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ABC MIÉRCOLES 28 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA COZ AY una España que va por la calle cubriéndose con la mano los genitales para que no le den una patada. Hay otra España matona y rampante, crecida y sectaria, que no sólo anda por ahí repartiendo salvajes coces de arrogancia sino que encima pretende culpabilizar a los agredidos. Hay una España acosada y empequeñecida, hostigada en su pacífico deseo de concordia, arrinconada por camadas de facinerosos que amparan su bravuconería pendenciera en la coartada fascista de la provocación. Y hay una España ventajista y acomodaticia, desaprensiva y pancista, que se acolcha en su egoísmo y mira para IGNACIO otro lado cuando sueCAMACHO nan los chasquidos de los cristales rotos de la libertad. En esa impunidad del egoísmo colectivo y de la pasividad política se amparan los energúmenos que patean los testículos del discrepante en las narices de un pelotón de guardias quietos como estatuas de ignominia. Y los reventadores de conferencias, y los alborotadores callejeros, y los aprendices de terroristas, y los niñatos que pasan del botellón a la algarada antisistema. Y los escamots que sitian a los candidatos democráticos, y los cobardes que piden desde la multitud una bomba para quienes denuncian su aislamiento social. Esa pandemia de violencia rabiosa, de encono antagonista, de inquina irracional, ha brotado de un virus de disculpa, de un cultivo ideológico de superioridad ética, de un clima de odiosa permisividad penal y de siniestra intimidación política que convierte en provocadores a las víctimas y criminaliza a los disidentes como saboteadores de la convivencia. Son los líderes de beatífica sonrisa e impecable cuello blanco quienes sueltan a los perros de la jauría que amenaza, lincha y arremete. Los apóstoles del relativismo, los farisaicos dirigentes que cavan con frases cinceladas en rencor las fosas donde yace el consenso y crecen las serpientes de la intolerancia. Los cínicos notarios del desencuentro civil que ya no observan siquiera la hipocresía de rasgarse las vestiduras ante el exceso de sus fuerzas de choque, sino que entonan salmodias exculpatorias y acusan a los agredidos de buscarse su propia ruina. Los falsarios que miden con doble rasero moral la desgracia de quienes sufren el abuso de un poder que los excluye hasta el desamparo. Hay una España rumiando en silencio el fracaso de un proyecto de convivencia, la fractura de un pacto de entendimiento, el quebranto de una esperanza cívica, sin el consuelo de que al menos quede patente su inocencia. Una España zarandeada entre empujones, gritos y coces, que a duras penas pone la otra mejilla para que escupan sobre ella imprecaciones de sabotaje social. Una España humillada, insultada y maltrecha a la que encima le dan, de vez en cuando, una españolísima, bárbara, goyesca, brutal, ruda, dolorosa, atávica patada en los mismísimos cojones del alma. H EL RECUADRO DONDE MACONDO ES MAKONDO S muy saludable que haya congresos de la lengua española. No todos van a ser de protésicos dentales o de administradores de fincas. ¿Pero por qué se los llevan siempre a la América hispana? Antes en Zacatecas, ahora en Cartagena de Indias. A naciones que tienen a gala hablar la lengua española con una sonoridad y riqueza de vocabulario que a los andaluces, por cercanas, nos parecen lo que son: como de la familia. Está García Márquez en Cartagena de Indias con su traje blanco de hilo, que más que al homenaje por Cien años de soledad parece que va para ver torear esta tarde a Manolete. Y está en Cartagena de Indias un Rey a quien al otro lado de su mar del Juan Sebastián Elcano se le pone perfil borbónico de los duros antiguos, de pelucón de oro: Hispaniarum et Indiarum Rex Y están en Cartagena de Indias las garitas de los baluartes, símbolos de piedra de la pujanza y resistencia del español hablado en San Juan de Puerto Rico, en Veracruz, en La Habana, en Santiago, en Cádiz... o en Barcelona, Bilbao o La Coruña. Los congresos de la Lengua Española son como esas garitas de baluarte. Un idioma universal, el tercero del ANTONIO mundo tras el chino y el inglés, que, coBURGOS mo esos baluartes resiste todos los temporales y se asolera con los años. Alertaban hace unos años los filólogos sobre el peligro de fragmentación lingüística del español: que nuestra lengua estuviera a la misma altura de desintegración que el latín cuando dio origen a las lenguas románicas. El baluarte de los congresos se levanta para combatir ese peligro de fragmentación y proclama la unidad de la lengua con gramáticas y diccionarios. De modo que no se corra el peligro de que un cartagenero de España como Pérez Reverte u Ortega Cano llegue a no entender el español que habla un cartagenero de Colombia. Pero ahí no está el peligro. En mal sitio ponen las eras de los congresos. Los celebran donde el castellano no sufre la menor persecución ni está amenazado por otras lenguas peninsulares usadas como armas de des- E trucción masiva por los dictadores del separatismo. En Colombia nadie es perseguido social y políticamente por expresarse en español. En España, en la vieja península ibérica de las Glosas Emilianenses, es donde corre peligro la lengua castellana. No riesgo de futura fragmentación lingüística, sino peligro actual de persecución. Para dar moral a los hispanoparlantes, estos congresos se deberían celebrar en las regiones de España donde hay que ser un héroe civil para expresarse en castellano. Menos Zacatecas y menos Cartagena de Indias, que donde hay que defender el derecho y la libertad de hablar y escribir en lengua castellana es en Cataluña, en las Vascongadas, en Galicia. Ahí es donde hay que defender al castellano. En Cartagena de Indias, oh maravilla, no multan a ningún comerciante porque en la muestra de su establecimiento ponga Panadería con todas sus letras, en la hermosa lengua española. En Cartagena de Indias, oh maravilla, los padres pueden libremente enviar a sus hijos a unas escuelas públicas donde el Estado les garantiza la enseñanza en lengua castellana. En Cartegena de Indias, oh maravilla, los aspirantes a funcionarios pueden firmar las oposiciones con el solo dominio de la común lengua española. En Cartagena de Indias, oh maravilla, no están los periódicos ni los telediarios llenos de extraños topónimos españoles escritos en otras lenguas que no sean la castellana. En Cartagena de Indias, oh maravilla, no le llaman a nadie españolista de mierda por hablar y escribir en castellano. En Cartagena de Indias, oh maravilla, no dicen Lleida, Hondarribia o A Coruña, sino Lérida, Fuenterrabía y La Coruña. Cartagena de Indias, oh maravilla, es aún Cartagena y no Kartajena. Cómo será la cosa de privilegiada, que Macondo sigue siendo Macondo y no Makondo. Y son cartageneros, sin gentilicios rechinantes en castellano, como kartagenarras. Así que no sé qué falta hace proclamar la unidad y gloria de la lengua española precisamente en Cartagena de Indias. Aquí los querría yo ver. García Márquez mismo, en Cataluña, sería un españolista de mierda Y en Vascongadas, ni te cuento: allí habría escrito su novela sobre Makondo