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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE sepa que también llegaron de Francia. Lo típicamente ruso son la zapikanka requesón o tvórog al horno, los sírniki que es requesón frito, los pelmeni rellenos de requesón o confitura, y las tortitas oladi -Existe la idea de que lo único que beben los rusos durante la comida es vodka... -Sí, es lo que más se toma, pero también bebemos vino. La costumbre, como otros aspectos de nuestra gastronomía, la implantaron los franceses. El vino que tradicionalmente se consumía antes procedía, no sólo de Francia, sino también de Moldavia y Georgia. Ahora en Moscú se pueden comprar vinos de todos los países del mundo: españoles, italianos, incluso californianos, chilenos y australianos... -Deloss es de origen francés y se dedicó siempre a la restauración de obras de arte. ¿Cómo es que le dio por dedicarse a la hostelería? -Él siempre dice que la palabra restaurante procede de restaurar en el sentido de restablecer las fuerzas. No es broma. Por otra parte, su conocimiento de la decoración ha sido fundamental para que el interior de nuestros restaurantes, tanto el TsDL como los otros que pertenecen a la cadena, sean los más suntuosos y acogedores de Moscú. ¿Qué prefieren sus clientes? ¿Las salas grandes del restaurante, como la de madera de roble, que para mí la más fastuosa, o los pequeños comedores? -Cuando alguien quiere hablar de negocios o prefiere tener un poco más de intimidad, pide los reservados. Pero la mayoría de nuestros clientes vienen, no sólo a comer, sino a disfrutar del entorno, de los aspectos sociales. Desean observar a los demás y de paso exhibirse ellos mismos. Por eso, la sala de roble, con su vidriera, su escalinata, el soberbio tapiz y la araña que cuelga del techo, donada por Stalin a comienzos de los años 30, es el lugar ideal para una buena cena. ¿Qué personajes famosos ha pasado por aquí? -Mijaíl Gorbachov, el padre del actual presidente norteamericano, George Bush, en su día el ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, el que fue jefe del Gobierno español, José María Aznar, el presidente egipcio, Hosni Mubarak, la inmensa mayoría de los políticos y diputados rusos de ahora mismo y de estos años anteriores, los artistas y empresarios. La verdad es que toda la gente famosa de Rusia, o que viene a Rusia, se acerca por aquí. DÍAS DE JÚBILO El maestro Post oy toca erudición. Leve, que nadie se asuste. Estoy recordando la exposición de Franz Post en la Casa del Arte de Múnich, hace escasos meses. Suena poco el nombre de este pintor holandés que vivió entre 1612 y 1680. Claro, como para brillar entre Velázquez, Vermeer y Rembrandt. De 1637 a 1644 acompañó al príncipe Mauricio de Nassau hasta lo que hoy es el Noreste brasileño, entonces dominió de los Países Bajos. Es decir que tuvo una juventud tropical dentro de una larga vida europea. De vuelta a su tierra colaboró en una obra descriptiva de Caspar Barlaeus sobre aquel rincón de América, lugar de esclavos, madera, azúcar y papagayos. Allí no paró la obra de Post. En vez de los apacibles interiores, los fieles retratos burgueses y las amables campiñas con opíparos puertos al fondo, reprodujo sin cesar las vistas de su Pernambuco juvenil. Lo hizo con una minucia de encajero que hoy nos parece fotográfica. La mano de Post semeja acariciar cada árbol de cada selva, cada rama de cada árbol, cada hoja de cada rama. Pájaros, chozas, indumentarias, flores, nubes, mediodías y ocasos, soles desenvueltos o embozados, arroyuelos y colinas, plátanos y guayabas, nada escapó a su aplicada memoria. En pleno barroco y su ímpetu avasallante de influencias, Post trabajó en la burbuja de su recuerdo y, a no dudarlo, de sus incontables apuntes. En su casita de Haarlem seguían reinando el calor y la luminosidad brasileños. Eran la temperatura y el tono de sus años jóvenes. Su madurez y su vejez pasaron, sin duda, por su cuerpo, pero la pintura, mágica primavera sin fin, lo mantuvo lozano con su legión de conmemoraciones. Con los años fue prefiriendo los crepúsculos a los mediodías. Las sombras se alargaron y afilaron. Contemplándolas, no he sentido una vivencia decadente. Al contrario, ese anuncio nocturno en el trópico me llegó como un llamado de Post a felices noches pernambucanas, noches que seguramente tuvieron para él nombres de mujer, tibieza oscura de piel africana, aroma de dulce tiniebla. Quizá su mocedad nunca alcanzó a ser tan bella como en esas fechas de su edad jubilar. Al menos, es lo que nos siguen diciendo sus pacientes evocaciones del paradisíaco Brasil barroco. H Blas Matamoro Madera, vidrieras de colores... El escenario del restaurante es muy barroco Una casa con solera El edificio que alberga la Casa Central de los Literatos (TsDL) es un palacete construido en 1889. Lo adquirieron los condes de Óslufiev, miembros de la logia masónica de Moscú. El caserón terminó convirtiéndose en lugar de reunión habitual de los masones rusos. Así fue hasta 1917, cuando, tras la Revolución Bolchevique, los condes tuvieron que emigrar a Italia. Los comunistas transformaron la mansión primero en un centro de acogida de mendigos, y, más tarde, en un orfanato. Hasta que, en 1932, fue entregado al MASSOLIT (la Unión de Escritores) como centro de reunión y esparcimiento. La sala de madera de roble, que se habilitó como restaurante, se hizo famosa gracias al escritor ucraniano, Mijáil Bulgákov. En su obra El Maestro y Margarita Bulgákov cuenta cómo los moscovitas de la época soñaban con tener la oportunidad de comer en el TsDL. Sin el carné de socio era imposible ser admitido, a menos que se contase con la invitación de alguno de los escritores miembros del club. Ya entonces, en los años 30, el restaurante contaba con la mejor cocina de toda la ciudad. La enorme lámpara de bronce y cristal que corona la sala de roble fue un regalo a los literatos del mismísimo Stalin. El escritor Máximo Gorki, que moriría poco después, fue el encargado de recibir la lámpara de manos del sanguinario dictador en una solemne ceremonia que tuvo tintes de aquelarre. Tras la caída del Comunismo y para compensar las subvenciones que el Estado dejó de pagar a los escritores, el edificio fue puesto en venta. Andréi Deloss, que acababa de abrir en Moscú un cabaré, una discoteca y una cervecería se hizo cargo del palacio, lo restauró, reamuebló y mantuvo su condición de restaurante, incluso sin modificar su viejo nombre (Casa Central de los Literatos) Deloss es también dueño del Pushkin el mejor café- restaurante de Moscú, especializado también en cocina rusa.