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ABC SÁBADO 3 s 3 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA LADY THATCHER EN LA CÁMARA DE LOS COMUNES La Dama de Hierro lamenta que su estatua sea de bronce y no de hierro, pero espera no perder la cabeza con tanta facilidad como cuando una estatua suya de mármol fue decapitada con un bate de criquet... L 21 de febrero asistí a la presentación de una nueva estatua de bronce de tamaño natural de Margaret Thatcher. Esta estatua, con unas dimensiones ligeramente superiores a las de la propia Thatcher y creada en bronce al silicio marrón, ocupa un solemne lugar en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes. La escultura es obra de Antony Dufort, que no es muy conocido, pero que ha logrado un buen parecido con su sujeto, aunque la cabeza es demasiado grande. El color también es un error. Debería haber sido de un tono más a juego con las demás estatuas del lugar. El escultor tampoco ha logrado reproducir del todo esa fuerte y puntiaguda nariz de Margaret Thatcher, que parece asemejarse a la de su remoto antecesor, Pitt El Joven. La presentación, o destape, como dirían los mexicanos, sobre el descubrimiento de quién era el candidato oficial a presidente, la realizaron la propia Margaret Thatcher y el presidente de la Cámara de los Comunes, un afectuoso escocés que en sus discursos de presentación y salutación deleitaron al público. Lo que éste dijo era apropiado en tono, duración y estilo. Acabó con las siguientes palabras: Lo único que puedo decir, Margaret, es que Denis estaría muy orgulloso de ti esta noche Margaret Thatcher respondió. Dijo que ella, la Dama de Hierro, lamentaba que la estatua fuera de bronce y no de hierro, y esperaba no perder la cabeza con tanta facilidad como cuando una estatua suya de mármol, anterior, fue decapitada con un bate de críquet por un manifestante en la galería de arte Gildhall. Esta vez- -afirmó- -espero que la cabeza permanezca en su sitio La estatua representa a una agresiva figura vestida con un abrigo y una falda convencionales, gesticulando, o señalando más bien, con la mano derecha, pero sonriendo. En la mano izquierda, la primera mujer que se convirtió en jefa de Gobierno porta unas notas para un discurso. El hecho de que ya esté ahí arriba, en esa excelente posición de honor, supone una asombrosa ruptura con el pasado, ya que, por norma, a la gente no se la honra de este modo hasta que está muerta. Ahora, su presencia en bronce recuerda que fue uno de los primeros ministros excepcionales de Gran Bretaña, una mujer que consiguió dos grandes cosas: primero, la derrota del movimiento sindicalista que amenazaba con sofocar toda iniciativa; y segundo, su desafío a la Unión Soviética, que ayudó a proclamar la maravillosa victoria de Occidente en la Guerra Fría. E sus ministros de Asuntos Exteriores, Douglas Hurd, un viejo amigo mío de los tiempos de Cambridge, y Geoffrey Howe, al que también conocí en Cambridge, y que al final la destruyó con un famoso discurso. Allí se encontraban Rifkind, el hábil escocés que fue secretario de Asuntos Exteriores de Major, y el nuevo líder conservador, David Cameron. Asistieron Lord y Lady Tebbitt, que estuvieron a punto de morir en el atentado del IRA en el Grand Hotel de Brighton. Lady Tebbitt sigue confinada a una silla de ruedas, pero es maravillosamente amable. Lo característico de la reunión fue la ausencia de laboristas y liberales. Aparte del presidente de la Cámara, que es (o era) laborista, no vi a nadie de ese partido, aunque creo que hubo uno o dos miembros. No estaba presente ningún liberal, ya que presumiblemente prefirieron la insulsa frialdad de la ausencia a lo que quizá veían como la incorrección política de la participación. l pedestal sobre el que descansa ahora la estatua antes estaba vacío, aunque en distintas zonas del vestíbulo hay figuras en tamaño natural de Lloyd George y Winston Churchill, los dos victoriosos primeros ministros de las dos guerras mundiales, ambos representados mientras dan un discurso, ya que, en sentidos bastante diferentes, ambos eran grandes oradores y también ingeniosos, así como de Clement Attlee, el primer gobernante laborista que tuvo tras él a una mayoría absoluta de miembros del Parlamento, y de quien Churchill dijo injustamente en una ocasión: Un taxi vacío llegó al número 10 de Downing Street y se bajó Attlee Hace tiempo que todo el mundo sabía que este pedestal estaba destinado a Margaret Thatcher. Hace unos años, estuve en el edificio del Parlamento japonés en Tokio, y allí también hay un pedestal vacío. Pero, al parecer, pretende decir que la empresa de la democracia siempre está inacabada. Sobre unas columnas del vestíbulo de los Miembros también hay estatuas de piedra blanca dedicadas a otros tres primeros ministros: Disraeli, el brillante primer ministro judío de la década de 1870 que una vez comentó: Cuando quiero leer una novela, escribo una Asquith, un gran erudito clásico que ocupó el cargo a comienzos de la Primera Guerra Mundial, y cuya frase más célebre fue: Esperen y vean y Arthur Balfour, un filósofo y pesimista que predijo que algún día el hombre descenderá a la fosa y todos sus pensamientos perecerán En una cuarta columna sigue habiendo un lugar vacante. ¿Quién irá allí? Hace unos años, Tony Blair tenía posibilidades, antes de que la desastrosa guerra en Irak acabara con su buen nombre como innovador de un nuevo movimiento laborista. Quizá el lugar deberá continuar vacío hasta que llegue el primer gobernante homosexual declarado. En unas estanterías de mármol apropiadamen- E te situadas cerca de allí reposan las cabezas de más primeros ministros, varias de ellas cinceladas por Angela Conner, una magnífica escultora que podría haber representado a Margaret Thatcher mucho mejor que Dufour. Estas otras cabezas incluyen a Anthony Eden, el noble héroe de la Primera Guerra Mundial, un espléndido ministro de Asuntos Exteriores que, como jefe de Gobierno, fue derrotado por la crisis de Suez; y Harold Wilson, el economista y líder laborista que apoyó a EE UU en Vietnam pero evitó hábilmente el envío de cualquier ayuda militar, con la excepción de perros alsacianos (pastores alemanes) También están Ted Heath, que llevó Gran Bretaña a Europa, y Alec Douglas Home, el último conde que se convirtió en primer ministro, con sus maravillosas maneras y una inteligencia mucho más aguda de lo que parecía al principio; Harold Macmillan, que resultó gravemente herido en la Primera Guerra Mundial y leía libros de la antigua Grecia en las trincheras y del novelista Trollope en el número 10 de Downing Street; Ramsay Macdonald, un escocés ilegítimo de orígenes humildes que fue el primer jefe de Gobierno laborista al que le encantaban tanto las galas de su despacho como las de sus amigos aristócratas; Jim Callaghan, un excelente orador que siempre hablaba bien, ya hubiese cinco o 5.000 personas de público, pero que parecía pomposo en privado; y Stanley Baldwin, amante del campo inglés e inventor de la idea del apaciguamiento de la Alemania nazi. Resulta apropiado que la cabeza de Heath sea la que se encuentra más próxima a la estatua de Margaret Thatcher. Parece furioso, lo cual también es adecuado, ya que nunca pudo perdonar a Margaret que le desplazara como líder del Partido Conservador. Reaccionó como lo hizo José María Areilza al nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno español. L E l Vestíbulo de los Miembros en el que se produjeron estos extraordinarios acontecimientos es un lugar de techos altos de unos 25 metros cuadrados, la antesala de la Cámara de los Comunes. El pasado día 21 había en este vestíbulo unas 100 personas, entre ellas muchas que habían pertenecido a los Gabinetes de Thatcher, como John Major, quien finalmente acabó sucediéndola; y dos de amentablemente, en esta rutilante muestra de primeros ministros falta Lord Salisbury, con el que Gran Bretaña comenzó el siglo XX y que era un conservador maravillosamente culto que merece un puesto allí casi más que cualquier otro. En 1888, cuando falleció el Emperador alemán Guillermo, Lord Salisbury comentó: El barco abandona el puerto. Esto es como saltar la barrera ¿Y te preguntas con qué clima te encontrarás fuera? preguntó Lady Gwendolen Cecil, su hija. No lo hago respondió con solemnidad. Puedo ver el mar cubierto de borregos En realidad, eran las terribles olas del siglo XX. Mientras me alejaba de esta ocasión verdaderamente histórica, me repetía las líneas del poeta Eliot en su Little Gidding: Mientras se va la luz, en una tarde invernal, en una capilla apartada, la Historia es el ahora, e Inglaterra HUGH THOMAS Historiador