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50 MADRID LUNES 5 s 3 s 2007 ABC Los carteles que el tiempo se llevó Hubo una época en que la Gran Vía madrileña era la gran avenida de los cines. De los enormes carteles que cubrían las fachadas brotaba la aterciopelada piel de Marilyn Monroe o la ingenua rebeldía de James Dean. Alberto Pirongelli es, hoy, el último cartelista POR CRISTINA ALONSO FOTO IGNACIO GIL MADRID. Siempre de corbata y bata amarilla, con su pequeño perro Macías siguiéndole a todas partes, la vista de Alberto Pirongelli se pierde recordando historias en su gran estudio de pintor, que más bien parece un decorado a medio montar de una película con protagonista incierto. Entre viejos stands de feria, cuadros aún por terminar y habitáculos de madera para salvar los óleos del polvo, en las paredes, un triunfante Calígula habita sobre un enorme perfil fantasioso y nocturno de varios edificios emblemáticos madrileños. A pocos metros de Tom Cruise, o mejor dicho, de Jerry Maguire, la que fue la niña de sus ojos: Penélope Cruz. Sin olvidar a un amarillento Roy Schneider justo en el momento en que empuña una pistola para matar al Tiburón que sembró el pánico en las playas de medio mundo en 1975. Pero la estrella absoluta del lugar es, sin duda, el enorme John Wayne de Río Bravo, que mira de reojo a su creador desde hace casi medio siglo. Las manos de Pirongelli, último cartelista en activo de los cines madrileños, lograron obtener de una simple tela una piel aterciopelada para Marilyn Monroe o un blanco inmaculado para la túnica de Gandhi, cuyo cartel recuerda con especial cariño: Estuvo en el cine Callao, era enorme, de unos 30 por 12 metros. Al año siguiente, Hollywood seleccionó una imagen de ese trabajo para las presentaciones que hacen allí las televisiones con motivo de los Oscar Pero, lamentablemente, estas pinturas fueron tan seductoras como efímeras. Casi todas sus obras, al igual que las de sus compañeros, acabaron en las cloacas. Cuando los carteles regresaban de las fachadas de los cines al taller, se desclavaban las telas, se lavaban y se reutilizaban ochenta mil veces Una vez limpias, a volver a empezar. En los sumideros de los pilones se perdieron los amores de Humprey Bogart y la rebeldía de James Dean explica, tristemente, el pintor, quien ya de niño, en su pueblo de Badajoz, machacaba plantas y flores en busca de tinta. Su único lienzo eran, por aquel entonces, las paredes de las cuadras de su casa, que decoraba con temas religiosos. A los 13 años una pequeña travesura marcó su trayectoria profesional. Me atreví a entrar en el despacho de Don Antonio Cidoncha, de Don Benito, un empresario de los tres cines que tenía el pueblo. Le hizo gracia mi atrevimiento de niño y me dio un presbu que era como llamábamos a la información ilustrada que mandaban las productoras de cines. Era de la película Simba la historia terrible de una leona acorralada por una tribu No dijo nada en casa. Sin más, cogió una sábana de la cama y en la cuadra, a escondidas, hizo el que sería su primer cartel gracias a las tintas que le proporcionó un amigo droguero. Gustó al empresario y sirvió de propaganda en la fachada del cine Rialto de Don Benito. Esto fue, creo recordar, en 1955 explica. A cambio de 300 pesetas a la semana, el empresario le contrató como cartelista. Alberto Pirongelli fue autodidacta hasta los 17 años. Después, emprendió rumbo a Madrid con los ojos puestos en la Gran Vía, la avenida que, en aquella época, otorgaba el éxito o el fracaso. Encontré trabajo en el taller de David Huelmo, en 1959. Él fue mi maestro. Para mí era el más grande, siendo él muy pequeño de estatura. Era grandioso verle pintar, tenía un dibujo perfecto y bellísimo y con el color era auténticamente magistral, valiente de pincelada y académico hasta la absoluta perfección. Chocábamos constantemente pero ha sido y es alguien a quien quiero profundamente y a quien estaré siempre agradecido reconoce el pintor, de 65 años. Su último cartel fue hace cuatro años, y prefiere no recordarlo. Para mí fue algo previsto, pero muy duro. Sin duda fue el último cartel clásico de la escuela de cartel de Madrid sostiene. El cine Palacio de la Prensa de Gran Vía o el Roxy siguen luciendo pequeños carteles en su entrada, pero no tienen nada que ver con los de antes Son sólo un simple sucedáneo de sus antepasados. Los grandes cartelistas convirtieron el centro madrileño en un impresionante museo urbano durante las décadas de los 60 y 70. Por aquel entonces, y sin duda alguna, la escuela de Viaje a la Gran Vía El encuentro con Don Benito La tez de Marilyn Cuando era niño, Pirongelli machacaba plantas y flores en busca de tinta con la que decorar cuadras Le hubiera gustado pintar al general Máximo, interpretado por Russell Crowe en Gladiator El gran museo urbano cartel de Madrid era admirada en toda Europa y Estados Unidos. En la Gran Vía y en Fuencarral había carteles que eran verdaderas lecciones de arte, ¡lástima que no se supo ver a ni- Tarzán, la camiseta de tirantes y la censura El cartel sufrió una censura muy severa. Los cartelistas estaban obligados a pasar un croquis duplicado con papel calca de sus obras. Esto se hacía los viernes en Información y Turismo. Se vigilaba con lupa cualquier licencia o alusión a que las personas tuviéramos sexo recuerda Pirongelli. Lo hacía un censor de nombre no olvidado, que ponía todo tipo de dificultades a cualquier dibujo donde se viera o se adivinara carne humana Hubo un cartel de Tarzán en la Selva que el censor se negó a visar porque se veía a Johnny Weissmuller de medio cuerpo, acercando su mano al puñal que sostenía en el taparrabos y con su torso al descubierto. Dijo que era excesivamente sugerente y que las mujeres podían excitarse al verlo. Lo tachó con el lápiz rojo que tenía para esos casos Eso significaba que debían ocultar el torso del campeón de natación. Ante la premura de la situación, le pintamos una camiseta de tirantes amarilla y así se mostró en una sala de sesión continua de la plaza de Manuel Becerra. Éramos así de correctos... y de sumisos vel institucional! sostiene el cartelista, quien compartió pincel con artistas que se vieron obligados a refugiarse en el cartel ante la imposibilidad de exponer en salas de arte por su pasado político. Para nosotros, el pensamiento único sólo se podía dar pintando la dulce ternura de Jean Simmons comenta. Las manos de un cartel Durante los años dorados del cartel madrileño muchas manos trabajaban para que, cada jueves, y muchas veces en sólo una noche, las nuevas fachadas de los grandes cines encandilaran al público. Carpinteros para hacer los bastidores, clavadores de tela cuyas herramientas eran las tachuelas negras y el martillo, dibujantes