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16 ESPAÑA España, en el avispero afgano s Último adiós a la soldado muerta DOMINGO 25 s 2 s 2007 ABC Los restos mortales de la soldado Idoia Rodríguez son portados por sus compañeros en los actos fúnebres celebrados ayer en su localidad natal CORRAL Todos nosotros tenemos derecho a volver a la casa de la que salimos llenos de ilusiones Unos padres anímicamente destrozados y un novio deshecho son arropados por 2.700 personas que despiden a la soldado de Lugo y recuerdan que en Afganistán, el país de los talibanes, hay muchas Idoias que mueren ANA MARTÍNEZ SANTIAGO. El invierno es frío, en Friol. Son las cinco menos veinte, y en el pabellón municipal hay silencio. ¿Algún fotógrafo tenía pensado acercarse al cementerio? no lo hagan, es un evento privado Ningún reportero gráfico había contemplado esa posibilidad. La soldado de Lugo se merecía algo más que una fría ceremonia en el aeropuerto de Lavacolla, y a esa hora dice muy bajito, casi en un susurro, Domingo Rodríguez, vecino del pueblo, que espera fuera del recinto. El homenaje que tilda de muy poca cosa se celebró el pasado jueves, de madrugada, a las 3.18, bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, en un frío hangar militar del aeródromo compostelano, después de que un pájaro funerario, un Boeing 707, devolviese a la joven, de 23 años, a su tierra, Galicia. Siempre se dice que este sacrifico sirva para que esto se acabe y después, otra vez pasa lo mismo; ha sido la primera mujer que fallece en un conflicto, sí, pero no entremos a hablar del sexo y veremos que en Afganistán hay muchas Idoias que mueren dice una vecina, que opta por el anonimato, pero que aporta un testimonio que estremece, sacude, y está en la mente de todos. La Brilat de Pontevedra viaja con frecuencia al extranjero, y, en los últimos años, ha estado presente en todas las crisis. De los dieciocho militares caídos en el país de los talibanes, doce eran gallegos. Pero, ¿por qué ha tenido que ser ella? la pobre, que iba a casarse, y que quería comprar con su pareja un piso en La Coruña decía momentos antes en el tanatorio su primo, Darío Pena. Sus sueños, los de ella, han quedado abruptamente rotos por una mina anticarro, y los que la querían, que eran muchos, anímicamente destrozados. Son las 17.10. Aparece un coche fúnebre, seguido por una comitiva a pie y docenas de coronas, imposibles de contar. Cae un gran chubasco, breve pero intenso, vehemente. Seis compañeros de la muchacha, del cuartel de Figueirido, portan el sarcófago hasta el altar colocado para la difícil despedida. Detrás van los desconsolados padres; y el novio, el cabo Braulio Picón Rivas. Consuelo Buján está deshecha, y en numerosas ocasiones los servicios de emergencias comprueban su estado y le dan de beber. Su tormento, su pena, su calvario, es sólo comparable al de su marido, Constantino Rodríguez. La pareja ha perdido a su única hija. El obispo de la diócesis, José Gómez, no puede ofi- El prometido y los padres de la soldado fallecida EFE