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24 2 07 AIRE LIBRE Almuerzo al aire libre de los seguidores del White Turf, bajo el habitual sol radiante que caracteriza a St Moritz St. Moritz Un frío de lujo POR RAMIRO VILLAPADIERNA ST. MORITZ. ENVIADO ESPECIAL Aquí nació el concepto deportes de invierno y, sobre todo, una forma de disfrutar de esa estación. El frío mantiene la temperatura del champán y resulta estimulante bajo el sol habitual en la localidad t Moritz. En este mundo hay gente que hace vacaciones y gente que no, quien veranea y quien hiberna, el presto a tumbarse y el que prefiere la aventura. En una España adicta a la horizontal de la playa es difícil entender la cultura centroeuropea del frío: el gusto de calzarse guantes y sombrero, bajar a tomar un vino caliente en medio de la plaza nevada, sentarse a bajo cero y paladear un S café con una manta sobre las rodillas, o hacer cola ante un gélido quiosco para tomarse un helado. En St Moritz nacieron las vacaciones de invierno, cuando los más ricos descubrieron que el frío, entre pieles y velas, podía ser locamente romántico. Los ingleses llegaron en el siglo XIX hasta St Moritz, venciendo el miedo ancestral a los Alpes y, naturalmente, querían seguir jugando al criquet y al polo. St Mo- ritz es, desde hace un siglo, uno de los mayores concentrados de hoteles de lujo del mundo y el único de su clase a 1.850 metros de altura. La historia empezó hace 3.500 años, gracias a las aguas ferruginosas. Las legiones romanas de la Retia las descubrieron, y su fama se mantuvo hasta el punto de que, pese a la pobre telecomunicación medieval, el legendario médico Paracelso vino de Salzburgo a estudiar aquel milagro científico. Con los siglos, esa fama haría del arrinconado valle de Engadin un símbolo de salud, aire fino y aguas vivificadoras. Y conferiría a Suiza la imagen de hospital de Europa- -hoy, en el subconciente de todos al ver su bandera- que retuvo hasta las guerras mundiales, cuando los banqueros sustituyeron a las enfermeras en la montaña mágica Con el salto cualitativo, además de los célebres baños de turba y heno, St Moritz no tardaría en inventar el baño de champán, para compensar por fuera el ingerido hacia dentro. Durante siglos, sin embargo, se mantuvo el pánico a la dureza de la cordillera a la que se enfrentó Aníbal... A la cordillera y al frío intenso. Los ingleses venían en ve-