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ABC SÁBADO 17 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA SUSPENSO A LAS FOTITOS EXTREMEÑAS UE en vísperas electorales se exhume un catálogo fotográfico publicado en 2003 nos hace dudar sobre la sinceridad de los denunciantes, a quienes no parecen mover tanto las creencias o sentimientos religiosos que en tal catálogo se ultrajan como el propósito de perjudicar electoralmente a la facción política adversa. Como católico, empiezo a estar un poco hartito de que la facción opositora enarbole con oportunismo la Cruz cuando olfatea réditos electorales y luego la guarde en el desván de los cachivaches obsoletos cuando le conviene posar de moderno y de laico ante la galería. Y estoy más hartito todavía de que las jerarquías eclesiásticas actúen de mamporreros y hasta de arietes en trifulcas políticas que benefician a la derecha, la misma derecha que durante ocho años de mandato permitió, por ejemplo, que en España se abortase a mansalva. Las jerarquías eclesiásticas deberían advertir que están siendo utilizadas políticamente, recordando que la Iglesia no es de izquierdas ni de derechas, sino de Cristo. Y, si tan preocupadas están por el desvío que la sociedad española muestra hacia el ideal de vida cristiano, deberían empezar por desvincularse de los energúmenos que desde posicioJUAN MANUEL nes derechistas inspiran pensamienDE PRADA tos y actitudes anticristianas. La Iglesia española está creando un monstruo, una derecha sin Dios que acabará infligiéndole un daño irreparable, si es que no se lo ha infligido ya. Dicho lo cual, entraremos en materia, como si ese catálogo fotográfico de marras sufragado por la Junta de Extremadura acabase de ser publicado. Me precio de conocer en profundidad a Rodríguez Ibarra, a quien considero una persona admirable y humanísima, y en menor medida a su consejero Francisco Muñoz, y creo que ambos son incapaces de ultrajar conscientemente las convicciones religiosas de sus paisanos, y mucho menos de un modo tan rastrero. También creo que las han ultrajado, siquiera de manera inconsciente, al publicar ese catálogo; deben, por lo tanto, expresar con grandeza de ánimo y compun- Q ción su pesar y su voluntad de desagravio, sin ampararse en marrulleras razones de índole política. Tal vez este asunto haya saltado a la palestra mediática por marrullerías políticas, pero ellos deben olvidar esta circunstancia y pedir perdón por lo que hicieron. Si en esa petición de perdón hay sinceridad, los católicos verdaderos (desde luego no los energúmenos que inflaman a tantos católicos de pacotilla) sabrán otorgárselo. Y, ya de paso, deberían entender que no todo lo que se presenta como arte es arte; y que la misión de una administración pública no es apoyar e impulsar cualquier mamarrachada psicopática que se presenta como arte, sino lo que verdaderamente sirve para enaltecer el espíritu, no lo que lo degrada y envilece. Me gustaría, por último, hacer una consideración sobre la función provocadora del arte. El autor de esas fotitos extremeñas, como tantos otros artistas de pacotilla, ha querido posar ante la galería de trasgresor, de agente provocador que desafía un tabú social y se expone paladinamente al oprobio. Pero para que exista verdadero tabú es requisito previo imprescindible que exista una estructura de poder efectivo que lo sostenga y castigue severamente sus infracciones; para que exista verdadera provocación, el artista debe desafiar tal estructura y someterse a su castigo. En nuestra época, vituperar los dogmas cristianos no constituye una infracción de ningún tabú, sino por el contrario una manera de asegurarse el aplauso del pensamiento dominante, un recurso facilón para colgarse medallitas y llenarse los bolsillos. Decía Chesterton que la única herejía que nuestra época no admite es la ortodoxia; y que, por tanto, la única forma de provocación verdadera en una sociedad que ha extraviado el concepto de lo sagrado consiste en volver a hacérselo presente otra vez, escandalosamente presente, sin rebozo ni titubeos. Profanar lo sagrado está al alcance de cualquier pelagatos con afán de notoriedad; exaltar lo sagrado sólo está al alcance del verdadero artista, que es el que está dispuesto a escandalizar al pensamiento dominante y a arder en las llamas de los modernos tribunales de la inquisición, que no son precisamente los de antaño. UNQUE el Gobierno haya quitado el cero patatero de las notas escolares, siguiendo la estela de su impenitente buenismo, no por ello va a librarse del suspenso en el balance de tres años de gestión en los que España sólo progresa adecuadamente hacia la desestructuración del Estado. Lo dicen esas encuestas que Zapatero ha convertido en bitácora de una política errante y desatinada, cuyo único punto fijo es un proceso de diálogo con ETA que a estas alturas se ha convertido ya más en una suerte de obsesión unívoca que en un empeño político coherente. El zapaterismo, que desperdició bien pronto el estado de gracia propio de todo recién llegado al poIGNACIO der, ha alcanzado el últiCAMACHO mo tramo de mandato con síntomas manifiestos de agotamiento en medio de una grave asfixia a la que sólo puede suministrar oxígeno un gesto condescendiente de los terroristas. Y no se sabe qué es peor. Inane en la dirección de los asuntos cotidianos, trufado de ministros y ministras incompetentes y francamente desquiciado en su agenda de revisión territorial, el Gobierno malvive de la sensatez económica de Solbes y de ciertas reformas legislativas que, aunque polémicas, le proporcionan el apoyo de importantes colectivos sociales. Pero en la opinión pública ha calado una honda preocupación por la deriva centrífuga de los nuevos estatutos, que adelgazan el Estado hasta la anorexia y lo surcan de inexplicables fronteras taifales, y se ha instalado la inquietud, cuando no la indignación, ante la política de gestos con que el presidente trata de ganarse el favor de un terrorismo dispuesto a sacar tajada de su visible debilidad. Si a eso se le añade la cizaña civil sembrada por el desdichado empeño de reabrir las heridas de la memoria histórica y por la ruptura de todos los consensos básicos de la Transición, el resultado no es sólo el peor gobierno de la democracia, sectario, ineficaz y radical, sino un alarmante estado de riesgo ante la posibilidad de quiebras irreversibles tanto en la sociedad como en el Estado. El único esfuerzo que hasta ahora le está saliendo medianamente bien es todavía más preocupante, porque consiste en el arrinconamiento dela oposición y su expulsión práctica de la vida pública, con la colaboración entusiasta de los nacionalismos insolidarios y la extrema izquierda. La agitación de una derecha que se resiste a dejarse liquidar ha provocado un sensible incremento de la tensión, y amenaza con laminar cualquier espíritu de serenidad y moderación en el comportamiento del cuerpo electoral. Zapatero cree que la crispación le beneficia, lo cuál acaso sea cierto a corto plazo, pero el zarandeo a que somete la convivencia puede ocasionar una factura de la que resulte imposible hacerse cargo. Lo que queda es un año de sobresaltos, con la legislatura agotada y pendiente de ETA, sobre la que el Gobierno ha depositado, por irresponsabilidad o por incompetencia, su esperanza angular. Esto bastaría para suspender a cualquier gobernante, pero el presidente confía en aprobar in extremis con una chuleta prestada por los terroristas a cambio de dejarlos presentarse a los exámenes parciales de mayo.