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ABC LUNES 19 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA PISTA DE ATERRIZAJE A teoría de la pista de aterrizaje, en boga últimamente por los círculos políticos, sostiene que Zapatero está tratando de abrir en la escena española un espacio para acomodar a Batasuna como una especie de versión vasca de Esquerra Republicana. De ahí vendrían los manejos en el Poder Judicial, el lío navarro y hasta el Estatuto de Cataluña, además de la abracadabrante excarcelación de De Juana Chaos, entre otras erráticas decisiones que, en efecto, permiten colegir la prioridad del presidente por encontrarle un sitio bajo el sol de la IGNACIO democracia al brazo polítiCAMACHO co de ETA. El punto débil de esta hipótesis radica en que le supone al jefe del Gobierno una capacidad excesiva de planificación política, sobrevalorando sus designios en detrimento de una de las características más acusadas de su forma de actuar, que es la improvisación. La idea de rescatar a Batasuna es cierta y forma parte desde el principio de su iluminado plan de diálogo con ETA, pero la construcción de esa pista de aterrizaje se le ha ido de las manos hasta convertirse en un verdadero cúmulo de enredos y despropósitos entre los que el presidente zigzaguea con una irresponsabilidad temeraria. Y sin dejar de sonreír, como si lo tuviese todo bajo control mientras a su alrededor cunden el pánico y la incertidumbre. El más preclaro de esos embrollos sobrevenidos fue el Estatuto catalán, cuya deriva se le extravió hasta provocar un colapso de primer nivel en el sistema, y aún está pendiente del veredicto decisivo del Constitucional. Pero no ha sido el único incendio que ha provocado este bombero pirómano. El llamado Proceso de paz está trufado de imprevisiones, gazapos y tropiezos, flagrantemente sintetizados en la trágica euforia de la víspera del atentado de Barajas. Zapatero acaso tenga un plan A, pero de ninguna manera dispone de planes B o C, y va urdiendo alternativas sobre la marcha con una alegre y clamorosa insolvencia, dándole vueltas al timón hasta provocar el inquietante balanceo de la nave. De ahí la insensata ambigüedad que muestra ante el desafío navarro: quizá crea que es posible abrir para Batasuna la Transitoria Cuarta y después cerrarla oponiéndose a las pretensiones anexionistas. Lo que de ninguna manera se le ocurre es la tensión civil que está a punto de provocar con esa zozobra tan peligrosa. Para construir esa explanada de emergencia en medio de un sistema bien protegido contra el delirio terrorista, el presidente está actuando como aquel coronel loco de Apocalypse now que despejaba con napalm la vegetación de una playa en la que quería hacer surf. Le ha prendido fuego a la arboleda del Estado sin tener remota idea de cómo va a apagar luego las llamas. Y ni siquiera parece contemplar la solución más sencilla, que es exigir a Batasuna que aterrice si lo desea en la sociedad democrática bajo las condiciones estrictas de la ley, como el resto de esos ciudadanos que asisten despavoridos a sus maniobras de bisoño ingeniero trastornado y autosatisfecho. L JUECES DE PARTIDO L A vida española padece un adscripcionismo agudo e irrespirable. Diríase que sólo existieran dos concepciones del mundo, que coinciden con las que sustentan las dos facciones políticas mayoritarias en liza; cualquier persona que quiera participar de la vida pública tendrá que alinearse indefectiblemente con cualquiera de estas dos facciones en liza, haciendo suyos sus pronunciamientos y estrategias. Cualquier persona que no encaje en este adscripcionismo burdo es inmediatamente tachada de tibia y expulsada a las tinieblas exteriores. Este fenómeno alcanza su paroxismo en ciertos programas televisivos de tertulia o debate periodístico, cuyos participantes más bien parecen postulantes al cargo de jefe de prensa de tal o cual facción política (y algunos, incluso, acaban obteniéndolo en propiedad) pero amenaza con invadir otros ámbitos de la vida pública por tradición más refractarios a la rebatiña, incluso ámbitos cuya supervivencia se cifra precisamente en la resistencia al adscripcionismo. Para que fenómeno tan aciago resulte aún más aflictivo, la gente empieza a contemplar sin escándalo que tales ámbitos sucumJUAN MANUEL ban a esta perniciosa lacra. DE PRADA Está ocurriendo con la judicatura. Se habla de jueces conservadores o progresistas con la misma naturalidad con que se hablaría de jueces andaluces o asturianos: como un hecho rotundo e incontrovertible que no admite matices ni excepciones; además, a diferencia de ser asturiano o andaluz, ser conservador o progresista se supone que debe imprimir carácter a las resoluciones que tales jueces evacuan. Siempre habíamos entendido que la aplicación de la ley corría a cargo de jueces independientes e imparciales, sólo sometidos al imperio de la ley; por supuesto, admitíamos que, en su aplicación de la ley, el juez haría su propia interpretación de los conceptos jurídicos, pero que tal interpretación no variaría sustancialmente el contenido de su resolución. Pero hete aquí que la independencia e imparciali- dad de los jueces se ha convertido en letra mojada; y el sometimiento a la ley se ha empezado a complementar con el sometimiento a su adscripción ideológica, o más concretamente partidaria. Hemos llegado a aceptar que cualquier resolución judicial, antes que por su conformidad con el Derecho, ha de estar dictada por motivos de adscripción partidaria; y, si la resolución es evacuada por un órgano colegiado, de inmediato hacemos cábalas sobre la adscripción de los magistrados que componen el tribunal, para saber si la mayoría será conservadora o progresista. Para completar tan pavoroso cuadro, desde instancias gubernativas se trata, mediante reformas ad hoc, de prolongar o abreviar las funciones de tal o cual magistrado o mayoría de magistrados al frente de tal o cual alto tribunal u órgano de gobierno de la judicatura. No dudo que en la judicatura existan perros de presa que antepongan su adscripción partidaria a su obligación de administrar justicia; perros de presa que buscarán el arrimo de las facciones políticas, para que los recompensen con cargos y dignidades que no merecen. Pero quiero pensar que también existen jueces y magistrados que, más allá de sus naturales querencias ideológicas, entienden su profesión como un servicio al pueblo del cual emana la justicia; jueces o magistrados que, a la hora de evacuar una resolución, aplican el Derecho con equidad y justicia, obrando en conciencia y tratando de dejar a un lado, hasta donde sea humanamente posible, sus querencias ideológicas. Tales jueces y magistrados existen, sin duda, y estoy seguro de que componen una mayoría oceánica; e imagino que contemplarán con horror ese clima de adscripcionismo que corrompe a la judicatura. Sería deseable que se fundara una asociación judicial que no atendiese a las querencias ideológicas de sus asociados, sino a su compromiso con la independencia del poder judicial: tal vez dejaríamos entonces de hablar de jueces conservadores o progresistas; tal vez entonces el epíteto dejase de determinar tanto la labor del juez, que sustantivamente consiste en administrar justicia, y no en postularse como jefe de prensa de tal o cual facción política.