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ABC VIERNES 23- -3- -2007 87 Fotograma de la película, con Leónidas (Gerard Butler) al frente de los 300 espartanos que hacen frente al temible imperio persa ABC LAS TERMÓPILAS DE MILLER La autora del artículo analiza el cómic que ha inspirado la película de Zack Snyder, una búsqueda de los héroes que beben de la fuente del honor y la gloria la muerte a veces se vestía de espartano, y cruzaba el umbral del pasillo y le miraba con los ojos del Rey Leónidas. Es curioso descubrir como una película, El león de Esparta trazó algunas de las claves del imaginario mítico de Frank Miller a comienzos de la década de los sesenta. La fascinación infantil se convierte en una semilla que tarda casi cuatro décadas en germinar en formas de viñetas. El honor existe anudado al deber y a la gloria, anhelante de un combate que lleve hasta la victoria aunque el precio sea la muerte. Esas fueron las coordenadas para un Frank Miller adulto que se reconciliaba con los fantasmas de su niñez, y buscaba a sus héroes más allá de las callejuelas de una ciudad pecadora o los tejados anidados de murciélagos. De niño había descubierto que los hombres mortales podían ser eternos en la memoria de los que evocan sus hazañas. En 1998 sorprendió a sus lectores con sus 300 una pequeña serie de cinco cómics que se agruparían en un libro de tapa dura y que su mujer de entonces, Lynn Varley, coloreó con gran delicadeza. Casi diez años después, ambos descubrieron que el amor no era eterno y que los divorcios son batallas en las que no existen ganadores. Los 300 de Miller nos hablan de un rey que detuvo la his- Ana Merino Poeta y profesora en Dartmouth College Frank Miller le gusta bordear el fracaso porque la gloria no necesita de la victoria para existir. De niños pensamos que la muerte tiene algo de cuento tenebroso, de susurro nocturno que camina a tientas por la casa, nos roza la cara con su aliento, y se evapora con la luz de la mañana. Frank Miller cuando era niño descubrió que A toria tres días en un desfiladero. Era el Rey Leónidas, un hombre de casi cincuenta años que se enfrentaba a un ejército inmenso. Quería parar el tiempo en el 480 a. de C. trataba de detener con un puñado de 300 espartanos y algunos cientos de aliados, el ejército del rey persa Jerjes, para que cada uno de esos instantes fuesen aliento renovado para los griegos. ¡Qué distinta es la mirada de Miller a la de los rioplatenses Oesterheld y Breccia! Ellos habían buscado, a comienzos de los sesenta, la eternidad en los cómics a través de Mort Cinder, un testigo inmortal que navegaba a la deriva de la historia. Amigo del anticuario Ezra Winston, fue el superviviente Dieneces que tejía la memoria de una victoria teñida por la muerte. Los amantes del cómic ya habíamos estado con Mort Cinder en ese desfiladero. La llegada del cómic de Frank Miller nos hizo recordar que la guerra de las Termópilas también era su batalla. Una de trazo grueso y cuerpos idealizados, de peines que purifican, o de planos subjetivos que miran desde dentro del casco. Algunos critican a Frank Miller porque su historia es demasiado personal, no puede evitar ese tono de héroe roto por dentro, de eterno soldado que se abraza a cada nueva guerra bebiendo de la fuente del honor y la gloria, como si se tratase de la fuente de la edad. Frank Miller y su canto guerrero, 300 espartanos contra un ejército donde estaban los llamados diez mil inmortales persas que se renovaban continuamante. Una guerra que Herodoto convirtió en leyenda. Con traiciones y sacrificios, con escudos y espadas, bajo un cielo oscurecido por las flechas. Una historia para guerreros y soldados que sueñan con la gloria, y no saben que en el campo de batalla los fantasmas dejan de tener bando.