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ABC SÁBADO 31 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA JUSTICIA PÓSTUMA UMEROSAS sentencias judiciales deberían ser remitidas a los cementerios, donde moran a perpetuidad las víctimas de atropellos administrativos o legales a quienes la vida no les alcanzó para ver amparada su razón por la justicia. Algunos de ellos tuvieron la esperanza de que su causa fuese tramitada por el procedimiento abreviado curiosa denominación procesal aplicada en algunos casos- -como el célebre sumario Ollero, palmaria apoteosis de la corrupción- -que se han extendido durante doce años. Cuando se plantea un litiIGNACIO gio a cierta edad conviene CAMACHO hacerse un chequeo médico antes de ir al juzgado; es bastante probable que la sentencia la vayan a recoger los herederos del reclamante. Así ha ocurrido con la reforma laboral de Aznar, el célebre decretazo de 2002, anulada ayer por el Tribunal Constitucional casi un lustro después de que su propio autor la diese por liquidada ante la protesta de los sindicatos en la calle. Aquel paquete legislativo fue el primer gran tropiezo de un aznarismo que comenzaba a revestir formas cesáreas; se formó tal tumulto, huelga general incluida, que el Gobierno hubo de plegar velas y recoger el agua derramada por su soberbia política. El decretazo entró formalmente en vigor, pero las medidas que contemplaba fueron retiradas casi de inmediato, antes de que tomasen cuerpo, y de paso la convulsión se llevó por delante al ministro del ramo, que no había hecho sino obedecer a su jefe. Quizás Aznar pensaba, como el patriarca de la novela de García Márquez, que hay órdenes que se pueden dar pero no se pueden cumplir. La cuestión es que los recursos planteados siguieron su curso estéril, y han peregrinado cinco años por las veredas del Alto Tribunal, cuya lista de asuntos pendientes quizá requiriese atención a mayores urgencias. Ocurre lo que con muchos presupuestos de comunidades autónomas, recurridos por el Gobierno, y hasta a la inversa con presupuestos del Estado pleiteados por las autonomías: cuando el TC se pronuncia están gastados hasta el último céntimo. Esta clase de victorias pírricas deben de proporcionar una íntima satisfacción a sus promotores, pero sólo consiguen incrementar el colapso de un aparato judicial a todas luces sobrepasado por la intensidad de la demanda. El ritmo de evacuación de sentencias en el Constitucional produce un hondo pesimismo sobre el amparo ciudadano ante los abusos del poder, y se proyecta con inquietante zozobra sobre algunos asuntos de enorme trascendencia colectiva que están en la mente de todos. Al menos el decretazo tuvo la suerte de provocar un rapto de lucidez autocrítica en un Aznar que aún no había perdido el sentido de la realidad, pero el Estatuto de Cataluña no ha contado con un Gobierno lo bastante sensato para reconducirlo a tiempo. El TC lo va a juzgar en vigor y refrendado- -aunque con poco entusiasmo- -por el pueblo; visto lo visto últimamente, casi cabría conformarse con que el fallo llegue antes que la independencia. N UN CÁNCER MORAL UBLICABA ayer Rosa Díez en este periódico un artículo de una belleza áspera y estremecedora, titulado Gente corriente el que, glosando una cita de Primo Levi, comparaba la situación de los judíos en la Alemania nazi con la que hoy padecen quienes se oponen a los designios nacionalistas en el País Vasco. No faltarán quienes juzguen desmesurada la comparación; pero creo que Rosa Díez ha acertado a designar el cáncer moral que corrompe a la sociedad vasca, que empieza también a corromper a una parte nada exigua de la sociedad española. La agresión recibida por Antonio Aguirre se erige en metáfora acongojante de ese cáncer. No tanto la agresión en sí como lo que vino a continuación: acongojaba ver a la gente congregada en torno al agredido, increpándolo con ensañado regocijo; acongojaba la impertérrita pasividad de la policía autonómica, que no se molestó siquiera en aprehender al agresor; acongojaban las palabras de la portavoz del Gobierno Vasco, calificando de contramanifestación la presencia en el lugar de representantes de un movimiento cíJUAN MANUEL vico que cumplían con un deber leDE PRADA gal; acongojaba la negativa de los parlamentarios socialistas a condenar en el Congreso de los diputados semejante vileza... Una congoja de índole casi metafísica. En su artículo, que tenía la fuerza revulsiva del Yo acuso zoliano, Rosa Díez recordaba a aquellos buenos alemanes que fingían despreocupación cuando veían desaparecer de la noche a la mañana a los judíos que habían sido sus vecinos, que se encogían de hombros cuando les llegaban noticias sobre su destino aciago, que se tapaban la nariz cuando el humo de los hornos crematorios anubarrada el cielo. Algo malo habrán hecho solía ser entonces el comentario indiferente o cobarde con que se despachaba el infortunio de los judíos. La connivencia ante la injusticia quizá sea el rasgo más característico de las sociedades podridas; naturalmente, quienes se rebelan contra esa injusticia son inmediatamente tildados de agoreros, P condenados al descrédito, expulsados a las tinieblas exteriores. Y así se produce esa sobrecogedora inversión moral que hoy ya padecemos en España: quienes se atreven a denunciar la injusticia son señalados con el dedo como causantes de esa injusticia, como elementos subversivos que impiden a la gente corriente a los buenos ciudadanos, a los estómagos agradecidos, el pleno disfrute de una paz hedionda. Cuando vi las imágenes que registraban la agresión a Antonio Aguirre me vino a la memoria un chiste terrible que en cierta ocasión le oí contar a Gila. Decía más o menos así: Iba yo dando tranquilamente un paseo con mi mujer y de repente asistimos a una escena espeluznante. Un hombrecillo enclenque estaba siendo golpeado sin piedad por dos individuos fortachones, dos matones curtidos en el gimnasio, ante la indiferencia de quienes por allí transitaban. El hombrecillo había recibido primero una tunda de puñetazos; una vez caído en el suelo, llovió sobre él un pedrisco de puntapiés. Yo no podía permanecer ajeno a lo que estaba sucediendo. Me dispuse a intervenir, pero mi mujer trataba de impedírmelo: ¿Estás loco, Manolo? ¿Quién te manda meterte en líos? me decía. Quita, mujer, quita- -le respondí- ¿Cómo crees que puedo contenerme, ante semejante espectáculo? No podría perdonármelo jamás Después de muchos forcejeos, logré vencer la resistencia de mi mujer. Me remangué la camisa y me metí en la refriega... ¡Cómo lo pusimos entre los tres! Y Gila concluía su chiste con un gesto de plácida satisfacción, el gesto orgulloso de quien ha cumplido con un deber cívico, de quien ha contribuido a restaurar la justicia. Encarnizarse con el débil ha constituido siempre una de las expresiones más obscenas de la naturaleza humana. Pero cuando ese encarnizamiento es admitido por quienes deberían reprimirlo y condenarlo, cuando ese encarnizamiento es contemplado con naturalidad, incluso con regocijo, azuzado y jaleado desde instancias de poder, nos hallamos ante un cáncer moral de muy difícil extirpación. Un cáncer en plena metástasis que devora los últimos residuos de dignidad social.