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ABC MARTES 20 s 2 s 2007 Tribuna abierta AGENDA 57 Agustín Cerezales Escritor SOTAVENTO E revuelvo en la cama, intranquilo. Me decido por fin, me levanto, cruzo los anchos salones de mi palacio, subo a la empinada torre de mi biblioteca, busco, rebusco, y por fin encuentro una mención a Luis Berenguer, en La novela desde 1936, de Ignacio Soldevilla. Lo que me tenía inquieto era la tonta pregunta de por qué acabo de leer hoy Sotavento, más de treinta años después de su publicación, de por qué sólo se conoce de este autor, y sólo tuvo éxito en su momento, El mundo de Juan Lobón. Me ha dado por pensar que España es un país triste, donde en vez del sol luce la niebla para los caminos de la literatura, donde la carrera de un autor no la gobiernan sus libros, sino su presencia pública, sus amistades, su habilidad social o su paciencia para aguantar cócteles y saraos. ¿Es posible que nuestra cultura, nuestra cultura general así, sin más, pueda prescindir de gentes como Berenguer, como Vázquez, como Espinosa? Ciertamente, van recuperándose poco a poco aquellos enterrados en vida, y sin duda tarde o temprano irán ocupando su lugar en el horizonte de las futuras generaciones de lectores, pero... ¿seguirá habiendo lectores para entonces, no habrán desertado, tras tan largo ayuno? Se adivina, por las observaciones que hizo Soldevilla en 1980, a los cinco años de la muerte del autor, algún motivo posible del increíble desamparo: Berenguer no habría sido todo lo original que debe ser un autor de tan deslumbrante talen- M to; Berenguer, para colmo, transparentaba una ideología desacorde con el presunto progresismo debido. alta de originalidad: en El mundo de Juan Lobón, Berenguer crea un territorio imaginario propio, cosa que ya habría hecho antes... ¡Juan Benet! Y Faulkner, claro, como bien apunta Soldevilla, y antes, tantos otros. La otra reprobación, a la que Soldevilla no se adhiere del todo, pero que no rechaza tampoco, es que se habría inspirado en la estructura del Pascual Duarte para aquella primera novela, y que en Sotavento, en el gracejo y desenfado del lenguaje, hay reminiscencias también de Cela. En efecto, tanto Pascual Duarte como Juan Lobón son proscritos, y ambos parten del momento final de sus vidas para rememorarlas: pero aquí empieza y aquí acaba el parecido, cosa tan evidente que no merece mayor comentario. En cuanto al lenguaje de Sotavento, poema desprendido de los viejos cuentos y legajos familiares, monumento coral donde pervive el desaparecido mundo de la Marina española, con su humor y con su amor, yo no sé si habría que remontarse a Cela o a Valle- Inclán para dar con nada semejante en la península ibérica, ni creo, con Soldevilla, que dé la impresión de estar leyendo un libro del primero: Berenguer no se recrea en el lenguaje sino que recrea un lenguaje, y no lo hace por el valor o el gusto del lenguaje en sí, sino al servicio de una materia honda y viva que sólo él, en este caso, tenía a su alcance. Poema desprendido de los viejos cuentos y legajos familiares, monumento coral donde pervive el desaparecido mundo de la Marina española, con su humor y con su amor F Soldevilla alude, por último, a una tercera novela, Leña verde, como culpable de objetalismo y monólogo interior: el autor habría caído en la tentación experimental por el afán de ganarse a un jurado que ya le había negado dos veces, con injusticia, el premio Alfaguara. Poco verosímil resulta tal hipótesis. En verdad, ardo ya en deseos de leer Leña verde, porque vengo ya imaginando, y mucho me extrañaría equivocarme, que si alguien en España escribió una novela con tales recursos, y supo hacerlo sin empantanarse, tuvo que ser Berenguer, aquel aficionado, de quien sólo se puede pensar que los elevaría a la cima de sus posibilidades, esto es, a su natural, eficaz y necesaria sumisión a la materia abordada. Quién sabe si hoy, treinta años después, treinta años como llevamos a dieta del menor riesgo narrativo, más que desempachados, diría yo deshidratados, no reconsideraría el fino crítico su opinión. n cuanto a la ideología, se trasluce en Berenguer incoercible, unamuniana aristocracia del espíritu, desde luego. Y ecologismo de carne y hueso, es decir simple humanidad, como en Delibes. Y desprecio de las banderías asesinas que, desde la primera guerra carlista, vienen marcando el péndulo de nuestra fea historia. Pero no hay ideología que valga en sus libros, sino coherencia literaria, como bien subraya Soldevilla. Si fue conservador, ni lo anunciaba ni lo escondía: más bien, creo, se le oye, suavemente, reírse de sí mismo. Decididamente, vuelvo a mi idea primera: no sabía bailar, sólo escribir. Si hubiera sabido bailar, otros habrían sido los murmullos a su paso, y habría sabido hacer de sus ideas, las que fueren, estribos de fama y posición, como tantos hicieron y siguen haciendo- -con talento y sin él, echen un vistazo en derredor- firmemente amarrados a la sacrosanta teta del compromiso o, en su defecto, de la lealtad (teta izquierda o teta derecha, ambas son nutricias, y a ninguna falta el mamón de turno) asta ya de especulaciones. Mejor hubiera sido hablar del libro en sí. A modo de consuelo, copiaré un fragmento en el aire, una de las escasas reflexiones generales que esmaltan ese enjambre de fantasmas vivos, de personajes inolvidables, un sí es no sublimes, o sí es no esperpénticos, que todavía nos miran desde el mar de Cádiz: la excelencia, la sensibilidad y la belleza, son submúltiplos de este metro patrón, tan femenino, de platino iridiado a cuadro grados centígrados, conservado en el fanal de los recuerdos... Apago la luz y vuelvo a mi catre, allá en la catacumba de nuestra ineluctable pesadilla. Adiós, don Luis Berenguer. Mientras quede aceite en el candil, prometo volver a visitarlo. B E Lola Santiago Escritora POLLOCK D Harris sueña, Ed Harris ama, Ed Harris pinta mientras se busca a sí mismo como artista, frenética, intensamente. Esta buena película, dirigida, interpretada y producida por este actor: Ed Harris, sobre la vida y la obra del pintor representante del expresionismo abstracto: Jackson Pollock, el gran pintor americano, producida en el año 2000, que pasó sin pena ni gloria por la cartelera madrileña, y que ahora al cabo de los años se constata al verla que no sólo no ha envejecido mal, sino que el tiempo le ha ayudado a adquirir el bouquet de los buenos vinos, en las tinajas de las filmotecas y las cintas de video. Pollock, a secas, así se denomina la película, tiene la sobriedad tensa y, sin embargo, plena de dramatismo, cuando el guión así lo requiere, de un actor so- E El protagonista es un ser atormentado que quiere llegar a ser reconocido como gran pintor en la ciudad de Nueva York brio como Harris pero lleno de matices al desdoblarse. El protagonista es un ser atormentado que quiere llegar a ser reconocido como gran pintor en la ciudad de Nueva York donde vive, y donde van triunfando sus amigos, como de Kooning, etcétera. n día tiene la suerte de conocer a una pintora que cree en él y en su obra, Lee Krasner, y que será su mayor sostén y quien le salve de sí mismo por un tiempo ayudándole a triunfar- -para ello se lo lleva al mar alejándolo de la ciudad y convirtiéndose en su mujer- antes de que el alcohol se apodere totalmente de él, y los separe definitivamente en un final no por trágico menos esperado, dado la espiral del protagonista... Y están los paisajes interiores y exteriores de la costa este U de Estados Unidos, en Long Island, con los edificios de madera, el verde del paisaje y el torbellino del mar rugiendo tétrico, rugiendo, como presintiendo el final. Y los cuadros recreados por la cámara en varias secuencias, sobre todo una del final, que dura varios minutos, cuando Pollock ya ha llegado a la cima de su arte, y que son como una muestra del alma del artista en su mejor momento. Antes hay un reportaje sobre su pintura, interpretado también por Harris, donde se le ve en el proceso de creación de un cuadro. Desde que empieza hasta que termina. Y es esa ceremonia, casi, casi, como una liturgia, que comienza en el instante en que se descalza para ponerse las botas viejas, manchadas de pintura y ensimismarse en el cuadro, hasta grabar su etapa final de acabamiento del mismo, con la lata en la mano y la pintura líquida, cayendo gota a gota o a chorros según el efecto que quiera producir una vez da- da por terminada la sesión de pintar, literalmente hablando, con brocha y pintura más densa, sin manipular casi. ermina el filme, dos rótulos ponen cómo ha quedado la acción, se escucha la música, salen los nombres de los personajes y los actores que les han dado vida: es una larga fila de letras blancas sobre fondo negro, que parece no terminar nunca. Estás ensimismada en ella pero no lees, aún digieres la película, los últimos acontecimientos han sido como una sacudida pétrea, sólo recuerdas un coche amarillo a toda velocidad, gritos de mujeres y un hombre que pierde la consciencia. Nada más. Luego un denso silencio. Y las letras de molde que empiezan lenta, muy lentamente, a desfilar por la pantalla. Como en un cuadro de Pollock gotas de pintura blanca. Muy blanca. Formando montoncitos. O extendida. Sobre fondo negro. T