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ABC MARTES 27 s 2 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA SCORSESE ORIGINAL Scorsese siempre ha sido un cineasta moderno que ha sopesado y explorado sus espasmos de modernidad, con grandes conocimientos del cine clásico y con una voluntad manifiesta de ponerlo al servicio de todo tipo de aventuras artísticas, o narrativas... OR más que uno busque, no encontrará muchas cosas que gusten a todo el mundo. Por poner alguna, podría ponerse la voz de Sinatra, el pie (el pie) de Maradona, el corazón de la Madre Teresa de Calcuta, la peca ¿la peca? de Marilyn Monroe... Sólo puede ser algo prodigioso lo que consiga anudar tanta idea dispersa, tantos gustos, voluntades, querencias, sensibilidades, visiones, culturas y caprichos. Ni siquiera lograron la venia absoluta de todo el mundo cumbres como Picasso, Borges, Buñuel, Bergman, los Beatles y o los Rollings. Y como es natural, Martin Scorsese, tampoco. Es decir, él y su película Infiltrados pueden gustar o no gustar, sin que en ninguno de los dos casos se quiebre ninguna tablilla de ninguna ley. El caso es que la Academia de Hollywood por fin ha decidido premiar a lo grande a Martin Scorsese y a su última película, Infiltrados Y esto, que a los demás podría parecernos algo natural, pues en términos generales es un gran director y es una gran película, ofrece (como casi todo en la vida) su lado superficial y su lado profundo. Para Martin Scorsese era ya una obsesión este reconocimiento de la Academia de Hollywood; o dicho de otro modo, la obsesión era ganar el Oscar; ganarlo como fuera. Y tal vez también para la Academia, o para muchos de sus académicos, el dárselo. Pues bien, ya está hecho: Infiltrados es la Mejor Película y Martín Scorsese el Mejor Director. Y con esto se apura el lado superficial del asunto, vayamos ahora a algunos de sus recovecos más profundos. Con sus dos anteriores películas, Gangs de Nueva York y El aviador con las que había obtenido casi un par de docenas de candidaturas, Scorsese fue literalmente barrido por Roman Polanski y por Clint Eastwood. Infiltrados ha conseguido para Martin Scorsese algo que no había logrado ninguna otra película suya: ni éstas mencionadas, ni las otras, Taxi driver Toro salvaje Uno de los nuestros La edad de la inocencia o Casino Lo cual no significa, y probablemente nadie lo cree, ni siquiera los académicos que le han votado, que Infiltrados sea mejor película que algunas de las mencionadas y que no consiguieron el Oscar. ero si descendemos un peldaño más, se empieza a tocar barro: desde hace ya varias semanas se extendió la idea entre el magma cinéfilo de que era poco probable que Scorsese o su película ganaran este Oscar porque no era estrictamente original, sino que Infiltrados se trata de un remake de una película china titulada Infernal affairs en la que un mafioso se infiltra en la policía y un policía en la mafia (algo que probablemente antes que Wai Keung Lau y Siu Fai Mak, los directores del original chino, y de que por supuesto lo retomara Scorsese, se había hecho ya en varios pueblos italianos, varios Estados Norteamericanos y en alguna que otra tragedia griega) P Cualquiera que haya visto Infiltrados se percata al instante de que a quien realmente se parece en ella Scorsese no es a Keung Lau ni Fai Mak, sino al propio Scorsese. Del mismo modo que Kurosawa no se parecía a Shakespeare en Trono de sangre (a pesar de estar inspirado en Macbeth sino a sí mismo. Lo esencial de esta cuestión, que sería superficial si no tuviera su lado oscuro, es ¿por qué se le reprocha a Scorsese que haga algo tan natural en el artista como cogerlo todo y llevárselo a su terreno? Podría reprochársele, sí, que no menudee en Shakespeare para hurgar en Keung Lau, pero eso ya es otro asunto. ¿Por qué se le escatima originalidad a Scorsese? ¿Y por qué se le ha reprochado lo mismo al último Woody Allen? ¿Y a Clint Eastwood y su homérico esfuerzo de plano, contraplano en Iwo Jima? Son tres veteranos que llevan cuatro décadas en la retaguardia de la vanguardia; ese lugar de suma responsabilidad desde donde se vigila el camino y se calibra la dirección y el sentido de los que corren delante. Scorsese siempre ha sido un cineasta moderno que ha sopesado y explorado sus espasmos de modernidad, con grandes conocimientos del cine clásico y con una voluntad manifiesta de ponerlo al servicio de todo tipo de aventuras artísticas, o narrativas. Tal vez sea esto precisamente lo que molesta de Scorsese (y de Eastwood o Allen) que todavía hoy el Cine son ellos, y no otros. Ellos llevan el timón de esa nave, y el mundo lo ve así, y así lo desea y lo disfruta. Ejem, no todo el mundo, como quedó claro en el arranque de estas líneas. chable lógica. A veces se diría, incluso, que lo escriben con mayúsculas: Actriz que interpreta a la Reina Isabel de Inglaterra y Actor que interpreta al déspota Idi Amin Dada. Hollywood necesita refuerzos en su propio Olimpo, dioses que sepan estar allí y que vigilen y si es preciso adelanten o superen a los que enarbolen otras banderas para el Cine. A Clint Eastwood ya lo subieron hace años y González Iñárritu todavía no se iba a sentir cómodo en él. El hombre era Scorsese, un tipo con la voz del pato Donald y el aspecto de Joe Pesci en una de sus películas. Alguien que tiene dentro algunas de las improntas que le hemos visto al mejor De Niro, y desde luego un cineasta que, coja lo que coja, adquiere en sus manos el tono turbio, sucio y desesperanzado de todo su cine, el original y el otro. Y ese sexto sentido que tanto se le reprocha a Hollywood cuando otorga sus premios es el mismo que le dice que La vida de los otros la alemana que ha ganado el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa, tiene algo especial que no tenía ninguna otra, salvo precisamente la de Scorsese (un análisis del fondo de ambas películas nos ofrece la sorprendente certeza de que hablan de lo mismo: diluirse en el lado equivocado y el enorme valor de la Traición) n La vida de los otros el director Florian Henckel Donnersmarck nos muestra (en realidad, nos lo oculta) un personaje magnífico, un miembro de la Stasi, los servicios secretos de la Alemania del Este, encargado de vigilar cualquier indicio de disidencia, y poco a poco, sin que nosotros ni él nos demos cuenta ni sepamos por qué o cuándo, se va poniendo en la piel de los vigilados, sintiendo lo que ellos sienten, pensando lo que piensan, siendo lo que no es y sirviendo a quien no sirve... Este esquema tiene muchísimo que ver con la esencia de Infiltrados (y de otros muchos títulos, como aquel magnífico de Donnie Brasco aunque en el caso de la película de Scorsese los dilemas, más aún que ideológicos o éticos, son fundamentalmente de clase: ¿cuál es mi sitio? ¿con quién estoy? ¿qué o a quién traiciono? En fin, Scorsese es un director que tiene tomada la auténtica medida cinematográfica a un asunto tan sustancial como la traición. Y entre lo superficial y lo profundo, lo visible y lo invisible, una verdad que podemos banalizar o dejar que corra: Jennifer Hudson, que ha ganado el Oscar a la mejor actriz secundaria por Dreamgirls que casi rompe la pantalla con su voz brutal y su imparable presencia, que cantó en la gala de los Oscar como si quisiera despeinar hasta las últimas filas, que se sitúa al lado de Beyoncé ¡de Beyoncé! y esta diosa se disipa como una bocanada de humo de light... pues Jennifer Hudson salió de uno de esos programas de Operación Triunfo, pero de allí. Aquí los mandamos a Eurovisión. E L a Academia de Hollywood ha vuelto a dar un año más su mensaje cinematográfico, que, aunque a muchos no les guste, es de una irrepro- P E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de cine