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8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE co los identifique inmediatamente. Esta costumbre, presente ya en las dinastías Song (960- 1279) y Yuan (1271- 1368) y que cobró su máximo auge bajo la estirpe Ming (1368- 1644) atribuye un color determinado al carácter del personaje. Así, el rojo indica valentía y lealtad; el negro denota dureza e independencia; el amarillo significa ambición; el púrpura, serenidad; el azul, astucia; el blanco, traición; y el verde, impetuosidad y tozudez. Además, para los bufones o payasos de la Corte Imperial había otra modalidad llamada xiaohualian que consiste en pintar la cara ligeramente alrededor de la nariz y los ojos para remarcar las dobles intenciones del personaje. En la pared del taller cuelgan más de un centenar de máscaras con los personajes más famosos de la ópera china: desde el general Zhang Fei, héroe del clásico Romance de los Tres Reinos hasta Cao Cao, el maquiavélico primer ministro de la Dinastía Song, que ordenó la muerte del héroe nacional Yue Fei. Mi favorito es Guan Yu, un general del período de los Tres Reinos (220- 280) que es la cara roja más típica, por su coraje y por la fidelidad, que demostró al emperador Liu Bei explica Guan Zhizhong. Al artista le encantaba pintar de niño y le habría gustado acudir a la Facultad de Bellas Artes pero cuando terminó sus estudios, en 1963, era el Gobierno quien decidía el futuro de los chinos. A Guan Zhizhong le enviaron a una fábrica de Pekín. Como si fuera una condena pasó 20 años confeccionando piezas metálicas y consagrando sus pocos ratos libres a dibujar paisajes que le servían pa- ra evadirse de la cruda realidad marcada por la Revolución Cultural (1966- 76) y de la lucha de poder que siguió a la muerte de Mao Zedong. En 1983, y animado por la tímida apertura que comenzaba a apreciarse con Deng Xiaoping, aquel obrero decidió dejar su trabajo y dedicarse a pintar máscaras de la ópera china. Lo hice por puro pragmatismo, ya que, al ser más baratas, las vendía mejor que los paisajes, que en esa época costaban la friolera de 100 yuanes (10 euros) aclara el pintor. Guan Zhizhong estudió con los maestros de entonces, Zhao Menglin, Tian Youliang y Gao Rongkui, y adquirió una destreza técnica en la combinación de los colores insuperable. Pero la verdadera inspiración le llegó un día, paseando por las tiendas de antigüedades de la calle Liulichang. En un escaparate vi una estatua de Buda con dos caras y fue como una revelación Desde ese momento, Guan Zhizhong ha revolucionado este arte ancestral pintando máscaras con dos rostros, alargadas, de perfil, en miniatura, gigantes, y ha ido incorporándoles largas y negras barbas postizas, como las que caracterizan a los reyes en la ópera china. Utiliza una arcilla que deja reposar durante un año para que no se agriete. Modela unas 80 máscaras de pequeño tamaño durante sus ocho horas de trabajo diario. Le cuesta entre dos y tres días más pintarlas, antes de ponerlas a la venta por precios que van de los 150 yuanes (15 euros) a los 1000 (100 euros) según tamaños. Destacan aquéllas que simbolizan apreciados caracteres como fu (suerte) lu (prosperidad) shou (longevidad) y xi (felicidad) Su maestría ha sido ampliamente reconocida, como demuestra la exposición de sus piezas de 1987, en el Museo Nacional de Arte de Pekín. Sus máscaras aparecen en las series históricas que emite la televisión estatal CCTV Resistiéndose a los nuevos tiempos, las caracterizaciones de la ópera se refugian, de momento, en el humilde estudio del rey de las máscaras chinas. Al menos hasta que la especulación urbanística lo derribe para construir en su lugar una carísima casa de lujo con impresionantes vistas a la Ciudad Prohibida. LUGAR DE LA VIDA San José omo lo único que había visto de Costa Rica eran esos carros de colores que se usan como carritos para las bebidas, imaginé que San José sería parecido: coloreado, frágil e inocente. Me equivoqué. Pasa en San José de Costa Rica lo contrario de otras ciudades, donde el centro es lo más bonito pero, hasta llegar allí, quisieras ir con los ojos cerrados. En esta ciudad es al revés: todo es peor cuanto más te acercas al centro, pues desaparece la selva, el río, el volcán, los árboles floreados, y la ciudad te decepciona. La que fuera una de las ciudades más limpias y seguras de Centroamérica, se ha transformado por completo. Todo está pisoteado por los nuevos tiempos, y lo único que desprende inocencia es la estatua que acaban de instalar junto a la catedral en honor a Juan Pablo II, redondeada y de piedra muy blanca. Como las flores silvestres que sobreviven al borde de los caminos, aún se ven unas pocas casas de madera que recuerdan a las casas antillanas, con colores que podría haber pintado Gauguin en Tahití, amarillo limón, azul claro, colores que destacan con el blanco de las barandas y las ménsulas de los porches. Pura inocencia. Casas de tal ligereza que el lobo de los tres cerditos podría derribar de un soplo y que ahora están fortificadas, los porches encerrados entre rejas, los balcones orlados por alambradas de espino. Este contraste de la casa frágil y de la defensa casi de cuartel, produce desencanto en el alma. Qué está pasando en el mundo. En vano busqué por el Mercado Central prendas de algodón que no vinieran de la India ni de China. Cosas de verdad de Costa Rica. Y lo único que vi fue lo que me parecieron esponjas de mar y se me llenó el corazón pensando que tal vez procederían de Tortuguero, así que me compré un par de ellas. Son alargadas y tienen el tacto del guante de crin, pero ahora veo que cae algo de su interior, y resulta que son semillas, luego esto no son esponjas, sino el fruto fibroso de algún árbol para mí desconocido. La belleza es ya el bien más escaso del mundo. Voy a sembrar estas semillas para recuperar la sombra, la tranquilidad, el verdor, las flores, lo hermoso que tuvo que ser, como un carro coloreado por un niño, San José de Costa Rica. C Mónica FernándezAceytuno Arte reconocido