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ABC LUNES 26 s 3 s 2007 ESPAÑA 19 EL OBSERVATORIO Germán Yanke ¿QUIÉN CRISPA MÁS? O está el horno, como es evidente, para bollos. Es imposible el debate político sereno- -sobre cuestiones, además, fundamentales- -en un ambiente de crispación. Se polemiza con una mala caricatura del adversario y, así, la vida política revela más la bajeza del debate que la confrontación de ideas, incluso aceptando que ésta, con un tono determinado, pueda llevar al enfado político. Como el mal ambiente y las declaraciones hirientes y altisonantes están a la orden del día y no se pueden negar, el Gobierno está empeñado en colocar toda la culpa en la Oposición que, a estos efectos, no es más que el PP. En la retórica gubernamental, los populares han atravesado todas las líneas actúan contra las instituciones se colocan fuera del sistema y, si interesa en el debate, se les convierte en un partido que no sólo predica lo contrario de lo que hizo, sino que hizo lo contrario de lo que realmente hizo y por lo que se le criticó en el pasado. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero gana las elecciones de 2004 se suma al proyecto de reformas radicales (que afectan a la estructura y a los poderes del Estado) la conveniencia estratégica. En esos comicios el voto que se suma al PSOE de las previsiones iniciales no es otro que el de la movilización heterogénea de lo que se define por ser anti- PP y no por la cohesión ideológica N mo, de hecho, no ha ocurrido desde la aprobación de la Constitución) sino que afecta al procedimiento consensuado. Como esto ya no interesaba, como el modelo propuesto era contrario a uno de ellos, convenía y se hacía imprescindible la exclusión de éste. uando José Luis Rodríguez Zapatero gana las elecciones de 2004 se suma al proyecto de reformas radicales (que afectan a la estructura y a los poderes del Estado) la conveniencia estratégica. En esos comicios el voto que se suma al PSOE de las previsiones iniciales no es otro que el de la movilización heterogénea de lo que se define por ser anti PP y no por la cohesión ideológica. Se diría que se ha venido considerando que tanto la continuidad en el Gobierno como el proyecto mismo implicaban enviar al infierno político a la derecha. Caben decenas de ejemplos que es imposible reseñar en este espacio, pero valga como botón de muestra que, al plantearse un nuevo acuerdo antiterrorista tras el fiasco del proceso de paz el portavoz parlamentario del PNV explicaba que el contenido no podía ser otro que poner coto a las pretensiones del PP. Si esa es la amalgama de la política y, al mismo tiempo, el truco estratégico, resulta una consecuencia lógica que, ante la opinión pública y, específicamente, ante los partidos de esa extraña mayoría, hubiera que presentar al PP como una odiosa extrema derecha (o derecha extrema) anclada en el franquismo y convertida en una maquinaria de guerra. La propaganda oficial, sin duda poderosa y con el apoyo de algunos de sus partidarios, se ha dedicado a ello con afán, a menudo incluso olvidando sus propios orígenes. No se trataba de hacer historia ni análisis político, sino de arrastrar al fango un obstáculo. C Y como el PP se mueve a menudo en estas arenas movedizas con un tono apocalíptico mal diseñado estratégicamente, responde con un lenguaje en el que aparecen la traición el fin del Estado de Derecho o el dibujo del Gobierno como un grupo de vendidos que se han puesto de rodillas ante el terrorismo. Y aparecen entonces los que, pretendiendo ser equidistantes, aseguran que unos y otros crispan por igual, que la culpa debe repartirse, aunque siempre se acabe poniendo el acento más sugerente en uno u otro lado de la balanza. A mi juicio, este último punto de vista sólo sería válido si nos referimos al tono de la discusión política del momento en el que se cruzan, con una verborrea poco elegante, las acusaciones. Pero las caricaturas, que hacen más fácil la crítica porque se construyen a medida del atacante, tienen un fondo en el que las valoraciones no son tan parejas. Permítaseme, de todos modos, recordar una anécdota que cuenta Robert Spaeman en su Crítica de las utopías políticas y que, ante lo que está pasando, se convierte en categoría. Recuerda el filósofo alemán a un diputado socialdemócrata de la época del ascenso del nazismo que había escrito un libro contra las ideas políticas de Platón. Alguien le dijo que, con lo que estaba ocurriendo en Alemania, parecía un modo de alejarse crípticamente de la realidad, a lo que respondió que prefería, para debatir con sus enemigos políticos, elegir la versión más inteligente de los mismos. Es una elegancia intelectual a la que, ciertamente, estamos desacostumbrados hoy en España. ero vayamos a ese fondo, en el que me gustaría insistir, en que la responsabilidad del Gobierno es más grave. Y no sólo por el hecho de que sea precisamente el Gobierno, al que se le debería suponer una línea de actuación- -en momentos graves y ante cuestiones fundamentales- -que condujese la gobernación por caminos de menos aristas, más próximos a la búsqueda de determinados acuerdos que a la de la batalla campal. Es más grave porque, en este caso, parece que la exclusión del adversario forma parte del proyecto político. No solamente habría que apartarlo para ganar, sino que no sería posible sin dejarlo a un lado. El antecedente está en el Pacto del Tinell, con el que PSOE, ayudado por sus socios más cercanos, concibe un escenario político de modificacio- P nes que afectan a la estructura misma del Estado y de la vida política con la condición específica y explícita de la exclusión del PP. En definitiva, se trataba de dar carpetazo a los modos y a los contenidos pactados desde la Transición. Se había convertido en moneda de uso común en la política, en las transacciones políticas, que algunos asuntos esenciales deberían ser pactados entre PP y PSOE, esto es, quedaban fuera de la pelea electoral y permanecerían ganara quien ganara de los dos partidos que tienen posibilidad de gobernar. La permanencia no significaba la inmovilidad (co- E La vida política revela más la bajeza del debate que la confrontación de ideas, incluso aceptando que ésta, con un tono determinado, pueda llevar al enfado político l PP, que representa una derecha moderna y constitucional, ha respondido a menudo de modo trastabillado, acomplejado y gritón. Creo sinceramente que no ha conseguido el tono adecuado ni el equipo eficaz que necesita Mariano Rajoy. Un error porque incluso electoralmente le interesa conquistar el espacio templado en el que están los que pueden darle el triunfo y en el que se desactiva más eficazmente el empeño por excluirles. Crispa a veces, sin duda, pero es por agobio y desconcierto, y por una cierta dosis de complejo. Me temo que el PSOE crispa por interés, que está en la entraña del plan...