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32 ESPAÑA MULTITUDINARIA CENSURA AL GOBIERNO LA REACCIÓN DE MONCLOA DOMINGO 11 s 3 s 2007 ABC Zapatero se reafirma en su estrategia tras concluir que el PP pinchó en su objetivo Moraleda dice que la asistencia estuvo por debajo de las expectativas planteadas por el PP s Gobierno y PSOE ultiman su contraofensiva GONZALO LÓPEZ ALBA MADRID. Lejos de resquebrajar su voluntad, la protesta orquestada por el PP contra la política antiterrorista del Gobierno reafirmó ayer a José Luis Rodríguez Zapatero en su decisión de aguantar el tirón sin rectificar ni la decisión concreta de excarcelar al terrorista De Juana ni el conjunto de su estrategia, según fuentes de La Moncloa consultadas por ABC. El presidente del Gobierno dio instrucciones de responder a la multitudinaria manifestación celebrada en Madrid en tono conciliador y de respeto hacia los manifestantes, pero de dureza para con el PP. Así lo hizo el secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, quien apeló a los valores democráticos de la tolerancia y la convivencia para a continuación hacer hincapié en que si el señor Rajoy pusiera la misma energía que en su momento puso el presidente Zapatero ayudando al Gobierno elegido democráticamente, hoy ETA no sería noticia, y sería noticia la victoria de los demócratas sobre el terrorismo Más allá de las declaraciones, en La Moncloa se respiraba ayer un cierta sensación de alivio, por entender que la dirección del PP pinchó en la medida en que echó el resto y, aunque la convocatoria tuvo una respuesta masiva, no superó- -a su juicio- -a otras anteriores de características similares. Dicho de otra forma, la conclusión es que no hay trasvase entre quienes apoyan al PP y quienes secundan al PSOE. Moraleda destacó, en este sentido, que la respuesta ciudadana estuvo por debajo de las expectativas planteadas por el PP, según informa Efe. Desde la consideración de que los intentos del PP de movilizar la calle contra el Gobierno alcanzaron ayer su pico culminante, la contraofensiva gubernamental se desplegará a partir de mañana en abanico desde el PSOE y el Ejecutivo. En esta estrategia para ganar la opinión pública, Zapatero tiene depositada gran confianza en la comparecencia que el martes protagonizará en el Congreso el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que tiene acreditado ser uno de los mejores parlamentarios de las Cortes. Contraofensiva en abanico José L. Rodríguez Zapatero ABC El presidente mantiene su propósito de agotar la legislatura y confía en ganar la opinión pública con la razón El Gobierno cree que, hasta ahora, no ha habido tiempo ni condiciones para plantear un debate sosegado y razonado ante un asunto en el que la contaminación demagógica y emotiva es muy fácil y confía en poder darle la vuelta con la razón, con argumentos, datos y tiempo En su particular concepción de la política, Zapatero no sólo concede la mayor trascendencia al tiempo político sino que mantiene la tesis de que en democracia todos los políticos son actores a los que los ciudadanos juzgan al final de la función en las urnas. En consecuencia, y a pesar del convencimiento generalizado de que la crispación continuará hasta que se celebren nuevas elecciones generales, Zapatero mantiene la decisión de agotar la legislatura, según las fuentes consultadas por ABC. El presidente, según estas fuentes, cree que al electorado no le agradan los adelantos, salvo razones muy poderosas y no observa tales en la medida en que mantiene un apoyo parlamentario suficiente, tiene en cartera proyectos que quiere sacar adelante y el partido está respondiendo más unido que nunca CAMBIO DE FASE La concurrencia fue enorme, y basta. Lo coherente es que la oposición planteara pronto una moción de censura. ¿Lo hará? No tiene sentido apretar el resorte del humanitarismo, y decir a la vez que Aznar ha sido, a su manera, un pusilánime. Es absurdo sostener, mendazmente, que no se ha hecho otra cosa que aplicar los algoritmos penitenciarios, e invocar la prudencia política para defender la excarcelación de De Juana. Fue también un error de bulto y una fealdad que el ministro del Interior intentase cubrir al presidente asumiendo la responsabilidad de la excarcelación. Nadie se lo ha creído, ni siquiera los militantes del Partido Socialista. Todo esto, al agregarse, ha aumentado la sensación de estafa. De resultas, se ha logrado movilizar a ciudadanos que acaso habrían preferido quedarse en casa. La tercera razón, estimo que la principal, es que a los españoles les disgusta profundamente que se trate con miramientos a un asesino en serie. Las encuestas reflejan de modo unánime que el ciudadano es todavía más reacio a las medidas de gracia, que a las concesiones políticas, la autodeterminación del País Vasco incluida. Esto es infeliz, ya que invierte el orden de los factores y enturbia el propio significado de la macromanifestación de ayer. El lema esgrimido por los convocantes- España por la libertad, no más cesiones a ETA -era técnicamente correcto. Aludía al hecho no descartable de que puedan estar negociándose los derechos individuales en una parte de España, y al incontrovertible de que se ha claudicado frente a un chantaje. Pero las emociones predominantes eran más confusas. La idea de que es nefasto aliviar el tiempo de prisión de un tipo aborrecible niega de oficio a un Gobierno, del signo que fuere, la prerrogativa de apelar a la clemencia para facilitar el fin del terror. Ningún político sincero puede asumir esta idea. Cualquier partido responsable estaría dispuesto a aplicar medidas de gracia llegado el instante oportuno. Lo peor no ha sido la respuesta débil a De Juana, sino el carácter equívoco de la lenidad y el contexto en que se aloja. Por desgracia, la excarcelación se sitúa en una línea de desfallecimientos que no ha he- Álvaro Delgado Gal e incalculablemente grande se puede calificar la manifestación de ayer. ¿Un millón de personas? ¿La mitad? ¿Más de un millón? Los expertos en despistar nos volverán a despistar de nuevo. De manera que es mejor dejar la aritmética a un lado. La concurrencia fue enorme, y basta. Ello se explica por tres razones. Por supuesto, la implicación del PP, que no podía convocar a las multitudes y permitirse el lujo de reunir sobre el asfalto a unos cuantos amigos. Pero ésta no ha sido la única razón del asombroso llenazo. Ha contribuido también lo suyo la desastrosa estrategia propagandística del Gobierno. El último ha hecho algo peor que divulgar mensajes ineficaces: y es conseguir que los unos neutralizaran a los otros. D cho más que empezar. Que una porción considerable de los españoles no acierte a hacer las distinciones precisas, es imputable, en primer lugar, al Partido Socialista. Un Estado fuerte, con proyectos claramente explicados, podría permitirse muchas más libertades que este Gobierno vacilante cuyas palabras esconden, desde hace tiempo, un sistemático doble sentido. Es también claro que comienza a pasar factura la marginación a que se ha sometido al PP, así como la política de derribo que los socialistas inauguraron con el Prestige. El que rompe la baraja obtiene una ventaja inicial. Al cabo de un rato, el gesto se contagia al que está al otro lado de la mesa, y lo que ocurre entonces no es sólo que la ventaja primitiva se reduce, sino, lo que es mucho más grave, que se acaban las reglas de juego. Estamos asistiendo, en efecto, a un naufragio de las cautelas que garantizan la moderación civil. El viernes pasado, en una intervención exactísima por la radio, Nicolás Redondo Terreros aseveró que las manifestaciones, legítimas siempre, son más comprensibles cuando están encabezadas por un partido pequeño o una plataforma cívica. ¿El motivo? Ni el partido pequeño, ni la plataforma, pueden juntar una mayoría en el Parlamento. Es nor- mal que, acogiéndose al derecho de libertad de expresión, elijan la alternativa de la calle. Resulta anómalo, por el contrario, que el principal partido de la oposición haga lo mismo. Sobre todo en un régimen parlamentario, el cual, precisamente porque está diseñado para que se formen mayorías acudiendo a pactismos varios, es contrario por naturaleza a que el candidato a ganar unas elecciones se convierta en rehén de las apuestas unipolares en que se apoya la movilización popular. En un país serio, se habrían evitado estas paradojas colocando ciertas cuestiones más allá de la lucha partidaria. Para eso sirvió, recordémoslo, el Pacto Antiterrorista, suscitado y después enterrado por José Luis Rodríguez Zapatero. Ahora estamos, por así decirlo, en caída libre. Es notorio que el Gobierno, empeñado en una operación esencialmente imprudente, se dedica sobre todo a trastabillar, y pone el pie, no donde quiere, sino donde le obliga a posarlo la inercia adquirida. Y si no notorio, sí es conjeturable que la oposición tendrá dificultades crecientes para elegir una estrategia. Lo coherente, es que planteara pronto una moción de censura. ¿Lo hará? La pregunta es interesante. Máxime porque, de momento, carece de respuesta.