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36 INTERNACIONAL DOMINGO 1 s 4 s 2007 ABC El ave fénix británica Cuando mañana se cumplen 25 años de la invasión de las Malvinas, el autor- -columnista y ex director del Daily Telegraph que prepara la biografía autorizada de la ex primera ministra- -sostiene que la guerra demostró la capacidad de liderazgo de Thatcher peraba, esta idea fue rechazada con abucheos cuando sus ministros la presentaron en la Cámara de los Comunes el 2 de diciembre de 1979. Después de aquello, continuaron las conversaciones con Argentina, aunque sin demasiado ímpetu. Los recortes en defensa, impuestos a causa de la calamitosa situación económica que Margaret Thatcher había heredado, ayudaron a que la Junta Militar argentina se convenciera a sí misma de que los británicos no tenían voluntad de luchar por las islas. Con cualquier otro primer ministro, a lo mejor habrían acertado. Con Thatcher se equivocaron. El 31 de marzo de 1982, los servicios de inteligencia dejaron claro, casi sin avisar previamente, que una flota argentina navegaba rumbo a las islas con la intención de invadirlas. Sin su ministro de Exteriores, que se encontraba en Israel, ni el jefe del Estado Mayor de la Defensa, que estaba en Nueva Zelanda, Thatcher reunió en su despacho en la Cámara de los Comunes a todos los colegas que pudo encontrar para que la ayudaran. Hablaron sobre qué podía hacerse. Todos le advirtieron que reconquistarlas sería extraordinariamente difícil. El ambiente era sombrío en extremo. Por suerte para Thatcher, el jefe de la Armada, sir Henry Leach, estaba al tanto de la reunión. Furioso por los recortes con que se había amenazado a su servicio, vio el desastre de las Falkland como la oportunidad de demostrar lo que valía la Armada Real. Con su uniforme de gala de almirante, entró en la Cámara de los Comunes y exigió ver a Margaret Thatcher. Ésta invitó a Leach a unirse a la reunión y le preguntó si creía que se podrían reconquistar las Falkland, una vez invadidas. Sí, primera ministra, podemos le aseguró Leach, y, excediéndose en sus competencias de marino, añadió: Y debemos Esto cautivó a Thatcher. Siempre había admirado a los hombres en uniforme, y se aferró a lo que había dicho Leach. Se ordenó a las Fuerzas Armadas que preparasen un destacamento para reconquistar las Falkland. El Gabinete aprobó la medida dos días después. El destacamento zarpó desde Portsmouth el lunes 5 de abril. Recuerdo que vi a Thatcher ese día en televisión. Sus famosos ojos llameaban: Cito a la Reina Victoria: Las posibilidades de fracaso no existen Era una noble mentira. Sería un gran error pensar que Thatcher tomó la decisión de reconquistar las Falkland sin pensarlo, o sin terribles dudas. Aunque su sensación de indignación ante la agresión argentina era absolutamente genuina y su confianza en la calidad de las Fuerzas Armadas británicas era sólida, sabía muy bien lo grandes que eran los riesgos, físicos, militares y políticos. Pero también sabía que no podría sobrevivir a semejante humillación política a no ser que intentase restaurar el honor nacional. El sábado 3 de abril, la Cámara de los Comunes, llamada a debate de emergencia por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, hizo callar a gritos a su ministro de Defensa. Poco después, dos de los ministros de su Gabinete dimitieron por la deshonra. Sabía que ella podría seguir pronto su mismo camino. En sus memorias, Thatcher escribe mordazmente sobre la actitud derrotista de su ministerio de Exteriores y su flexibilidad de principios ¿Que un dictador vulgar o de jardín iba a gobernar a los súbditos de la Charles Moore LONDRES. Que me perdonen los lectores españoles si no hago referencia a las Malvinas en este artículo. Cuando las islas Falkland fueron invadidas por Argentina, mañana hará veinticinco años, Margaret Thatcher no debía saber que también tenían un nombre español. Y una vez que tuvo lugar la invasión, usar ese nombre le habría parecido casi una blasfemia. Por eso, para hablar de su estado de ánimo durante lo que resultó ser su mayor triunfo, debo usar el nombre que ella siempre utilizó: las Falkland. Thatcher no empezó su mandato como primera ministra con una opinión firme sobre las Falkland. Estas islas están a 12.872 kilómetros de Gran Bretaña y en aquella época tenían sólo 1.800 habitantes humanos (aunque muchísimos más ovinos) Argentina llevaba mucho tiempo reclamándolas. Los británicos nunca creyeron que el derecho argentino sobre las islas fuera legítimo, pero sus diplomáticos no tenían demasiado interés en que siguieran siendo inglesas. Consideraban que las Falkland se interponían en las relaciones con Latinoamérica, que eran más importantes. Aunque ella siempre se preocupaba más por las lealtades nacionales británicas que la mayoría de sus burócratas, al principio Thatcher no les impidió actuar. No mucho después de que se convirtiese en primera ministra por primera vez, en 1979, consintió que su Ministerio de Asuntos Exteriores investigase las posibilidades de ceder la soberanía a Argentina a cambio de un leaseback una suerte de venta y arriendo de bienes con opción de compra que daría a los habitantes de las islas, casi todos los cuales deseaban seguir siendo británicos, un margen de casi cien años hasta que su enemigo tomase posesión de las Falkland. Como Thatcher más bien es- Podemos y debemos Leach Usar el término Malvinas en vez de Falkland le habría parecido a la premier una blasfemia tras la invasión Los ojos de Thatcher llameaban: Cito a la Reina Victoria: Las posibilidades de fracaso no existen Sabía que no podría sobrevivir a semejante humillación a no ser que intentase restaurar el honor nacional Estaba acorralada, y ella es del tipo de personas que luchan cuando están acorraladas Reina e imponerse mediante el fraude y la violencia? No mientras yo fuera primer ministro Pero sus palabras más significativas, en el mismo párrafo, son: en cualquier caso, ¿cuál era la alternativa? Estaba acorralada, y ella es del tipo de personas que luchan cuando están acorraladas. La prueba Sin embargo, el destacamento pasó seis semanas en el mar antes de estar preparado para atacar. Y fue en ese periodo, más que en el momento de la decisión original de enviar al Ejército, cuando realmente se puso a prueba a Thatcher. Se encontró con que debía sopesar numerosos factores. Además de la necesidad primordial de calmar la ira de los ciudadanos británicos, estaba el deseo de evitar un derramamiento de sangre innecesario, y el miedo a que el tiempo invernal en el Atlántico Sur o los problemas de logística o la potencia de fuego de Argentina fueran demasiado para las fuerzas británicas. Después estaba la necesidad de conseguir la máxima ayuda práctica y diplomática en todo el mundo, y la importancia de explotar, en lugar de debilitar, la estrecha alianza de Gran Bretaña con Estados Unidos. De modo que había que dar la impresión de que el Gobier-