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ABC MARTES 20 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA PALINODIA DE LAS AZORES OCA gracia le deben de haber hecho a Aznar las compungidas voces que en su partido, desde Piqué a Del Burgo, han empezado a entonar con musiquilla preelectoral la palinodia de las Azores y a admitir con retrasada contrición que en esas islas no se nos había perdido ni siquiera el anticiclón del mapa del tiempo. Completamente de acuerdo, ilustrísimas, pero esas cosas convenía haberlas dicho antes, pongamos que hace cuatro años, cuando también las pensaban pero no levantaban la voz para no contrariar a un jefe que, de todos modos, no IGNACIO les habría hecho el menor CAMACHO caso. El único que se atrevió a decírselo en la cara fue Rodrigo Rato, que se jugó la sucesión aunque a la larga saliese ganando, porque ahora tiene como horizonte de su confortable despacho la ribera del Potomac, en Washington, en vez de estar mirándole la nuca desde el escaño a un compañero de la leal oposición. El resto de la nomenclatura del PP se limitó a rumiar su desazón y menear la cabeza por los rincones. A buenas horas admiten la evidencia, cuando Bush está de capa caída, cuando Rumsfeld concede que no saben cómo salir del atolladero y cuando el halcón Wolfowitz ventila sin complejos en el Banco Mundial los agujeros de sus millonarios calcetines. Ciertamente Aznar no debió ir jamás a la Azores, a sacar pecho como factótum de una guerra impopular en la que España no aportaba más que las tiritas para algunos heridos, y que acabó costándole la Presidencia... al pobre de Mariano Rajoy, que tampoco saltaba de entusiasmo ante la coalición invasora. Porque a la postre Bush y Blair salieron reelegidos, pese a ser los que de verdad pusieron los muertos en la carnicería, y Durao Barroso preside la Comisión Europea, que no es mal consuelo. Sólo el PP pagó el injusto pato de la cólera y el miedo del pueblo, y ello porque mediaron las bombas de Atocha y la innoble agitación de aquellos días de infamia, cuya memoria debería bastar para que los socialistas se tienten la ropa antes de acusar a nadie de beneficiarse del terrorismo. Con todo, a nadie sorprendió el castigo, aunque el buen gobierno aznarista no se mereciese el oprobio con que fue despedido de mala manera. No contentos con eso, los que acusaron al expresidente de asesino y le organizaron algaradas inicuas pretenden ahora sentarlo en el Tribunal de La Haya a poco que se descuide, y agitan banderas republicanas ¡y soviéticas! en las calles para perseguirlo con furor retroactivo. Tras un trienio de gobierno, la izquierda no exhibe más programa que el rencor y se agarra al desastre de Irak para desviar la atención del suyo propio. Los próceres del PP pecaron de omisión y silencio, pero al menos han admitido su error; los que levantan la añeja guardarropía de la URSS y de la República, en cambio, siguen instalados sin arrepentimiento ni asomo de culpa en la rancia nostalgia de una revolución genocida y de una utopía ensangrentada. Para ese doble rasero no existen, por lo visto, responsabilidades históricas. P REPUBLICANOS DE NUEVA PLANTA L republicanismo es hoy en España como esas palmeras de origen exótico que algunos ayuntamientos plantan en los paseos marítimos. Por lo general, no arraigan y las brigadas municipales periódicamente tienen que sustituirlas con nuevas cepas. En este caso, el gasto es asumido por los contribuyentes. De vez en cuando aparecen algunas banderas, panfletos de calidad varia, exabruptos de Esquerra Republicana, francotiradores de salsa rosa, intelectuales dispersos con más inercia ideológica que sentido histórico, algún esqueje programático del zapaterismo. Mientras tanto, el estado de la opinión pública se muestra impertérrito, valorando una y otra vez a la Corona como el valor más apreciado incluso o- -tal vez- -a pesar de la época de incertidumbres. La salida más oportuna resulta ser identificarse con el juancarlismo lo cual vienea ser una excusa- -buena, sea deliberada o vergonzante- -para justificar con la boca chica el arraigo de la monarquía desde la Transición y una manera de aceptar a la Corona sin aquilatar debidamente sus beneficios inmediatos y seculares. Vale más eso que nada, pero intelectualmente no deja de ser un apaño. Tiene hoy la monarVALENTÍ quía española todas las legitimidades PUIG que se puedan reclamar, un prestigio internacional asentadísimo y la suma de dos elementos argumentales: el monarquismo de razón y la monarquía incrementada por el aval de la experiencia histórica de todos. Las lecciones de la experiencia dan un poso definitivo a la institución y la revalidan todos los días, incluso en los territorios de España en los que se supondría la existencia de sectores más reacios. Las transiciones generacionales dan fe de esa consistencia, de hasta qué punto la monarquía es el zócalo que ha garantizado la convivencia hispánica en las fases de mayor tensión, tanto territorial como en el caso del 23- F tanto frente a los brotes ocasionales de republicanismo como frente a esa indiferencia ambiental que es característica de las sociedades que digieren positivamente las consecuencias de un buen crecimiento económico. No es causal que las disquisiciones teóricas sobre las ventajas del republicanismo frente a la monarquía procedan no pocas veces E de núcleos universitarios, porque es sabido que la gran parte de la universidad española, desafortunadamente, diserta en un vacío ajeno a la realidad social y moral de España. Nunca faltarán en nombre de la discrepancia crítica los republicanos de nueva planta, aunque sus razones de ser ostenten el deterioro conceptual de las inercias de vieja planta. Así se cimbrean, se ajan y finalmente caducan las palmeras exóticas hasta que la jardinería municipal procede al trasplante. En el empuje tan mayoritario del juancarlismo, añadido a la raigambre histórica, alcanza su sentido de efectividad histórica la monarquía hasta ir adquiriendo una consistencia que transfiere a la continuidad sus razones de pervivencia. No cuesta mucho entenderlo. La Corona ha presidido un cambio sustancial en la capilaridad política, con hitos de tanta envergadura como el ingreso en la Alianza Atlántica y en la entonces Comunidad Europea. Con anterioridad, inspiró los mejores afanes de la transición democrática y del consenso de 1978. Pero la España remozada ya no es una estricta ilusión, sino una construcción de la realidad. En el debate sobre el accidentalismo o la sustancialidad de los regímenes, la posición de los republicanos de nueva planta es más bien anecdótica. Discutir sobre si la monarquía sale más barata o más cara que la república es una discusión de sala de billar ateneísta. Donde los republicanos de nueva planta ven una restricción de la voluntad soberana de los ciudadanos, los usos de la monarquía han sido- -por el contrario- -garantes de libertad. Lo que hemos comprobado es que la Corona es el sello ancestral que lacra el sobre que contiene las reglas del juego de la democracia y el Estado de Derecho. Luego, claro está, la sociedad vive abiertamente sus discrepancias. Dedicado a construir relojes en Yuste, Carlos I comprendió que no podía pretender que sus súbditos marchasen al unísono si no lo lograba con sus aparatos de relojería. Los equilibrios y contrapoderes del sistema democrático ajustan hoy nuestro sistema institucional, incluso en los momentos de mayor crispación. Décadas de experiencia monárquica convencen a la ciudadanía de que, por irracional que pueda parecer, la Corona es la clave de bóveda más razonable para proseguir conviviendo. vpuig abc. es