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42 INTERNACIONAL Tribuna abierta MIÉRCOLES 21 s 3 s 2007 ABC José María Lassalle Secretario de Estudios del PP y diputado por Cantabria Sarkozy, Royal y Bayrou son tres de las caras de un pentágono político que completan la apatía y el igualitarismo de un país en proceso de decadencia. En este sentido, resulta sorprendente el desdén transversalmente conservador que muestran tantos franceses hacia los cambios RANCIA necesita a Nicolas Sarkozy. Al menos si quiere seguir siendo fiel a ella misma, a lo que encarna como país que universalizó desde 1789 el espíritu cívico y los valores de progreso del liberalismo. Si Sarkozy no vence en las próximas presidenciales, el futuro de Francia se verá seriamente comprometido y, con él, la propia viabilidad de una Europa refundada, segura de sí misma y dispuesta a desempeñar con energía ilusionante un papel protagonista en el equilibrio de poder que se insinúa entrado el siglo XXI. Occidente no puede entenderse sin Europa, y Francia ejerce dentro de nuestro continente una posición central que permite engarces estratégicos y culturales imprescindibles si queremos abordar con éxito las amenazas que pesan sobre la seguridad y la prosperidad de las sociedades abiertas. Por eso, el reto que Nicolas Sarkozy tiene por delante no va a ser fácil. Lo demuestran las encuestas, que reflejan la compleja fisonomía de una sociedad anquilosada, con fracturas que resultan difíciles de disimular y que recorren su cuerpo siguiendo trayectorias de diversa procedencia y de insondable profundidad. Nadie discute que Francia es un país enfermo, atrapado bajo las sombras de una majestad republicana extenuada. Los datos son incontestables y la inmensa mayoría de la sociedad sabe que su país ha dejado de ser lo que era. De 1990 a la actualidad, Francia ha pasado de ocupar el octavo puesto en el Índice de Desarrollo Humano al decimosexto. Inmerso en un ayer cristalizado, el país asiste al espectáculo de ver cómo el perímetro de su pasada energía liberal se agota bajo la silenciosa agitación que genera un terremoto subterráneo que va adquiriendo el rictus de un alarmante populismo antisistema. l reñido cuerpo a cuerpo a tres bandas que tendrá lugar en la primera vuelta de las presidenciales del 22 de abril desvela un conflicto social aún no explicitado y que alimentan dos poderosas fuerzas psicológicas: el chauvinismo del bienestar y el resentimiento en el que vive instalada una parte de la sociedad francesa. De hecho, Sarkozy, Royal y Bayrou son tres de las caras de un pentágono político que completan la apatía y el igualitarismo de un país en proceso de decadencia. En este sentido, resulta sorprendente el desdén transversalmente conserva- ALLEZ SARKOZY F golène Royal o con la quietud tranquilizadora de Bayrou. in embargo, después de varias décadas de predominio, ese igualitarismo del bienestar se siente por primera vez amenazado por un outsider hecho a sí mismo: el hijo de un aristócrata húngaro huido del comunismo y de una judía sefardí emigrada de Salónica. Aquí reside precisamente la fuerza de Sarkozy: en que ha sido capaz de aglutinar a su alrededor a los marginados por la estructura igualitaria instituida por la V República y a los sectores más renovadores e inconformistas de una sociedad que quiere seguir actuando como una referencia de progreso en todo el mundo. Consciente de la compleja encrucijada por la que atraviesa su país, el candidato de la UMP ha planteado un programa de reformas que expone apelando a lo que más necesita la sociedad francesa en estos momentos: sinceridad. icolas Sarkozy es un político de acción que no elude mirar a los ojos de sus compatriotas. Sabe que Francia tiene que cambiar si quiere eludir lo que será su inevitable fracaso y por eso apela a los franceses directamente, ya que confía en sus capacidades, en su vigor individual y en su sentido de civilidad. Su programa de reformas es claro. Quiere renovación y apertura para una Francia diversa en su unidad, atlantista y europea, un país que no debe asustarse de la complejidad, ni de la autocrítica o la flexibilidad. La Francia que quiere se define como liberal, pero en sentido amplio, pues, como reconoce expresamente: no veo en qué el liberalismo se opone a la política social Sarkozy apela una y otra vez a la excelencia, a la necesidad de construir y progresar sobre la base de deberes como la tolerancia, el esfuerzo y el respeto a la autoridad democrática. En el fondo, su ruptura tranquila quiere lo que la mayoría de los franceses saben que tiene que hacerse, aunque les cuesta asumirlo: que han de enfrentarse con su propia debilidad y tener la audacia y el valor de romper con el inmovilismo y el pasado. Quizá por eso mismo la figura de Nicolas Sarkozy es tan importante en estos momentos. Porque en él está en juego el éxito o el fracaso de la actitud del liberal que sólo se siente comprometido con la acción; con el deseo de transformar lo cotidiano, de hacer factible lo imposible y de buscar permanentemente nuevos márgenes de maniobra que permitan ensanchar- -a todos los niveles y en todos los ámbitos- -el ejercicio cotidiano de la libertad. S N Ángel Córdoba E dor que muestran tantos franceses hacia los cambios. No sólo porque denota el orgullo herido de un país venido a menos, sino porque está detrás el miedo hacia lo que habrá de deparar el inmediato mañana. Lo demuestra la timorata voluntad de una sociedad que ha sido capaz de sacralizar esa especie de Arcadia de alcanfor que es el cacareado modelo francés y que, una y otra vez, sigue siendo reivindicado por una clase política envejecida en el lenguaje y las formas; tanto que, a buen seguro, tendrá que ir pensando en jubilarse tras la salida de Chirac de El Eliseo o reinventarse a sí misma superando su acartonado estilo del pasado. P ero siendo grave lo anterior, todavía lo es más ver cómo languidece el entusiasmo de un país oscurecido por el rostro de la nostalgia. Encerrada dentro de los estrechos ejes semánticos de un igualitarismo económico y moral que han defendido durante dé- cadas las viejas familias del gaullismo y del socialismo, Francia ha dejado de anhelar el futuro y ha renunciado a proyectarse en el mañana. Dominada por una estructura gris que uniformiza bajo el manto del conformismo, va siendo cada vez más intolerante hacia todo lo que implique liberalismo y heterodoxia. De hecho, ha conseguido marginar el esfuerzo, el éxito, la iniciativa y el cosmopolitismo, obligando a que los mejores talentos y las individualidades más creativas se hayan desentendido de su país y cruzado el Canal o, incluso, el Atlántico, para establecerse en Londres, Los Ángeles, Toronto o Vancouver. Así, una nueva fe ha conseguido erosionar el apetito de vanguardia típico de la sociedad francesa; una fe que enaltece la pasividad y que predica una ortodoxia de la igualdad que trata de sobrevivir en las próximas elecciones presidenciales, recubriéndose astutamente con la aureola chic de Sé-