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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE LUGAR DE LA VIDA ¿Para qué nos vamos? S Mónica FernándezAceytuno Ocho años hace que el diseñador Roberto Verino sacó su primer vino, un amor repartido con la moda joven. Mi vino ideal es el que consigue emocionar a quien lo bebe. ¿Le tienta la idea de hacer un vino especial? -Lo estoy haciendo. Es algo muy especial, con cepas centenarias, vendimiadas con el máximo rigor de maduración, seleccionados cada racimo, con un procedimiento de maduración muy cuidado, despalillado a mano... Sólo haré 2.500 botellas. Será la alta costura de la casa y estará en pasarela entre mayo y junio. ¿Si volviese a empezar qué borraría y qué ampliaría? -Volvería a hacer lo mismo, pero seguro que mejor asesorado. Trataría de ahorrarme sorpresas malas por querer ser impaciente, que ya no lo soy. -Con su nombre, el marketing lo tiene medio hecho. -En este mundo hay que trabajar mucho el mercado. He querido que el vino se conociera por sí mismo. Me pueden admirar como diseñador de moda, pero cuando me incorporo al desarrollo del mundo del vino no me ven con el mismo grado de equidad. Me examinan con otro rigor, incluso pueden creer que soy un oportunista. ¿Qué le ha dado más satisfacción, el vino o la ropa? -De momento la moda, pero espero que el vino también me de las suyas porque el proyecto acaba prácticamente de iniciarse. ¿En el vino hay tendencias? -Si, hace 20 años estaba la uva cabernet sauvignon; ahora la petit verdot. Las modas cambian según los mercados, no es lo mismo Europa que EE. UU. pero yo tengo que ser respetuoso con una tierra, unas variedades y una climatología. on tan cortos mis viajes y tan largo el tiempo entre uno y otro artículo que, si siguiera escribiendo de lo que he visto, parecería que sigo de viaje cuando ya he vuelto. Siempre sobran algunas fotos, porque yo todavía ando con los carretes, y para terminarlas hice, sin prestar atención, alguna por casa. Al revelarlas, las más bonitas eran las últimas, ¿para qué nos vamos? Ahora está atardeciendo y es una maravilla cómo está todo, el aire detenido, y nubes de diminutos insectos no paran sobre los brotes nuevos de la madreselva, se diría que estuvieran peleando, tal vez lo hagan. Pilar me ha dejado sobre el mármol blanco del fregadero que aquí llaman vertedero porque es donde vierte el agua, unas acelgas recién nacidas que me parecen más hermosas que las flores. Están sus pencas llenas de tierra y mientras las limpio baja colgada de su hilo una araña clara y pequeña a la que podemos bautizar sin miedo como la araña de las acelgas, porque toda planta tiene su araña, su insecto y su pájaro. En la entrada hay una glicinia que tiene ya los brotes de sus flores y no sé qué pájaros vienen a comer estas flores que aún no se han desplegado, pero está el suelo lleno de brotes picoteados como si fueran higos o manzanas. Al lado, acaban de cerrarse en su maceta los tulipanes. Tampoco sé de donde sacan la fuerza los tulipanes para abrirse por la mañana y cerrarse todas las noches. Seguro que de día esperan a algún pájaro o algún insecto que saben que no vuela de noche. Y ya casi es de noche. Por el oeste, un planeta me mira directamente a los ojos. El cielo está rojo. Mañana, también hará bueno. Un mirlo canta para mí no sé qué cosas. ¿Para qué nos vamos? Si alguna vez me fuera, y oliera en otro lugar como huele aquí ahora mismo, a hierba que aún no ha nacido; o viera un ciruelo florecido de blanco con sus ramas caídas hacia la tierra como para dar ya la fruta que no tienen, igual que el que estoy viendo; o en algún lugar volaran las bandadas de insectos y sus diminutas y brillantes y traslúcidas alas hicieran de espejos para la última luz del día, me preguntaría, olvidando las tormentas y la oscuridad y el invierno, ¿por qué nos fuimos?