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3 3 07 TENDENCIAS Es ingeniero senior en el Instituto Astrofísico de Canarias, donde construye grandes espejos para atrapar la luz del pasado y, con ella, el conocimiento; en internet fue uno de los bloggers pioneros, y ahora habita en el universo de los urdidores de historias donde ha recuperado con El castillo de las estrellas (Rocaeditorial) la novela de misterio y divulgación científica, esa gran olvidada que mezcla intriga, aventura e historia, sin caer en el asesinato ni en la reliquia sagrada de oscuros e ignotos paisajes bíblicos; ahí, tal vez, sólo esté la realidad misma, que- -avisa- -puede ser incluso más peligrosa, pero jamás menos entretenida Enrique Joven ASTROFÍSICO Y NOVELISTA El gran telescopio es una enorme máquina del tiempo POR VIRGINIA RÓDENAS ¿La teoría más extravagante de la cosmología? -Hay muchas, y yo no soy un cosmólogo así que no entiendo casi ninguna. Pero siempre me ha encantado lo que llaman el principio antrópico que afirma que el universo es como es porque en él existe inteligencia capaz de observarlo: nosotros. ¿Qué es y dónde está el castillo de las Estrellas? -El nombre de la novela (Stjerneborg es la palabra original danesa) está sacado de un observatorio que construyó el astrónomo Tycho Brahe en su isla del Báltico allá por el año 1580 más o menos. Todavía no se había inventado el telescopio- -faltaba muy poquito para Galileo, apenas veinte años- -y todos los instrumentos para medir las posiciones de las estrellas y los planetas se colocaban en edificios altos, en castillos. Curiosamente, éste al que nos referimos estaba medio enterrado, porque los instrumentos eran demasiado grandes y pesados. Hoy ya no existe y muchos piensan que tanto Uraniborg como Stjerneborg- -los dos observatorios de Brahe- -son una leyenda. Fueron arrasados al poco de tener que abandonar él la isla que le había regalado Federico II, exiliado Tycho por su hijo el nuevo rey danés Christian (que, por cierto, le dio una utilidad más práctica a los bonitos castillos: nido de amor para su amante) Apenas se descubrieron los cimientos bastantes años después. Pero hay muchas láminas de la época que nos los ilustran y recuerdan. -Es el Año de la Ciencia. ¿Ha llegado la hora de la novela de misterio científica frente al thriller histórico? -No creo. O no, en absoluto. El año de la ciencia no deja de ser una ocurrencia no sé sabe de quién, pero no es buena noticia tener que recurrir a este tipo de publicidad para fomentar la cultura científica en nuestra sociedad. O para incrementar los presupuestos dedicados a investigación. Respecto a la relación ciencia- novela- misterio, ésta es bastante escasa, al menos en España. Pero hay autores muy prolíficos como Neal Stephenson que se empeñan en llevar la contraria. Ojalá. ¿De dónde viene el interés por el manuscrito Voynich? ¿Cuál es su opinión sobre este misterioso libro? -El manuscrito Voynich es un libro singular. Como nadie entiende lo que contiene, dispara la imaginación de cualquiera. Y más con lo que a todos nos gusta resolver jeroglíficos. Sobre qué es y qué contiene, la opinión más extendida- -que yo comparto- -es que se trata de un timo muy ingenioso de su época que ha llegado hasta hoy. Siempre han existido pícaros, y más en una corte real donde se buscaba afanosamente la piedra filosofal o el conocimiento del futuro en los astros. ¿Hay algún misterio que no le deje dormir? -No en el plano científico. Aunque cada día se resuelven incógnitas, quedan muchas cosas por explicar, de lo contrario se nos acabaría el trabajo (risas) En el aspecto social, como tanta otra gente, no me explico mil cosas. Quizá lo que más estupor me produce es el fenómeno urbanístico desmedido que padecemos. Sobre todo, la impunidad y el conformismo que conlleva. -En la novela se presenta un más que dudoso crimen: el de Brahe a manos de Kepler. ¿Qué haría usted por un éxito astronómico y por qué descubrimiento en particular? -No se me pasa por la cabeza acabar con nadie, de momento (risas) Hoy en día la ciencia no es una tarea individual, como sí lo fue en la época de Tycho Brahe y Kepler. Hay envidias y competencia, como en cualquier gremio, pero en escalas muy pequeñas. La libre circulación de información en los descubrimientos supera en mucho a la rivalidad. -Ciencia, religión y política son los ingredientes de su fabu- Sabemos de astrofísica más de lo que nos imaginamos. Al menos, ya nadie afirma que la tierra es plana... Lo único necesario para aprender es la curiosidad lación (el protagonista es un jesuita) ¿Cree que en la realidad se contaminan por contacto y que deberían- -como los tres poderes del Estado- -separarse por pura higiene o por el contrario siente que son una trinidad, la vida misma? -Parece imposible la separación, pero sería de agradecer. En política ya está demostrado que la cosa es bastante complicada, y lo estamos comprobando a diario. Da la sensación de que si un juez no puede abstraerse de tener inclinaciones políticas propias, un científico tampoco tiene porqué hacerlo con sus convicciones religiosas. Si damos por sentado que una separación completa es imposible, al menos sí deberían distanciarse lo suficiente. Hay una línea bastante clara que separa Fe y Razón, Ciencia y Religión. Y tanto la mayoría de científicos creyentes, como muchos sacerdotes científicos lo saben. Aunque siempre hay cuestiones- -en especial las de mayor contenido ético- -que se quedan en la frontera. Lo que hay que evitar son las explicaciones de unos a otros basados en argumentos ajenos. Por ejemplo, explicar la evolución con argumentos exclusivamente religiosos no tiene cabida alguna en una clase de ciencias. Tendría el mis-