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2- 3 S 6 LOS SÁBADOS DE Arriba, el salón de 1957; a la izquierda, una escena familiar hacia 1878, del pintor Francisco Sans Cabot El salón del XIX era un cuarto muy vestido y en él se recibía a las visitas tían los muebles de terciopelo, se tapizaban las paredes, los suelos se cubrían con esterillas o alfombras; y los braseros eran fundamentales, pues la chimenea es de la segunda mitad del XVIII. personal y familiar. El modernismo tiene muy presente las casas de vecinos. Los arquitectos crean una casa estándar, de tipo medio, asequible y que responda a las necesidades del profesional liberal o del empleado. Hay que racionalizar el espacio y reducir el mobiliario que se especializa en la cocina y el baño explica Blasco, quien puntualiza que en el XX surge una tardía pero profunda reflexión en España, que empieza con el Gatepac en Barcelona, sobre el auge de la ciudad. La revolución industrial se nota en la casa, tanto en los materiales de construcción como en la tecnología y mobiliario (empieza la funcionalidad) La posguerra fue durísima y lo acusan las casas. Ya en los 60 y 70 se generaliza el uso de esa tecnología que es el pequeño electrodoméstico, aplicado al confort de las tareas del hogar. Surgen los armarios empotrados y los muebles de cocina estándar; se introducen criteriosmás racionales para organizar el espacio. El libro aborda cómo el espacio domestico y el mobiliario- -ayer y hoy- -dependían de cada economía: en las modestas era práctico, pero en el pasado había un gran mercado de segunda mano donde se compraba de todo: ropa de cama, sillas, vajillas... Al final, los autores nos invitan a reflexionar sobre la casa y la necesidad de repensar la ciudad porque seguimos viviendo en urbes del XIX y en viviendas del pasado, en pleno proceso de futuro y (Sigue de globalización. en la página siguiente) El arte de aparentar Cama desmontable con varales, cielo, goteras y cortinas de casa burguesa para arrendarlas, fragmentándolas hasta lo imposible. Si comer era un acto necesario, para qué hablar de la higiene. Agua corriente en las ciudades (a través de fuentes públicas) la hay desde la Edad Media, en que se acentúa la preocupación de los municipios por el aprovisionamiento para el consumo y la higiene. Muchas familias tienen un criado para ese fin (se consideraba indecoroso que una mujer de algún nivel saliese a buscarla) y surge la figura del aguador, que ha existido hasta el siglo XX. Si se pagaba una cuota al municipio se podía traer un ramal hasta la casa. En el XVI ya había hogares con agua corriente en zonas comunes, aunque el agua llegó a la mayor parte de las casas en la segunda mitad del siglo XIX, con Isabel II. Las residuales fueron otro cantar. Hasta que existieron los primeros conductos para canalización común o privada, lo normal era arrojar los residuos (tanto aguas sucias como inmundicias) por la ventana, al grito de! agua va regulado por normativa municipal a una hora determinada. En 1714 se hizo un intento de canalización (en conventos y palacios) y con Carlos III se construyó la primera canalización y red general (trabajo de Sabatini) consistente en pozos negros en cada vivienda. Para la calefacción se buscaban sistemas naturales: se reves- ¡Agua va! Hasta el siglo XVIII se cenaba y desayunaba en la cama en pequeñas mesitas, y el retrete era el sitio íntimo y reservado para el varón, no un lugar para hacer las necesidades El siglo XIX fue rompedor. Todas las clases sociales se sienten en la obligación de desarrollar el arte de la apariencia y la casa se convierte en espejo de su morador, aunque sometida a los fuertes convencionalismos sociales y morales de la época. El hogar se reestructura y cada espacio encuentra su función: comedor, dormitorio, sala, cocina, y un incipiente baño con taza de asiento de madera y bañera que sustituye a la jofaina. Y es que llega el agua corriente en la segunda mitad del XIX, y el cuarto de baño conoce un boom de refinamiento y convencionalismos. El salón se viste y es el triunfo de la tapicería y de las visitas. Surgen las alcobas, se pone de moda un pasillo distribuidor de habitaciones y la mujer se convierte en el ángel del hogar Llegan los armarios de luna, las alacenas y hasta la revolución industrial entra en casa con la máquina de coser. Viene la iluminación con gas y el alumbrado público que convierte la calle en una luminosa sala. Aparecen los primeros ascensores con cajas neogóticas, y se sigue viviendo de alquiler. El XX es el siglo de las grandes revoluciones. Y del hogar, porque se piensa en él en términos de comodidad y de desarrollo