mundo. Para Margaret Thatcher, el asunto de las Falkland demostró su capacidad de liderazgo: atención al detalle, elocuencia, decisión y valor. Hasta entonces, su partido la tenía en periodo de prueba. Ahora era la que mandaba. HORIZONTE Ramón Pérez- Maura HONOR NACIONAL ecuerdo con nitidez la mañana del 14 de junio de 1982. Yo tenía el privilegio de estudiar mi bachillerato en un colegio inglés. Al cruzar el patio central, aproximadamente a las 7,30 de la mañana, algo inusual ocurría: la Union Jack ondeaba desde el mástil mayor, con un deslumbrante sol iluminándola. Por ese ancestral y para mí desconocido sistema de comunicación supe que las tropas de Su Majestad británica habían alcanzado la victoria total a unas 8.000 millas de distancia. Charles Moore, un verdadero maestro de periodistas- -y que me perdone por designarle con un calificativo tan desvirtuado en España- -describe hoy aquí, insuperablemente, qué movió a Margaret Thatcher a lanzar aquella operación de recuperación de un territorio y restauración del honor nacional. Los españoles, recién salidos de la dictadura, todavía sentíamos cierta solidaridad panhispana que primaba sobre el derecho internacional. Nos costaba entender que aquella no era más que una maniobra del general Galtieri y sus adláteres para cubrir sus numerosas vergüenzas. Menos de dos meses antes, yo mismo había sido subyugado por la belleza de un artículo de Torcuato Luca de Tena en las páginas de este diario El coleccionista de islas (Cuento con moraleja) 25- 04- 1982) en el que trazaba un paralelismo entre las islas Malvinas y Gibraltar. Y ante eso, no había español digno de serlo que se resistiera. Mas la verdad era muy otra. Lo que se debatía era si un dictador podía imponerse sobre una nación democrática. Nada menos. Un cuarto de siglo después, apenas cabe dudar que que son muchos los tiranos- -quizá no occidentales, pero tiranos, sin duda- -que ven en la creciente debilidad de nuestra civilización muestras que promueven el auge global del totalitarismo. Que ven en el acomodamiento de nuestra sociedad campo libre para plantar sus campamentos y someternos a sus leyes. Creemos que todo lo que tenemos se mantendrá imperturbable porque sí. Mas la pregunta es evidente. ¿Cuántos españoles estarían dispuestos a ir a la guerra mañana si Marruecos ocupara Ceuta y Melilla? RESTAURAR EL R Irrelevante y fundamental Margaret Thatcher, acompañada por un militar británico, visita las Malvinas en enero de 1983 AP Un verdadero intento argentino de negociar habría dividido al Gobierno y destruido su amistad con Reagan La operación militar fue un triunfo, aunque el sufrimiento que implicó hacía que se le saltaran las lágrimas Hasta entonces su partido la tenía en periodo de prueba. Ahora Thatcher era la que mandaba no estaba dispuesto a negociar a pesar de que eran muy pocas las concesiones que podía hacer en la negociación por temor a la opinión pública nacional. A primeros de mayo, el intento desesperado de EE. UU. y Perú por llegar a un acuerdo con Argentina enojó enormemente a Thatcher en privado. Pensó que su propio ministro de Exteriores estaba intentando traicionar la postura británica acordada. Era profundamente consciente de que la visión del Ejército británico dándose la vuelta en mitad del océano y regresando a casa sólo sería tolerable si se hubieran satisfecho las principa- les reclamaciones británicas. Con el plan de Perú, no habría sido así. Fue una grandísima suerte para Thatcher que la Junta Militar argentina fuera tan estúpida y tan extremista como para rechazar todas las ramas de olivo. Un verdadero intento argentino de negociar habría di- La crisis de las Falkland también demostró en su mente todo lo que le era querido de su país y sus tradiciones: la fuerza de los pueblos angloparlantes, la profesionalidad de las Fuerzas Armadas británicas, la importancia del orgullo y de la autodeterminación nacionales, y la necesidad de luchar, literalmente, por lo que uno cree. Y también permitió que Thatcher se situase como la auténtica personificación de esas creencias. En un discurso, poco después de la victoria, citó a Shakespeare: Nada nos podrá arruinar si Inglaterra se mantiene fiel a sí misma Margaret Thatcher pensaba que se había mantenido fiel a sí misma, y a Inglaterra. Fiel a sí misma