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ABC MARTES 13 s 3 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA EL CRUCIFIJO EN LAS ESCUELAS Bajando desde la cima sublime del Calvario hasta la prosa menor del Crucifijo en las escuelas, cuesta infinito creer que esa insignia de reconciliación planetaria pueda suscitar rechazo en niños no cristianos, que no estén torcidamente amaestrados y a quienes se debe explicar sin proselitismo el alcance universal de ese icono... E resulta un tanto incómodo tener que recurrir a mi propia memoria histórica, en la más remota primera infancia, para rescatar el brumoso recuerdo de aquella gran Cruz de piedra, situada en una plazuela de mi pueblo granadino, que encontré derribada y destruida, al asomarme a la calle, aupado en el quicio de la puerta de mi casa, una mañana de mayo de 1931. Años más tarde me aclararían que aquella cruz era una de las que corrieron la misma suerte entre las catorce del Vía Crucis, que jalonaban el callejero de Churriana de la Vega. Desde la plaza de la Iglesia hasta la Ermita de la Patrona en las afueras. Habrían de pasar más de dos décadas hasta que pude apreciar en mi adultez que los desafueros de mi pueblo eran sólo el borde provinciano y rural de la furiosa onda expansiva de quemas de Iglesias y Conventos- -más de un centenar en toda España- en mayo del 31, al mes casi exacto de la proclamación de la segunda República. El nuevo régimen, tan prometedor para muchos y acatado democráticamente por la mayoría del país, no tardó en asomar su rostro obscuro en el anticlericalismo visceral y jacobino, que fraguó en la Constitución republicana del 31 de diciembre; de la que escribiría más tarde el presidente Alcalá Zamora que incitaba a la guerra civil Sirvan de botón de muestra, durante su primer mes de vigencia, la Ley de expulsión de España de los Jesuitas y la Orden ministerial de retirada del Crucifijo y otros signos religiosos de los Centros escolares del Estado. o sé si los ardorosos grupúsculos actuales de padres de alumnos, que repiten miméticamente hoy la misma petición a los poderes públicos, conocen o ignoran de plano los desafueros iconoclastas de la segunda República. Ni creo que se trate ahora de enemigos declarados de la religión cristiana, repitiendo errores de un pasado tan tristemente aleccionador. Más bien pienso que se trata de efervescencias ideológicas aferradas a una concepción arbitraria de la aconfesionalidad del Estado y de la libertad religiosa, que reduce la de todos para que no se molesten unos pocos, desatando así una torpe guerra de símbolos en la que se hieren sentimientos y creencias, agrietando peligrosamente la fractura social de nuestro pueblo. Como si no tuviéramos ya bastante con los vientos solanos de una descristianización de España, propiciada en parte por estrategias oficiales, que va agostando el humus del humanismo cristiano con plagas como el matrimonio unisex, la familia artificial, el divorcio y el aborto trimestrales, el trasiego irreverente de embriones, más la clonación y la eutanasia encubiertas. Acorde todo eso, o cuando menos compatible, con un proyecto de educación ciudadana impuesto en todas las escuelas, aunque ausente de toda trascendencia y opuesto en puntos nucleares a la antropología cristiana. M Ahora bien; más que atrapar a los culpables o descargar el fardo sobre los gobiernos de turno, importa la sanación del malestar de la cultura en el Occidente cristiano, minado por la anemia espiritual y el adormecimiento moral. Sin extremar tampoco los brochazos obscuros, porque quien tuvo retuvo; y, tanto en la Unión Europea como en la España democrática, quedan reservas y arrestos, según nos han dicho los dos últimos Papas, para remontar la crisis y levantar el vuelo. No sin antes recordarnos a los pastores y fieles de la Iglesia las graves responsabilidades que nos incumben en ese proceso, afectados, aunque no infectados, por el virus del conformismo y la mediocridad y con acusados déficits de un testimonio eficaz y convincente sobre el amor de Dios en Cristo y sobre las energías liberadoras del Evangelio. os cristianos de los primeros siglos nos legaron en las catacumbas romanas pinturas y tallas del Buen Pastor, con la oveja cargada sobre sus hombros. A partir del siglo IV la Cruz desnuda se asentó en todas partes como emblema esencial de Cristo y de los cristianos. Sólo ya bien entrada la Edad Media se fue avanzando en la figuración plástica de Jesús en la Cruz, con los brazos extendidos y rectilíneos y como asentado en un trono de gloria, al que se llamaba de majestad, que circuló profusamente en el Imperio bizantino y duraría en Occidente hasta el siglo XII. De entonces acá se ha impuesto en lienzos, mosaicos, esculturas y relieves el Cristo doliente, con los estigmas de su pasión y muerte, primero con cuatro clavos y luego con tres. Hasta que en el último Medioevo, en el Renacimiento y el Barroco se generalizan las figuras del Redentor en la cruz, con los mil y uno Cristos, prodigios del pincel o de la gubia, con cimas tan elevadas como Velázquez, Gregorio Fernández y Martínez Montañés. L N Con la muerte redentora y la resurrección gloriosa de Jesús quedan reivindicados y salvados todos los perdedores inocentes de la historia humana, incluidos los buenos ladrones y los hombres justos de todas las procedencias. La Cruz es árbol de vida, abrazo a la humanidad, libro abierto al perdón infinito y el signo aritmético, que da sentido y destino al universo. Bajando desde la cima sublime del Calvario hasta la prosa menor del Crucifijo en las escuelas, cuesta infinito creer que esa insignia de reconciliación planetaria pueda suscitar rechazo en niños no cristianos, que no estén torcidamente amaestrados y a quienes se debe explicar sin proselitismo el alcance universal de ese icono. La aconfesionalidad del Estado no conlleva, ni en su concepto ni en su práctica, la desaparición de la Cruz en ámbitos de dominio público como escuelas, hospitales, cuarteles y juzgados; o en los picachos de montaña y en los cruces de caminos. (Cruce proviene de cruz) La laicidad, que no laicismo, del Estado es la no ingerencia y, constitucionalmente en España, el respeto y protección a los valores religiosos. Así se entiende, con leves variantes, en diecisiete de los veinticinco países de la UE, entre los que me remito a Italia, tan gemela culturalmente a nosotros, donde el Consejo de Estado, Tribunal Supremo en la jurisdicción administrativa, en Sentencia del 13 de febrero de 2006, de la que transcribo un breve extracto en sus expresiones literales, afirma que la laicidad ha de aplicarse con arreglo a la tradición cultural y a las costumbres de cada pueblo Y añade, para creyentes y no creyentes, que la exposición del Crucifijo asume en la escuela un significado no discriminatorio en el plano religioso, apto para representar y recordar de modo sintético, inmediatamente perceptivo e intuitivo, valores relevantes, sobre todos los que sustentan e inspiran nuestro orden constitucional Para terminar afirmando que en el contexto cultural italiano parece en verdad difícil encontrar otro símbolo que se preste mejor a conseguir esto uienes pretenden en España remover las aguas serenas de unas aulas, cuyos alumnos en casi un 80 por ciento optan por una educación católica, han de ser escuchados con respeto democrático y dárseles argumentos como los transcritos. Igual que ocurriría en países libres de otro credo mayoritario donde los niños católicos han de respetar ¿cómo no? emblemas tan honorables como la Media Luna, la Estrella de David, el busto de Confucio, o la pared blanca de las confesiones cristianas sin imágenes y de los agnósticos. Juristas tiene el país y gobernantes avisados, sin tener que inventar un problema para cada solución. Q ANTONIO MONTERO MORENO Arzobispo Emérito de Mérida- Badajoz