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ABC SÁBADO 31 s 3 s 2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 77 Esqueleto gigante diseñado por el artista italiano Gino de Dominicis, expuesto ayer en la explanada de la catedral de Milán REUTERS ¿Por amor al arte, o arte por la cara? Tal vez los ismos ya estén a buen recaudo en el fondo del baúl de los recuerdos de la Historia, pero algunos artistas parecen empeñados en la provocación y en un desmesurado afán de epatar. Como muestra, estos tres ejemplos bien recientes de modernidad MANUEL DE LA FUENTE MADRID. Buena la hizo el escritor italiano Filippo Tommaso Marinetti cuando hace casi un siglo, allá por 1909, publicaba en el diario francés Le Figaro su por lo menos chocante Manifiesto del futurismo en el que entre otras epatantes lindezas clamaba a los cuatro vientos de la modernidad que un automóvil de carreras lanzado a toda velocidad es más hermoso que la Victoria de Samotracia la impactante escultura realizada, al parecer por un artista de Rodas, un tal Pithókritos, ciento noventa años antes de Cristo. El provocador de Marinetti ni conoció al tal Pithókritos, ni a Fangio, y muchísimo menos a Fernando Alonso. Pero su frasecita, como para perder el carnet por puntos de persona moderadamente sensata, quedó para la historia. Incluso, para la del arte. Desde entonces, cada vez es más difícil distinguir entre las obras que se hacen por verdadero amor al arte, perdónese la redundancia, y las que no pasan de ser arte gratuito, totalmente gratuito. Arte y ensayo, a menudo para muchos amantes de las formas clásicas, con demasiado ensayo. Pero para eso están los críticos. Y algunos escultores, como los autores de las piezas que en esta misma página se pueden contemplar, tres artistas contemporáneos que parecen haber sido atacados por un delirio bastante tremens o quién sabe si por un inspiradísimo rapto de originalidad, trascendencia y belleza. Por orden de aparición, y de tamaño, que en arte a veces también importa, tal y como se observa en la imagen superior, una obra del italiano Gino De Dominicis, que diseñó, apenas tres meses antes de su muerte, este gigantesco esqueleto de veintiocho metros de largo y ocho toneladas de peso (y eso que está en los huesos) con una nariz quevedianamente superlativa, escultura que desde ayer está expuesta en la explanada situada frente a la catedral de Milán. Debajo, y tal vez atragantado por una sobredosis de canciones de George Harrison, el artista Cosimo Cavallaro ha usado, precisamente, el título de una canción del desaparecido beatle, My sweet Lord Mi dulce Señor para titular su escultura de Cristo realizada en chocolate, y que aquí aparece colgada en un estudio de escultura neoyorquino. A otros, por menos, les ponen sobre el cuello la guillotina de la intolerancia. Y, finalmente, el lector puede detenerse ante l Homonculus sensitif (Sensitive Homonculus) escultura del francés Mathieu Mercier, perteneciente a una serie de treinta y siete obras que se exponen en las bodegas de la firma de champán Pommery, en la localidad francesa de Reims. Al parecer las esculturas van a permanecer expuestas entre las estanterías repletas de botellas, aunque no se especifica si para su realización los artistas tuvieron antes la posibilidad de probar los que se supone deliciosos y espumosos caldos de la bodega. Marinetti estaría encantado. Visto lo visto, a veces podría pensarse que el futurismo fue casi un pretérito perfecto. My sweet Lord un Cristo de chocolate de Cosimo Cavallaro AP l Homonculus sensitif obra del francés Mathieu Mercier AFP