Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
24 2 07 EN PORTADA Arriba, Berruguete muestra el estrado para la mujer. A la izquierda, lavadora de madera para hacer la colada con ceniza Alzado de una casa con sistema para evacuar inmundicias La Casa Cinco siglos de reformas (Viene de la página anterior) Ahora que las casas son más o menos estándar, pensar en cómo eran en el siglo XVI resulta chocante, porque, aunque en el fondo poco han cambiado nuestras necesidades, en la forma estamos muy lejos de aquellos patios de vecindad a modo de salón, o de los mesones y casas de comida a los que acudía todo el mundo a comprar o comer porque en las casas no había cocinas. Todos los espacios se han ido perfeccionando con el tiempo en aras de la funcionalidad y del confort. El libro se refiere al desarrollo de la casa urbana común, excluimos la de campo, los palacios y la infravivienda, la que por alquiler o adquisición cumple la misión de ofrecernos un espacio doméstico en el que desarrollarnos afirma la profesora Blasco, directora de este amplio proyecto que parte del siglo XVI, cuando en España toman consistencia las ciudades, cuando cuaja una normativa destinada a regular la uniformidad de las viviendas y cuando se empieza a estudiar lo necesaria que es la ventilación o lo mala que resulta la humedad para la salud. Una de las cosas más atractivas del libro es que hoy creemos haber descubierto la pólvora, en cuanto al confort, pero ya desde el siglo XVI se busca la comodidad vinculada a lo doméstico, fundamental para el desarrollo humano. Algunas sorpresas La idea- -según Beatriz Blasco- -es tratar la casa como el contenedor que responde a las necesidades del ser humano, las fisiológicas (comer, descomer y dormir) y las sociales: circunstancias que han condicionado siempre el espacio doméstico. ¿Sorpresas que nos hemos llevado? Que los cambios más importantes son los determinados por el desarro- llo tecnológico aplicado al espacio doméstico, algo que se empieza a vivir a partir del siglo XIX La casa ha sido un guante que hemos ido tejiendo alrededor de nuestra forma de vida, pero también un corsé rígido prosigue Blasco, quien añade que en la casa siempre se han resuelto las necesidades fundamentales del ser humano, lo que no quiere decir que hubiese un espacio determinado para cada cosa, salvo para dormir, ya que los espacios empiezan a definirse en el XIX. Cocinas ha habido siempre, pero hay una casa típica, que prolifera en el XVI y llega hasta el XVIII, que sólo tiene uno o dos cuartos y éstos son polivalentes. Cuartos que de día sirven para comer, trabajar o relacionarse con los vecinos, y de noche para dormir. De aquellos siglos datan expresiones que hoy utilizamos como pon la mesa una costumbre, frecuente hasta el XIX, que consistía en montar la mesa, con borriquetas y tablero, en cualquier espacio de la casa, formando así un espacio apto para ingerir alimentos. Se cenaba y desayunaba en la cama (con pequeñas mesitas) hasta mediado el XVIII. La gente acomodada vivía en la llamada casa principal que reunía todos los espacios necesarios, y por separado para el desarrollo de las funciones del ser humano. Tenía cocina, cuarto de recibir... pero en el XVIII esto se pierde por asimilación de modas francesas. Entre el siglo XVI y el XVIII la mayor parte de las viviendas eran de alquiler. La burguesía y la nobleza con recursos invertía en su compra