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ABC VIERNES 30 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA DOS BARAJAS A ¿SE PUEDE GOBERNAR CON GENTE ASÍ? ONTILLA quiere dedicar su tiempo político al frente de la Generalitat a gestionar las cosas y hacer poco ruido, lo cual es una apuesta sensata y digna de agradecimiento. Pero no toda la felicidad es posible teniendo al lado a cuatro tipos desleales, pelmas y políticamente indeseables disfrazados de antisistema y encantados de haber visto el horizonte de independencia a las pocas horas de haberse dado un atracón de calçots La última proeza de los chicos asamblearios de ERC ha consistido en desestabilizar el Gobierno del que ellos forman parte mediante la oferta formal de coalición al partido que ocupa la acera de enfrente, cosa inusitada en la política europea y que si se produjese en cualquier sociedad políticamente normal provocaría una crisis sin precedentes. Aquí, afortunadamente, nadie les ha tomado en serio. Montilla, el impávido vladimir de la política española, ha suspirado melancólicamente y ha vuelto la mirada a los papeles que tenía en ese momento encima de la mesa. Los nenes han vuelto al redil no sin antes dejar un poco más estropeado el perfil de los políticos catalanes. ¿En qué ha quedado todo, pues? En que el CARLOS Gobierno catalán es un edificio algo HERRERA resquebrajado y en que ese tipo de rajas nunca se sabe cuándo se acaban de abrir y se llevan por delante la consistencia de la obra. Todo por ganar posiciones de cara a las elecciones municipales. Si ERC quería explicitar severamente sus posiciones independentistas de cara a ampliar su electorado no necesitaba poner boca abajo un gobierno con pocos meses de vida que sustituye a otro gobierno al que también lanceó en dos ocasiones. Sin embargo, les puede el ruido, la necesidad de recordar que son lo que son y que vienen de lo que vienen. Dicen que les importa la proyección de la Cataluña moderna y no tienen reparo en ensuciar el ambiente político de su comunidad, en insultar a los ciudadanos alterando su tranquilidad. Dicen que trabajan por el futuro independiente de Cataluña y con una sola de sus iniciativas logran concitar toda la antipatía de los sectores M bizcochables. Dicen que gobernar para los ciudadanos es lo primero y olvidan a las primeras de cambio los problemas cotidianos de los catalanes para someterles a una tensión permanente e innecesaria. ¿Cómo se puede gobernar con gente así? La independencia de Cataluña es un nirvana absurdo en el que no creen ni sus propios propagandistas. Confeccionaron un estatuto innecesario en el que todos adoptaron las posturas políticamente correctas y se llevaron el revolcón de una ciudadanía que les dio la espalda en un referéndum al que acudieron a votar menos de la mitad de los catalanes. Tan preocupados no estarían. Los mismos que ahora esgrimen ese estatuto como joya intocable del imaginario catalán votaron que no en el Parlamento y pidieron el voto negativo al electorado. Ahora, sin embargo, entienden como una cuestión de honor histórico que no les toquen ni una línea. Qué disparate. Por si fuera poco, a las primeras de cambio, consideran las elecciones municipales venideras como una suerte de refrendo histórico sobre algo tan trascendental como la independencia de un territorio y plantean la sustitución de un gobierno por otro a cuenta de una consulta popular que ni pueden hacer ni tampoco pueden ganar. Con individuos semejantes se tiene que establecer la política diaria de las cosas, se tiene que decidir qué carreteras construir, qué hospitales edificar, qué educación impartir y qué impuestos determinar. ¿Alguien en su sano juicio cree que se puede gobernar en condiciones como esas y con sujetos de ese jaez? La maldición de la política catalana cae como una losa sobre una población asombrada y timorata. Saben que están haciendo el ridículo, lamentan su suerte y, sin embargo, se sienten acogotados para reaccionar ante una parte de la clase política que pone en solfa su prestigio de pueblo sensato. El sainete vivido en Cataluña puede haber ilusionado a cuatro cuentistas de espíritu gaseoso, pero difícilmente habrá convencido a un pueblo con otras prioridades que preguntarse constantemente quiénes son y adónde van. Y nadie, sin embargo, hace ningún gesto por poner las cosas en su sitio. Qué hartura de política. Qué mediocridad de destino. estas alturas, y después de las últimas detenciones de comandos listos para cometer nuevos accidentes en la precampaña electoral, es probable que ni siquiera el presidente Zapatero continúe aferrado a la arcangélica ilusión de prolongar en el tiempo su juego favorito. En caso contrario, sería un supuesto patológico de hombre empeñado en el contumaz proceso de engañarse repetidamente a sí mismo. Otra cosa es que, consumada la evidencia ventajista de que ETA está manejando dos barajas, el jefe del Gobierno haya decidido dejarse hacer trampas, fingiendo que no ve el truco, para no tener que admitir el fracaso de haberse senIGNACIO tado a jugar con tahúres CAMACHO que llevan en el cinto una pistola. Da lo mismo: en un supuesto o en el otro, vienen a ser dos maneras de equivocarse a propósito. Aún queda para el presidente una salida honorable, que es la de recuperar la iniciativa y levantar la mesa antes de que los malos la hagan saltar por los aires. Convocar al PP en torno al consenso roto, con una llamada a la que la oposición no podría negarse, y desde el Pacto Antiterrorista emplazar a Batasuna a demostrar de manera inequívoca su proclamada voluntad de pasarse a este lado de la legalidad democrática. Otegui no tendría otra oportunidad de abandonar el lado oscuro, porque las elecciones locales cerrarían una puerta tras cuyo cerrojo comenzarían a actuar sin remilgos los fiscales y los guardias. Y aunque volviesen tiempos malos que de todos modos van a regresar, a Zapatero le quedaría la dignidad de haber sido él quien empezó y acabó la peligrosa aventura. Pero eso significa apretar los dientes y ponerse un uniforme de combate cuya simple textura le produce urticaria moral y política. Por eso prefiere cerrar los ojos y esperar que sean los otros quienes levanten la mesa, arriesgándose a la convulsión social que puede provocar un nuevo atentado. De alguna manera, es posible que también le repugne volver al consenso con el Partido Popular y confíe en una hipótesis entreguista que hace tiempo circula por la Moncloa en voz baja: que ETA siempre preferirá a Zapatero en el poder y no cometerá la locura de regalárselo con otro bombazo a quien sólo promete sangre, sudor y lágrimas. No cerrar ahora el Proceso significa entrar en una espiral de autoengaño. Permitir a Batasuna jugar con sus partidos- señuelo y sus listas- trampa, correr detrás de liebres mecánicas pactadas de antemano para salvar la cara y esperar a que la bestia se apacigüe con migajas para ganar tiempo hasta la cita electoral decisiva, que es la de las próximas generales. Mirar para otro lado cuando el contrario cambia de baraja a la vista de todos, y fingir que no se ve la culata de la pistola en el cinturón de los tahúres. E ignorar deliberadamente que, aunque la primera partida acabe sin más sobresaltos que la humillación de dejarse ganar bajo chantaje, hay una bomba debajo del tapete que siempre amenazará con reventar el casino.