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ABC MARTES 27 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CEBOLLINOS N sus calçotadas campestres, los chicos malos de ERC se suelen indigestar de cebollinos (calçots) y acaban comportándose como tales y tirando los pies por alto en un clima de kermesse política en que lo mismo pueden subastar la Presidencia de la Generalitat que proclamar la independencia de Cataluña. Este fin de semana hicieron aproximadamente las dos cosas a la vez, al proponer a Convergencia i Unió una moción de censura contra el charnego Montilla a cambio de un referéndum de autodeterminación, tras dar por liquidado el autonomismo cuando acaban de estrenar un Estatuto cuasi confederal. Como quiera que la clase política catalana despacha esIGNACIO tos asuntos con cierta disCAMACHO plicencia, cosas de estos muchachos traviesos, conviene recordar algunos detalles nada triviales acerca de este peligroso e incontrolable juego de aprendices de brujo. 1. Esos chicos traviesos son socios de Gobierno del PSC, sin que ocurra nada. Es más, se comportan de este modo porque saben que no va a ocurrir nada, teniendo como tienen a Montilla agarrado por donde se le puede agarrar. 2. Por desgracia, la propuesta de referéndum es perfectamente factible al amparo de las competencias conferidas en el nuevo Estatuto. No sería vinculante, pero puede no ser ilegal. 3. El actual Gobierno socialista liquidó una propuesta de Aznar para tipificar expresamente como delito la convocatoria de consultas de este tipo. Ahora, como máximo, podría contemplarse como supuesto de prevaricación. 4. Aun así, no se ha oído a nadie del Gobierno amenazar al esquerrista Vendrell con enviarle su propuesta al fiscal general para que proceda si halla materia justiciable. Proceder para acusarlo, no para defenderle como a Otegui. 5. El demarraje soberanista constituye, en todo caso, una intolerable presión al Tribunal Constitucional que ha de pronunciarse sobre el Estatuto, sin que hasta el momento el Estado haya hecho ademán de amparar a su más alta institución jurídica. 6. Se suponía que el Estatuto iba a pacificar y remansar el clima político catalán; por las que hilan. A cada solución surge un nuevo problema. Cómo andará el paisaje por allí que hasta se intenta presentar como moderados a Puigcercós y Carod Rovira, frente a montaraces como el tal Vendrell y sus asamblearias juventudes cebollinas. 7. Los directamente interpelados dirigentes de CiU han reaccionado con una tibieza sospechosa. Sobre todo su máximo responsable, Artur Mas, que anda llorando como Boabdil desde que el tripartito le birló el triunfo electoral. Del partido de Pujol se espera una posición de mayor responsabilidad y lealtad constitucional. Con su silencio, Mas viene a sugerir que se está pensando la oferta secesionista a cambio de la poltrona perdida. Conclusión: que menos mal que Zapatero tenía controlado el patio post- estatutario, y que el tripartito era la garantía de anclaje institucional de los rupestres cebollinos independentistas. Como todo lo tenga igual de amarrado, sálvese el que pueda. E INTELECTUAL A BABOR O ESTRIBOR ADA vez que un intelectual de derecha o de izquierda dice algo que no es lo que se supone que debiera decir reaparece la discusión sobre si los intelectuales de derecha se han pasado a la izquierda o al revés. Eso sucede por creerse todavía que ser intelectual- -de izquierda o de derecha- -es ser algo. El intelectual es a lo sumo una figura del siglo XIX, que hubiera podido extinguirse por completo en aquella plenitud apocalíptica y destructiva del siglo XX a la que los intelectuales europeos contribuyeron con tanta bajeza y afán sistemático. Nunca hubo mejores cómplices del totalitarismo. Por eso, a inicios del siglo XXI lo menos perverso sería descatalogar al intelectual en el sentido que obtuvo en tiempos del caso Dreyfus y reconocer que existe una cosa más variada y menos adscrita a la abstracción ideológica, que son los escritores, los periodistas, los transmisores mediáticos de ideas, los sabios genéricos, los profesores, unos pocos pensadores y casi ningún maître à penser. Son gente falible, imperfecta, a poder ser apegada a la realidad. El intelectual nunca fue un creador de ideas: más bien un reproductor, un activista, un propagador, un interVALENTÍ mediario por lo general predispuesto al PUIG servicio del poder, especialmente el gran poder que fueron los partidos comunistas, que eran el Príncipe por antonomasia. Sobre si quedan o no intelectuales en España, lo poco que hay que decir es que quedarán intelectuales mientras alguien se considere o autodefina como intelectual- -es decir, el intelectual medio- -y, sobre todo, mientras alguien requiera de los servicios de los intelectuales para que firmen un manifiesto, condenen algo o aparezcan en televisión para defender absolutamente a una facción política. En este aspecto, pudiera continuar habiendo intelectuales de guardia, de media pensión y de lujo. En casos de urgencia masiva, acúdase a la lista habitual de los abajo firmantes. Para el intelectual que pasó por el totalitarismo comunista, la prueba del nueve era la retractación. Las hu- C bo. Una de las mejores fue la de François Furet con El pasado de una ilusión un ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX. Luego prosiguió situándose a la izquierda, sin que sepamos muy bien por qué. Fueron escasos actos de dignidad y quizá por eso hoy se vuelve a hablar de Furet, del mismo modo que se habla de Raymond Aron, pero no de tantos servidores de la perfección totalitaria que disimularon con alguna anécdota pasajera. No hubo muchas rectificaciones explícitas en España. En gran parte, el arquetipo de intelectual es un invento francés, de poca solvencia en los países anglosajones. Desde una calidad moral mucho más contrastada que la de Sastre, Albert Camus sostuvo que toda falsa idea siempre termina en derramamiento de sangre, pero que siempre es la sangre de los otros. Eso explica que nuestros filósofos se sientan tan a gusto para decir no importa qué. Camus sabía hasta qué punto el mito de la revolución, de la ruptura, de la transgresión, unido a cierta fascinación por la violencia de las masas, fue la dosis vitamínica que los intelectuales de su tiempo necesitaban. Los intelectuales que todavía se consideran como tales, al no poder hablar ya de revolución no es que dejen de añorar una noción indefinida de ruptura. Lo vemos en España. Ahora toca memoria histórica y ni por un simple cálculo de conveniencia se tiene en cuenta quién sistematizó las checas, ni quiénes alentaron la persecución religiosa en el lado republicano. A lo mejor les convenía más el diván del desencanto y no volver a las trincheras. El desencanto permitía cierto hedonismo, un dandismo de andar por casa, una mirada de hastío para ver si uno liga mucho. Meterse de nuevo en los fangos de la Historia no es cómodo, aunque importe más el rédito que la verdad. Quedan causas por atender entre las tapas y la cena: la antiglobalización, el antiamericanismo, la judeofobia, la empatía con las causas del terrorismo islamista, la convalecencia de Castro o las virtudes mediáticas de Chávez. De Chomsky a Saramago, tales causas tienen sus paradigmas. Tienen en común hacer pagar sus ilusiones perdidas al resto de la humanidad. Visto así, aún quedan algunos intelectuales. vpuig abc. es