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40 INTERNACIONAL MARTES 27 s 3 s 2007 ABC Olmert coquetea con el plan saudí El desplome de su popularidad y las presiones de Estados Unidos han llevado al primer ministro israelí a considerar ahora la iniciativa saudí lanzada hace cinco años. En ella se contempla que Israel se retire de los territorios ocupados en 1967 POR LAURA L. CARO ENVIADA ESPECIAL RIAD. ¿Por qué el Gobierno de Israel muestra ahora ese súbito interés por una propuesta de paz árabe lanzada hace cinco años, que todos sus antecesores rechazaron? Cuando el primer ministro Ehud Olmert dijo el pasado 11 de marzo que había descubierto elementos positivos en la iniciativa como para considerarla seriamente y esta semana se descolgaba anunciando su disposición a hacer dolorosas y duras concesiones a sus enemigos en busca de esa paz, las sirenas de alarma se disparaban ante la repentina pirueta de un líder acabado- -las últimas encuestan dicen que sólo el 3 por ciento de los israelíes le votarían hoy- -en su desesperación por convencer de que todavía guarda un as en la manga después del fracaso en el Líbano, los escándalos de su gabinete y la corrupción en el gobierno. La formación este mes del flamante Gobierno de unidad palestino pilló al Ejecutivo de Olmert por sorpresa, y su fulminante reacción contraria a cualquier contacto- -ya ha empezado la persecución y el boicot a los diplomáticos extranjeros que se acercan a las autoridades de Hamás- -retrataba ante el mundo un Israel obstinado y recalcitrante, frente a una coalición palestina que aparece como un ejercicio de conciliación, de moderación y de pragmatismo. Un potencial generador de legitimidad internacional con forceps, que ya ha conseguido resquebrajar el embargo económico, empezando por el placet de Noruega. Conviene ser más sutil, recomendó a Olmert el viceprimer ministro, Simon Peres, y suavizar el no rotundo a todo para evitar el reproche internacional. La extrema contradicción de Israel entre estas dos posturas se plasmará a finales de esta semana en la cumbre de jefes de Estado de Riad, el encuentro en el que la Liga Árabe consagrará la llamada iniciativa saudí como su iniciativa oficial, y lo hará con la participación plena de las autoridades de Hamás ungidas dentro del nuevo Gobierno palestino, el mismo que es rotundamente ignorado por Israel, y que a su vez- -no se olvide- -es fruto de otra apuesta saudí cuajada el 8 de febrero en La Meca. Es más, ambos programas se convertirán prácticamente en uno: el que ofrece la normalización de las relaciones entre todos los países árabes con el Estado hebreo, léase la paz, a cambio de que Israel se retire de los territorios ocupados, para dar paso a un Estado palestino. Pero el plan saudí no se queda ahí. También exige el reconocimiento del derecho de retorno de los refugiados palestinos conforme a la resolución 194 de la ONU. De cientos de miles de refugiados, muchos de ellos originarios de enclaves incluidos en las fronteras de 1948. Esta reclamación- bautizada entre sus más férreos opositores como la receta de la destrucción del Estado de Israel -estrangula a Olmert entre su nueva estrategia para salvar el cuello, que le ha llevado a coquetear con la propuesta árabe a sabiendas de que no puede aceptarla tal cual, y la otra gran razón que le ha obligado a mirar con buenos ojos lo que sus adversarios proponen hace un lustro: las presiones de Estados Unidos, que exigen el esfuerzo de llevarse bien con el valioso amigo saudí. Condoleezza Rice estuvo ayer otra vez en Jerusalén. Se da por hecho que con el mensaje para Olmert de que mantenga la ilusión de dar un horizonte político a los palestinos, que es al fin y al cabo el peaje que hay que pagar a los moderados de la región: Egipto, Jordania, Emiratos y el aliado de oro, Arabia Saudí. Sobre todo a Arabia Saudí, no sólo porque se asienta sobre las mayores reservas de crudo del globo, sino porque se ha convertido en la pieza clave suní para desatar la soga que asfixia al inquilino de la Casa Blanca- -la violencia sectaria en Irak, el desafío de Hizbolá y el embiste iraní- y ya ha empezado arrancando a Hamás del abrazo de Teherán. Son las cuestiones que el rey Abdulláh Ibn Abdul- Azziz ha llamado el arsenal de explosivos y para implicarse en su solución ha puesto una sobre la mesa de Bush: el problema palestino. Para el caso, Ehud Olmert ha mostrado un imprevisto interés por la iniciativa saudí pero a la vez pide cambios en el inaceptable capítulo de los refugiados, del que los promotores- -ayer mismo Egipto- -han dicho ya que se niegan a mover una coma. Él ha ofrecido negociar con la Liga Árabe tomando su iniciativa como base pero ¿por qué no con el Gobierno Palestino, miembro pleno de la misma organización? ¿Por qué enredarse en un zig- zag que pasa por Riad pudiendo usar el camino directo de La Meca? La pirueta, vistas anteriores experiencias, puede conducir al desastre, aunque poco puede perder Olmert, al que hoy votarían sólo el 3 por ciento de los israelíes. En la reunión preparatoria de la cumbre que arranca mañana, los ministros de Asuntos Exteriores de los 22 países de la Liga Árabe acordaron de forma unánime no introducir ningún cambio en lo que afecta a la exigencia sobre los refugiados. El canciller saudí, príncipe Saud al Faisal, avanzó que incluso intentarán que el Consejo de Seguridad de la ONU acepte la propuesta árabe como suya y rechazó las especulaciones que apuntan a que acabarán cediendo a las enmiendas que pide Israel. Con todo, la prensa de Tel Aviv más aventurada se remitía ayer a fuentes diplomáticas no identificadas para asegurar que los árabes, incluidos Jordania, Egipto y Árabia Saudí, sí están dispuestos a retocar su plan, pero sólo si Olmert toma la improbable decisión de admitir su oferta en bloque y se entra en el marco de una negociación. Temor al reproche Según las autoridades, un 25 por ciento de los ciudadanos votó en la consulta egipcia. AP Pocos votantes en el referéndum egipcio, bajo sospecha de fraude PAULA ROSAS CORRESPONSAL EL CAIRO. Desidia, boicot o escepticismo. Por uno u otro motivo, la mayoría de los egipcios ha preferido mantenerse al margen del referéndum que decidirá si la reforma constitucional impulsada por el presidente Hosni Mubarak obtiene finalmente la luz verde. Y nadie duda de que ganará el sí. Casi 36 millones de personas (de una población total de 77,5 millones) estaban llamadas a las urnas, aunque sólo cerca del 25 por ciento, según datos oficiales, se acercaron a los centros electorales. Una cifra poco convincente para la oposición y para los activistas que han contemplado colegios casi desiertos. ¿Para qué me voy a molestar en ir a votar si las urnas están llenas de antemano? se quejaba Solimán, profesor en un colegio cairota cercano a la céntrica plaza de Tahrir. Como Solimán, distintas organizaciones de derechos humanos han denunciado que la sombra del fraude ha planeado durante toda la jornada sobre los colegios electorales, que han amanecido empapelados por carteles que pedían el sí. Coacciones a pie de urna, engaños a personas analfabetas o incentivos para aquellos que se acercaran por las urnas. Todo vale para sacar adelante una reforma que ha sido ferozmente criticada por la oposición. Encabezada por el grupo islamista de los Hermanos Musulmanes, y atizada por el movimiento Kefaya ¡Basta ya! que aglutina a críticos de distintos signos políticos, la oposición había pedido el boicot popular del referéndum. Pero es difícil saber si la escasa participación se debe a esta llamada o simplemente a la indiferencia de los votantes, muchos de los cuales ni siquiera sabían que se celebraba el plebiscito, o desconocían el contenido de las 34 enmiendas. Agobiados por el peso de una economía en recesión y una cifra desorbitada de paro, la mayoría de los egipcios no tiene interés en la política. El Gobierno ha defendido estas enmiendas constitucionales como parte de la reforma democrática prometida por Mubarak en las últimas elecciones. Sus críticos consideran, por el contrario, que sólo pretende convertir Egipto en un estado policial y facilitar el camino para la sucesión en la presidencia de su hijo Gamal. Ni una coma