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ABC MIÉRCOLES 28 s 3 s 2007 Tribuna abierta ESPAÑA 17 Javier Zuloaga Periodista y escritor No puede haber paz sin libertad y esta última no ha existido, no existe y puede que no esté garantizada en el futuro, si la búsqueda superficial del fin del terrorismo se lleva a cabo dando la espalda a la presión social, el amedrentamiento y el miedo de muchos vascos que no siguen ni van a seguir la partitura independentista UE no hombre que no no me hables de eso eso no se hace no te andes por las ramas ¿no te fastidia? por aquí, no paso no estoy seguro no quiero no te olvides de llamar no me toques serían necesarias muchas líneas para hacer un inventario representativo de los muy diferentes escenarios que puede llegar a representar la palabra no según de qué otras palabras vaya acompañado. Recomendación, recordatorio, anuncio, rechazo, duda, advertencia... Pero sobre todo, el no adquiere su mayor dimensión cuando denota la negativa a hacer algo de forma clara. Un no mayoritario de los franceses le costó la presidencia de la República a Charles De Gaulle y esos mismos ciudadanos dijeron que no, muchos años después, a la Constitución europea porque temían que mermara la grandeur de la suya propia. El no cuando se trata de las cosas públicas, toma su máxima dimensión y trascendencia y se convierte así en la conciencia de aquellos políticos que piensan que la voluntad de los ciudadanos es algo que existe al final de DECIR QUE NO Q la legislatura y poco más. Ya sé que es una entelequia, pero deberían los gobernantes del mundo saber- -y luego decidir, o no, en consecuencia- -qué cosas no quieren los ciudadanos. Porque la historia está llena de errores cometidos por políticos que han actuado de espaldas a lo que la calle deseaba o a lo que no quería. Lo hemos visto en las recientes elecciones legislativas de los Estados Unidos, en las que los norteamericanos han retirado buena parte de la confianza que habían dado a su presidente, debido, según los entendidos, casi exclusivamente al belicismo actual de la Casa Blanca. Los americanos han dicho no a Bush. Ese no castigador, los dos de los franceses en los años sesenta y en 2005 y el de los americanos en diciembre pasado, me llevan a pensar que puede responder también al reproche ciudadanoporque sus líderes han sido incapaces de decir no a situaciones que eran claras para el sentir general, pero que ellos han llevado adelante dejándose llevar por convicciones erróneas o, ¿por qué no? por una visión personal delavida lejanaa larealidad, ilusa. No creo equivocarme si digo que existe, en el estilo de nuestra vida política, una tendencia a identificar el no con la intolerancia e incluso a descafeinar su antagónico sí mediante la ambigüedad. Lo estamos presenciando cuando vemos de qué manera se huye de palabras cuya pronunciación lleva implícito el rechazo, el no a las mismas. Se veasíqueel terrorismoes violencia, que se diluye su significado en una semántica que no irrite demasiado a quienes lo practican; se ve cómo se deja de oír la palabra libertad envolviéndola sutilmenteen elenvoltoriosupremo de la paz. ay que ser voluntaristas, por encima de todos, como si hubiera nacido, en el ocaso de las ideologías políticas tradicionales, la que podríamos llamar buenismo y las cosas, todas las cosas, pudieran arreglarse con un gesto de paciencia o con llamadas ala reconciliación permanente, arrinconando al mismo tiempo a quienes siguen pensando que el no es tan legítimo comoel sí -ysiempremásdecente que la ambigüedad- -y, sobre todo, más inteligible y claro para unos ciudadanos que, entre H otrascosas, esperan desus gobernantes ideas claras y seguridad. Creo que hay que romper una lanza por el no en la política, porque contiene una enorme grandeza, la de la convicción en qué cosas son las que no se quieren. Algunos, al menos yo, sienten sus espaldas más cubiertas y, sobre todo, el futuro más claro, cuando oyen argumentos potentes, dichos con sana vehemencia, que avisan sobre los perversos efectosquelaambigüedad vaatener en nuestra vida futura. En marzo de 2006, en esta mismatribuna, escribíaquelos vientos de paz que soplaban en el País Vasco producían inquietud, en lugar de sosiego y esperanza, en buena parte de la sociedad. Creo, que aquello no sólo era cierto, sino que hoy esa desazón es mucho mayor en la sociedad española. Sigo creyendo, como hace casi un año, que no puede haber paz sin libertad y que esta última no ha existido, no existe y puede que no esté garantizada en el futuro si la búsqueda superficial del fin del terrorismo se lleva a cabo dando la espalda a la presión social, el amedrentamiento y el miedo de muchos vascos que no siguen ni van a seguir la partitura independentista. Por ello, decir que no u oír cómo lo dicen los políticos con ideas claras a pesar de los intentos por arrinconarles, es por lo menos esperanzador.