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ABC JUEVES 8 s 3 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA JUEGO SUCIO STÁN encharcando el campo, como aquellos equipos de Clemente que se sabían en inferioridad técnica y procuraban equilibrar la partida por el procedimiento de convertir el terreno en un barrizal. El Gobierno ha renunciado a ganar el caso De Juana con argumentos porque sabe que no los tiene, y su táctica consiste ahora en tratar de bloquear al adversario. Incapaz de defender su política antiterrorista desvía el debate hacia la de los tiempos del PP Ni siquiera in. tenta ganar la controversia; su objetivo es enmerdar la polémica para provocar el hastío ciudadano ante un enfrentamiento trabado en el fango de las acusaciones mutuas. IGNACIO Es puro juego sucio. CAMACHO Zapatero y Rubalcaba son conscientes de que no hay precedentes de cesión ante un explícito chantaje. A los gobiernos de Aznar se les pudieron reprochar muchas cosas, pero no falta de firmeza frente al terrorismo. Ésa es una sensación fuertemente instalada en la opinión pública, y no va a cambiar porque la Moncloa encienda el ventilador para esparcir mierda o saque la manguera para embarrar el campo del juego político. Pero la intención de la maniobra es otra. De un lado, distraer la atención hacia un debate estéril, y de otro, suscitar en la gente un hartazgo que la desmovilice. Esto es grave porque supone el coste de una fractura social, rompe consensos básicos y desincentiva por conveniencia de parte el crédito de la actividad política. Lo que busca el Gobierno es sembrar una fatiga general que haga que el pueblo se encoja de hombros, desalentado ante el cruce de reproches: Bah, esto es una querella de partidos, un pulso de poder. Todos son iguales Pero no todos son iguales. Porque, si fuesen iguales, Ortega Lara no habría pasado 532 días en un zulo miserable, y Miguel Ángel Blanco estaría vivo. Y aunque no hubiese sido así, aunque el PP hubiese en efecto incurrido en debilidades y pasteleos, sus responsabilidades políticas ya fueron depuradas con la derrota electoral. Ahora toca depurar las de este Gobierno, las del PSOE. Y nada que haya ocurrido en el pasado puede difuminar la ignominia que supone para los españoles ver al Estado ceder ante el chantaje de un reincidente asesino, de una alimaña sanguinaria según el florido léxico del anterior ministro de Justicia. Pero es que, además, fue de otra manera. Lo que ocurrió entre 1996 y 2000 es que el PSOE de Zapatero se negó reiteradamente a cambiar las leyes para endurecer el régimen penitenciario, y hubo que esperar a que Aznar lograse la mayoría absoluta. Hurgar en las hemerotecas y los diarios de sesiones puede resultar un ejercicio melancólico y estéril, pero aun haciéndolo va a encontrar el PSOE motivos de los que avergonzarse. Porque no es verdad que todos sean iguales. Unos se mostraron, al menos en esta cuestión, firmes y dignos, y otros se han revelado fulleros y pusilánimes. Y lo malo es que no sólo han puesto en solfa su propia dignidad de gobernantes, sino que con su juego sucio pisotean la nuestra de ciudadanos. E ARTHUR SCHLESINGER JR. 1917- 2007 UNQUE haya una administración federal, no hay una sociedad americana, es obvio. Desde Nueva York a Los Ángeles hay probablemente mil. El historiador Arthur Schlesinger Jr. ha muerto a los 89 años en Nueva York. Un alto funcionario, Lewis Scooter Lybby, ha sido declarado culpable anteayer: obstrucción a la justicia, perjurio y falso testimonio. Libby, segundo del vicepresidente Cheney, puede ser condenado a 20 años de cárcel: en 2003 manipuló y mintió en sus informes sobre las inexistentes armas de destrucción masiva de Irak. Schlesinger y Libby son dos Américas. El mundo moderno, dominado por la comunicación instantánea, no puede avanzar, está demostrado, sin un punto de prestigio moral en el poder supremo. La otra bisagra es el mecanismo asegurador de la transmisión del saber, concentrado en centros de investigación, universidades, empresas, laboratorios... A este último campo pertenecía Schlesinger. La primera condición, la naturaleza moral del poder, es la gran cuestión previa ante el líder que llega. Quien ejerce ese liderazgo puede tomar deciDARÍO siones terribles: Churchill las tomó, coVALCÁRCEL mo De Gaulle o Truman. Pero no eran canallas, sino enemigos de los canallas. Hablamos largamente con Schlesinger a lo largo de veintitantos encuentros en Nueva York, Washington, Madrid, París... Era un hombre del noroeste, refinado, conquistador nato, decidido a quedarse con su interlocutor, fuera mujer, hombre, perro o auditorio colectivo. Ganador de dos premios Pulitzer, autor de veinte obras básicas sobre América en el siglo XX, sobre Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy. Su último estudio, de 2004, se titulaba La Guerra y la Presidencia Americana. Desde el primer momento reaccionó con acuidad ante la invasión de Irak, que acabará hundiendo a Bush y traerá un proceso grave para América No escribiremos hoy sobre su pasión por el martini, sólo uno, con hielo a 35 grados bajo cero; ni sobre sus bien cortadas camisas. Hombre de no gran talla, era un gigante del conocimien- A to, nacido de padre y madre historiadores, heredero de la tricentenaria tradición de Harvard, profesor de Humanidades en la universidad de la ciudad de Nueva York, alérgico al radicalismo desaseado, pero nunca dispuesto a tragar las ruedas de molino de la derecha autoritaria. La última vez que desayunamos juntos en Nueva York, gritaba rojo de ira: ¿Se ha dado cuenta? No tiene pudor... ¡Empieza cada reunión de secretarios en la Casa Blanca con una oración! ¡Se recoge en público, qué vergüenza! Y no es que Schlesinger, metodista, se inclinara hacia el agnosticismo. Pero creía que una base de América era la interiorización de las creencias, clave en el arco de su país. Sabía que la intromisión de la (baja) política en la (degradada) religión (y a la inversa) alimentaba los crímenes de chiíes contra suníes (y de nuevo a la inversa) como habían llevado al Ku Klux Klan. La independencia entre credo religioso y norma política ha hecho escribir a otro historiador, Hugh Thomas, sobre la maravillosa victoria de los occidentales en la Guerra Fría. Posiblemente animados por la libertad de mantener su creencia, los europeos y norteamericanos han defendido la laicidad del Estado. Laicidad no significa que el Estado abogue por la indiferencia religiosa. Consiste en aceptar que un Estado no debe promover un credo determinado. El Estado debe garantizar a cada creencia su derecho a existir en medio del respeto general. Desde Berlín, un lector, Carsten von Nahmen, escribía al Herald Tribune el 5 de marzo: no se trata de que América pueda perder la guerra en Irak, lo grave es la quiebra moral de la política exterior del presidente Bush, del vicepresidente Cheney y de sus colaboradores. Las mentiras, medias verdades y ambigüedades utilizadas para meter a Estados Unidos en una guerra ilegal junto a la catastrófica conducción de la lucha contra el terror islámico han destruido la reputación de Estados Unidos como dirigente moral en el mundo. Fin de la cita. El prestigio de América podrá reconstruirse, pero será un largo y difícil camino. Lo que los Schlesinger levantaban en sus cátedras cada día era destruido a veces por los Libby en la oscuridad de la noche.