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54 AGENDA Tribuna abierta LUNES 12 s 3 s 2007 ABC Miguel Torres Periodista DE LA BOHEMIA l Teatro de la Zarzuela acaba de representar Bohemios una pequeña pieza maestra de Amadeo Vives, que trae al recuerdo la bohemia, una forma disparatada de vivir al día, un cierto planteamiento idealista de existencia, un vértigo de alucinación, de larga tradición, aún no demasiado lejana, en la vida literaria, artística y periodística española. Para Rafael Cansinos Assens, que en su libro La novela de un literato hizo un escalofriante friso de los años finales del XIX y el primer tercio del siglo XX, hasta la guerra civil, el romanticismo fue el precedente inmediato de la bohemia. Unida en la imaginación popular a las buhardillas del Barrio Latino y de Montmartre de París donde artistas y escritores aguardaban la visita de la fama entre miserias, hambre y frío, la bohemia hace su aparición literaria de la mano de Henri Murger, con su obra Escenas de la vida de bohemia primero publicada en folletón en Le Corsaire y después transformada en obra de teatro. Su éxito llama la aten- E Fueron muchos los escritores españoles que vivieron la bohemia hasta sus últimas consecuencias, pero ninguno con una personalidad tan fuerte como Alejandro Sawa, en quien se inspirara en cierta forma Valle- Inclán para su Max Estrella de Luces de bohemia ción de Giacomo Puccini, que encarga a Giacosa e Illica, dos de sus libretistas habituales, una versión de la obra de Murger en la que primen los bellos sentimientos sobre los aspectos más sórdidos, una vida pobre pero alegre, que solo al final será sacudida por la tragedia. Con una partitura magistral, Puccini eleva la bohemia a categoría romántica y consigue que durante más de un siglo Mimí y Rodolfo hayan conmovido y conmuevan a los espectadores de todo el mundo. Puccini recuerda años después: Una tarde lluviosa en la que no tenía nada que hacer, cogí un libro que no conocía: la novela de Henri Murger me golpeó como un rayo muchos los escritores españoles que vivieron la bohemia hasta sus últimas consecuencias, pero ninguno con una personalidad tan fuerte como Alejandro Sawa, en quien se inspirara en cierta forma Valle- Inclán para su Max Estrella de Luces de bohemia En su libro antes citado cuenta Cansinos Assens la visita que hizo Fueron en sus años jóvenes al gran bohemio. Vivía éste en una sórdida buhardilla del callejón de las Negras y acababa de regresar de París, donde había estado desterrado por delitos de opinión a causa de sus sátiras sociales. Recibió a su visitante envuelto en una sábana, porque tenía la ropa empeñada, pero con su cabello blanco tenía el gesto arrogante de un césar, sus rasgos de estatua clásica contribuían a la impresión Alejandro Sawa había sido en París amigo de Verlaine y de Dumas, de Gaultier y de Daudet, y había recibido en la frente el beso consagratorio de Víc- tor Hugo. Renegaba de cuanto había escrito y cantaba a la bohemia como el signo del genio, de los elegidos, de los infaustamente privilegiados Aunque nacido en Sevilla, pertenecía a ese Madrid absurdo, brillante y hambriento de aquellos años, y tenía de sus genes griegos una fascinadora capacidad para la elocuencia que fue maravillosamente recreada por Valle- Inclán. El hambre, la locura y el alcohol precipitaron su muerte, ya ciego, con menos de cincuenta años. No hay nada en Cansinos Assens que muestre amistad hacia la bohemia, y mucho menos hacia los bohemios, pero sí hacia la coherencia entre lo que se siente y lo que se vive, y Alejandro Sawa, al igual que sus hermanos Miguel y Manuel, conservaron el penacho erguido hasta lo último, y con él se hundieron, de pie, en el tremendal de la bohemia Los bohemios que cantan en la obra de Amadeo Vives llevan sin embargo una existencia menos trágica. Perrín y Palacios, los libretistas, beben también de la fuente de las Escenas de la vida bohemia de Henri Murger, pero lo que escriben es una historia de amor feliz entre el músico Roberto y la cantante Cossette. Paulino Guerra Periodista OKUPAS OS descamisados del siglo XXI ya no quieren ocupar las fincas de la duquesa de Alba. Ahora, a doña Cayetana ya sólo la persiguen el Tomate y el ruidoso, pero inofensivo alcalde de Marinaleda. El sospechoso, el nuevo enemigo de clase es el pequeño propietario, un ser codicioso que se atreve a ahorrar para comprar otro piso y encima porfía en mantenerlo vacío, insensible a las necesidades sociales. Si la cosa va a más, en poco tiempo veremos brigadas mixtas de okupas y policías municipales, patrullando las calles, asaltando portales, interrogando porteros, investigando facturas de agua y luz, hasta hallar la prueba criminal que acredite la conducta antisocial de esos avaros propietarios. En el País Vasco ya se debate una tasa de 9 euros diarios para los pisos desocupados y en Cataluña, la teniente de alcalde de la Ciudad Condal y señora del conseller de Interior, quiere conceder a los okupas carta de ciudadanos respetables. Deben ser los otros efectos del cambio climático, porque las especies muertas, las revoluciones fracasadas, los bolivarismos populistas importados de Iberoamérica, reviven en una inesperada primavera y se hacen honorables en las tribunas de la Barcelona del tri- L El crecimiento del precio de la vivienda y la extorsión que implica para jóvenes y familias no es responsabilidad de los alcaldes que recalifican suelo, de los Gobiernos que hacen las leyes urbanísticas, del tiburón inmobiliario que con cohecho o sin él, consuma un pelotazo de millones de euros. La única culpa es del ciudadano... partito. Sus patrocinadores son la misma gauche divine que por las noches descansa en los barrios burgueses y por el día se citan con banqueros y empresarios para planificar opas apoyar operaciones y okupar consejos de administración. Los revolucionarios de antaño asaltaban palacios y aterrorizaban a los ricos con proclamas nihilitas y revolucionarias. Los de ahora se limitan a traspasar su fracaso en la gestión del suelo y la vivienda a los propietarios de pisos. Pero los ricos de verdad pueden estar tranquilos. Ya no se llevan las huelgas generales por los salarios de hambre o la subida abusiva del pan o los servicios. Eso era una práctica decimonónica de la lucha de clases, de cuando había que derribar el sistema. Los nuevos millonarios de la tarifa, las comisiones o el ladrillo, están integrados y cuentan con el halago del sistema, son gente respetada y respetable, con acceso directo a los palacios, que comparten palco y confidencias con todos los pares del Reino. Se les reputa con el título de emprendedores, el poder jalea sus compras en el extranjero como un acto de patriotismo, como cuando Nadal gana el Roland Garros y cada año la prensa celebra el nuevo récord de beneficios. Además como su ideolo- gía es ganar mucho dinero y al menos en eso la izquierda y la derecha están de acuerdo, tienen el campo despejado para nuevas y futuras oportunidades de negocio. mayor tranquilidad de sus fortunas, debates que tuvieron tanta difusión en la pasada legislatura, han perdido actualidad y se han difuminado en la presente. ¿Quién habla ya del empleo en precario, los contratos- basura o los salarios de 700 euros? ¿A quién le interesa ya cambiar aquel denostado modelo económico basado en el consumo y la construcción? ¿Qué instrumentos nuevos y eficaces tiene el consumidor para defenderse de comisiones abusivas o subidas de precios arbitrarias? Sólo persiste la subida vertical del coste de los pisos y ahora algunos han encontrado por fin al chivo expiatorio, la fórmula mágica para limpiar su responsabilidad y echársela a otros. El crecimiento del precio de la vivienda y la extorsión que implica para jóvenes y familias, no es responsabilidad de los alcaldes que recalifican suelo, de los Gobiernos que hacen las leyes urbanísticas, del tiburón inmobiliario que con cohecho o sin él, consuma un pelotazo de millones de euros. La única culpa es del ciudadano que tiene más de un piso, que posiblemente ha comprado a precio de mercado y con un hipoteca millonaria, pero que no tiene derecho a disponer de su propiedad. mucha gente que compra pisos como inversión le gustaría alquilar, pero tienen miedo. Hay caseros temibles, pero también inquilinos que no pagan, que incluso amenazan y denuncian al dueño por acoso, que se atricheran durante años aprovechándose de la pereza del aparato judicial. Cuando por fin llega el desahucio, la vivienda es otra: el baño se ha convertido en una letrina, los muebles son astillas y las paredes, vanguardistas frescos donde se mezcla la mugre con pintadas de despedida al propietario. Todo corre a cuenta del dueño: los impuestos, los gastos de comunidad, la minuta del abogado, lo que ha dejado de ingresar y lo que tiene que desembolsar en la reforma. Tal vez un modelo que combinase una fiscalidad adecuada y un sistema expeditivo de juicios rápidos, sería mucho más eficiente que las tasas o la despenalización de la okupación Pero para hacer ruido y salir en los periódicos siempre son mejor las ocurrencias. Lo decía con sorna Pablo Castellanos en sus últimos meses como diputado de IU: está bien que nos ocupemos de todas las minorías marginales, pero de vez en cuando podríamos defender a la gente que trabaja y paga impuestos. A Para