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4 OPINIÓN DOMINGO 25 s 3 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro CIELOS ABIERTOS Y NUEVAS OPORTUNIDADES ONSECUENCIA inevitable de la globalización, el medio de transporte internacional por excelencia, el avión, no podía seguir por mucho tiempo constreñido a los confines nacionales, y el acuerdo de cielos abiertos entre la Unión Europea y los Estados Unidos es el primer paso para extender a través del Atlántico los mecanismos liberalizadores que hace ya años funcionan con gran éxito dentro de la propia Unión Europea. Los efectos concretos de este acuerdo rubricado en Bruselas aún son difíciles de evaluar, pero en todo caso no pueden ser más que beneficiosos para los pasajeros, como ha sucedido con la apertura de los cielos europeos porque aumentará la oferta y la competencia entre las compañías aéreas. Europa y EE. UU. son dos mercados equivalentes en tamaño, desarrollo y en el modo de vida de sus consumidores. Lo más lógico sería que el acuerdo hubiera consagrado también condiciones equivalentes para las compañías de ambas orillas del Atlántico. Por desgracia, en Estados Unidos subsisten todavía visiones restrictivas sobre la defensa de las compañías aéreas nacionales, lo que a la hora de la verdad no ha permitido que este acuerdo consagre una completa igualdad de oportunidades. Mientras que las aerolíneas norteamericanas pueden volar a Europa y, dentro de la Unión, de una ciudad a otra sin mayores restricciones, las europeas sólo pueden elegir un aeropuerto de llegada en Norteamérica y no pueden ofrecer a sus pasajeros otro tipo de vuelos de continuación. En cuanto a la posibilidad de fusiones y adquisiciones de las aerolíneas, los no norteamericanos se ven sujetos a restricciones injustas, por lo que el acuerdo ha previsto con buen criterio que si estas desigualdades no son resueltas en un plazo razonable, las ventajas del acuerdo actual pueden ser anuladas. Lo más probable es que, pese a todo, las fuerzas del mercado con el ímpetu de las nuevas tecnologías acaben imponiéndose. Se terminan los privilegios como el que hacía del aeropuerto londinense de Heathrow la puerta privilegiada para los vuelos transatlánticos, y las oportunidades aparecen abiertas para todos. A España, aunque no fuera más que por su situación geográfica en el occidente de Europa, este acuerdo le beneficia, lo que no quiere decir necesariamente que la favorecida sea Iberia u otra compañía española si no sabe reaccionar adecuadamente. Este acuerdo permite que se vuele desde cualquier aeropuerto español a cualquier aeropuerto norteamericano y viceversa, y lo que se prevé es que, derivadas de esa flexibilidad, aparezcan nuevas ofertas muy favorables para los viajeros. Lo que no dice es cuáles serán las aerolíneas que lo sabrán o lo podrán aprovechar. C EUROPA, FRENTE A SU ESENCIA ESPIRITUAL OMO un huracán que agita las ramas del pensamiento, Benedicto XVI ha intervenido en las ceremonias del quincuagésimo aniversario de la firma del Tratado de Roma, a pesar de que su participación no estaba prevista. Y lo ha hecho en un sentido muy diferente del que reinaba en las festivas ceremonias de Berlín, más concentradas en la autocomplacencia que en la crítica intelectual de los caminos que ha recorrido la sociedad europea en estos cincuenta años. El Papa no ha criticado la idea de la construcción europea; muy al contrario, se ha referido a la Unión como un mecanismo esencial para restablecer la injusticia de las divisiones artificiales. Lo que sí ha señalado claramente es la dirección que esas sociedades opulentas y satisfechas están tomando y que considera que podría llegar a borrar a Europa de la historia. No físicamente, sino como elemento motor de la civilización. Llegar a desaparecer, en definitiva, como lo hicieron antes otros focos de irradiación intelectual y humanística que se disolvieron en el polvo de sus errores. Viendo, por ejemplo, nuestra actitud frente a la vida, el Papa tiene razón al señalar que los europeos nos hemos acostumbrado a frivolizar con conceptos extremadamente importantes. Mientras las sociedades envejecen por falta de nacimientos y el aborto se ha convertido en un simple método anticonceptivo, asistimos además a una campaña para que la eutanasia sea vista como un recurso natural y aceptable para librarnos de las incomodidades del sufrimiento ajeno. En este caso, como en muchos otros, la Europa de los valores está siendo minada por un relativismo estéril del que sólo se benefician los pensamientos mediocres o claramente contraproducentes. De la confrontación de ideas no puede obtenerse una conclusión equidistante que sea la media de todas ellas, como una macedonia hecha de ingredientes políticamente correctos, sin que se perjudique la verdad superior, el concepto del bien que necesariamente está por encima de todas ellas. C Y, sin embargo, en estos momentos más que nunca deberíamos reconocer las raíces de nuestra identidad cultural y prepararnos para que sigan siendo, como ha dicho el Papa, la levadura de la civilización. Cuando en Europa anteponemos las tesis asépticas del laicismo pensando que así acabaremos atrayendo a este mismo esquema a otras culturas religiosas como la de los musulmanes, lo único que conseguimos es reafirmarles en sus convicciones, puesto que la simple observación les hace interpretar que si Europa abandona sus creencias trascendentes es porque carecen de valor frente a las suyas. Y sin embargo, Europa tiene razones para sentirse orgullosa de sus raíces cristianas, las que han iluminado al mundo y están en la base de cuanto se puede considerar valores universales de la civilización, empezando por la defensa de la dignidad humana y la certeza de que esa misma dignidad le corresponde a todos los hombres, sin distinción de religiones, razas o nacionalidades. Algunos le reprocharán a Benedicto XVI que lo que pretende es tratar de reabrir el debate sobre la mención de las raíces cristianas del texto del Tratado Constitucional o de la Declaración de Berlín. A pesar de los esfuerzos de países como Polonia, la discusión sobre el particular hace tiempo que se ha terminado en el campo político. Pero es evidente que se ha cerrado en falso. Lo que diga un documento de carácter constitucional no puede cambiar la realidad, como tampoco la cambiaría si se incluyeran otras menciones más o menos acertadas. Europa como idea- -con todo lo que tiene de sublime y también con lo que ha tenido de tragedia- -está profundamente enraizada en una civilización que es sin ninguna duda cristiana, se diga lo que se diga. El Papa cumple con su misión reclamando la mención del cristianismo, y eso no debe extrañar a nadie. Lo que debería provocarnos un rechazo intelectual profundo es, precisamente, que un concepto tan evidente no se pueda mencionar sólo por conveniencia política. DECAE LA POBLACIÓN EN EL PAÍS VASCO ERECEN una seria reflexión los datos sobre población en el País Vasco, procedentes del padrón de 2006 y años anteriores. Entre siete y ocho mil residentes españoles nacidos en otra comunidad autónoma abandonan cada año aquel territorio, de manera que la pérdida se sitúa en casi 72.000 personas en la última década. Si atendemos a la Encuesta de Población Activa (EPA) han abandonado el País Vasco en torno a 90.000 trabajadores en los diez años anteriores, siempre en referencia a trabajadores nacionales originarios de otras partes de España. No debemos cerrar los ojos a la evidencia: hay mucha gente que se siente algo más que incómoda ante la presión que el nacionalismo ejerce en su vida cotidiana. La pujanza tradicional de la sociedad y la economía vasca cede ante el debate permanente sobre cuestiones identitarias y ante la presión del nacionalismo, especializado en transformar el aire en una nebulosa irrespirable. La evidente dificultad para el ejercicio de los derechos democráticos y la violencia- -real o potencial- -sobre representantes y simpatizantes de partidos no nacionalistas crean un clima de intolerancia hacia quienes rechazan la ideología dominante. Es notorio también el ambiente de desconfianza, incluso entre vecinos o compañeros de trabajo, cuando se habla de política. Parece imposible que en el siglo XXI y en la UE exista una sociedad donde no es prudente pronunciarse sobre los asuntos públicos. En tiempos de globalización y de sociedades abier- M tas, el nacionalismo identitario asfixia la creatividad y amenaza el bienestar individual y colectivo. Por eso muchos prefieren marcharse. Unos, pese a su origen y arraigo en el País Vasco, por razones puramente políticas; otros, porque no encuentran allí las oportunidades vitales que buscan. Por otra parte, la calidad de vida ha mejorado de forma notable en el conjunto de España. Quedan atrás los tiempos de migraciones internas derivadas de razones socioeconómicas. De hecho, los mercados laborales son ahora más dinámicos y activos en las regiones que han sabido adaptarse a la nueva economía que en aquellas que arrastran ciertas secuelas del industrialismo clásico. Nadie puede dormirse en los laureles en un mundo competitivo, en el cual nadie regala nada. Crear problemas a las lenguas de alcance universal o hacer la vida imposible a quienes no aceptan una comunidad impuesta por la fuerza es un camino seguro hacia el fracaso. Si los nacionalismos eran ya rancios en su origen por su defensa de una sociedad agraria y tradicional en contra del despegue industrial, lo son ahora mucho más en plena era de la sociedad de la información. No hay que hacerse ilusiones sobre la capacidad de mirar hacia el futuro de una clase política anclada casi siempre en cuestiones ajenas al interés real de los ciudadanos. Sin embargo, las instancias más sensatas y razonables de la sociedad vasca deberían tomar buena nota de estos datos demográficos y buscar soluciones a corto plazo.