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88 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 25 s 2 s 2007 ABC Ya no le quedará siempre París a Pedro Almodóvar Pequeña Miss Sunshine desbanca en los César a Volver como mejor filme extranjero ABC PARÍS. La película Pequeña Miss Sunshine de los estadounidenses Jonathan Dayton y Valérie Faris, ganó ayer el César al mejor filme extranjero, al que también optaban Volver de Pedro Almodóvar, y Babel del mexicano Alejandro González Iñárritu. La cinta ganadora, que ha sido vista por más de un millón de espectadores en Francia, se impuso igualmente a The Queen del británico Stephen Frears, y a Brokeback Mountain del taiwanés Ang Lee. Pequeña Miss Sunshine una tierna sátira familiar sobre los concursos de belleza infantiles, figura entre las candidatas a los Oscar. Opta a mejor película, mejor actor secundario (Alan Arkin) mejor actriz secundaria (Abigail Breslin) y guión original (Michael Arnt) Los directores de la cinta no estaban presentes en la ceremonia de la 32 edición de los premios César del cine francés en París, cuya ceremonia tuvo lugar anoche en el Teatro Châtelet de la capital francesa. El francés Guillaume Canet fue elegido mejor director por Ne le dis à personne Esta película, junto a Indigènes de Rachid Bouchareb y Lady Chatterley de Pascale Ferran, se perfilaban como grandes favoritas en los César al acaparar nueve candidaturas cada una. François Cluzet fue elegido mejor actor por Ne le dis à personne y Marina Hands, mejor actriz por Lady Chatterley filme que se alzó con el César a la mejor película. Durante la gala, el actor Jude Law recibió el César de Honor de manos de Juliette Binoche, quien llegó a la ceremonia acompañada por Pedro Almodóvar. A pesar de los éxitos que obtuvo en los premios Goya con Volver se le están resistiendo al manchego los galardones internacionales. Tras la decepción que supuso para él quedar fuera de las nominaciones a los Oscar (sólo opta Penélope Cruz como mejor actriz) regresó con las manos vacías de Londres (premios Bafta) y ayer se repitió la escena en París (premios César) una plaza que siempre le ha dado suerte. Más información sobre los César: http: www. lescesarducinema. com TEATRO El arquitecto y el relojero Autor: Jerónimo López Mozo. Dirección: Luis Maluenda. Escenografía: Alejandro Andújar. Iluminación y sonido: Lola R. Barroso. Vestuario: Gabriela Salaverri. Vídeo: Manuel Fernández. Intérpretes: Antonio Canal, Gary Piquer y Juan Carlos González. Lugar: Teatro Galileo. Madrid. Lo viejo y lo nuevo JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN El conocido aserto de George de Santayana según el cual Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla bien podría servir de enseña a esta pieza de teatro de tesis con la que su autor, Jerónimo López Mozo (Gerona, 1942) obtuvo el premio Arniches en el año 2000. Teatro de tesis, sí, fruta rara en esta época, teatro de texto, teatro muy bien construido en el que se debaten ideas; en este caso, un pulso entre la memoria del espanto y el olvido como punto cero desde el que empezar de nuevo, posiciones encarnadas respectivamente por el veterano encargado del reloj de la Puerta del Sol y el entusiasta arquitecto que debe remodelar el antiguo edificio de la Dirección General de Seguridad, hoy sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Una confrontación insólita López Mozo, autor de la obra, en una imagen de archivo en un entorno que podríamos decir que se encuentra en el corazón del tiempo: casi dentro de las entrañas del gran reloj, en las dependencias que albergan su precisa maquinaria. Allí el arquitecto, que utilizará ese recinto como despacho para dirigir las obras, expone su proyecto al relojero: vaciar el edificio dejando sólo en pie el exterior y que el nuevo ámbito potencie la diafanidad del espacio con la luz como principal argumento de la idea de democracia y lugar de encuentro. El relojero le sugiere reservar un mínimo rincón con las dimensiones de una celda para albergar los expedientes de los represaliados políticos y otros elementos que recordaran los GONZALO CRUZ años de plomo del franquismo, un ápice de memoria, un aviso para futuras generaciones más que un argumento para usar a la personal conveniencia del poder político de turno. Un debate apasionante en el que el autor, además de introducir elementos metateatrales que otorgan a la pieza una suerte de escalofrío metafísico, envuelve lo histórico en una leve pátina onírica, un equilibrio que potencia Luis Maluenda en un ejercicio de dirección en el que utiliza eficazmente vídeos y proyecciones que acompañan la matizada interpretación de Antonio Canal, como el relojero guardián de la conciencia histórica, y Gary Piquer, en el papel del arquitecto. CLÁSICA Ciclo Complutense Obras de Stravinsky, Debussy, Zemlinsky y Schönberg. sIntérpretes: Dagmar Peckova (mezzosoprano) sOrquesta Sinfónica SWR de Baden- Baden y Friburgo. sDirector musical: Sylvain Cambreling. sAuditorio Nacional de Música. Madrid Música de la disolución ANDRÉS IBÁÑEZ La orquesta Sinfónica SWR de Baden- Baden y Friburgo era la que sonaba en la banda sonora de 2001 de Kubrick tocando Atmósferas de Ligeti, y es que desde sus inicios, la formación se ha especializado en la interpretación de la música del siglo XX. En el concierto de esta noche, el chef (d orchestre) Cambreling nos propone un menú Jude Law, anoche tras recibir el César de Honor AFP variado, original y delicioso: un Stravinsky juvenil para abrir boca Fuegos artificiales el Preludio para la siesta de un fauno de Debussy, las Canciones sobre poemas de Maeterlinck de Zemlinsky y Pelleas y Melisande de Schönberg. El tema del concierto podría ser, entonces, la disolución; disolución de una época, disolución de la tonalidad, que brilla con claridad rimskyana en el Stravinsky, se dilata en mágicas perspectivas en el Debussy, se rarifica en Zemlinsky, cuyas terceras disminuidas características parecen no decidirse entre regresar a Mahler o avanzar a Schönberg, y finalmente llega a su límite en la obra de Schönberg, en que la que las relaciones armónicas horizontales son ya tan tenues que apenas podemos ya reconocer las cadencias del lenguaje tonal. Maravillosa la intervención de la flautista Gunhild Ott en el Preludio, que sonó tan at- mosférico que no nos parecía estar en el Auditorio, sino transportados a la ribera de un río de Arcadia escuchando la brisa entre las cañas. Maravillosas, también, las canciones de Zemlinsky, un compositor que se toca menos de lo que uno desearía, interpretadas por una Dagmar Peckova de voz rica, profunda y dramática, con un oscuro registro grave y ese agudo rico y poderoso que sobrenada la orquesta, aunque el medio se rizaba de un vibrato que añadía una homogénea onda como de tresillos al color de la voz. Una orquesta prueba su consistencia, precisión y transparencia a medida que se va adensando la textura, y la de BadenBaden se oscurece a medida que el tejido se adensa, con pasajes del Pelleas de Schönberg verdaderamente oscuros, casi áridos en su sonoridad. Cambreling logró, a pesar de todo, un final resplandeciente gracias a la magnífica sección de maderas de la orquesta.