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ABC MARTES 20 s 2 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA AIRE, AGUA Y JABÓN Sólo un treinta y seis por ciento de los andaluces llamados a votar para reformar el Estatuto cogieron su papeleta y lo hicieron. El resto invirtió el día en sacarle jugo a la chispa de la vida soleada de un domingo de carnaval y en interpretar la mayor pitada política que en esta comunidad se recuerda... A mayor bronca que haya sonado en el Bernabéu contra los movimientos de Capello o denostando el agujero negro de una defensa de galácticos se convierte, créanme, en la primavera de Vivaldi al lado de la inmensa pitada que los electores andaluces le dieron el domingo a la política de sus dirigentes comunitarios. Fue ensordecedor. Sólo un treinta y seis por ciento de los andaluces llamados a votar para reformar el Estatuto cogieron su papeleta y lo hicieron. El resto se perdió. No acudió a la cita. Invirtió el día en sacarle jugo a la chispa de la vida soleada de un domingo de carnaval y en interpretar la mayor pitada política que en esta comunidad se recuerda. Una pitada en forma de abstención. Una pitada en forma de eso no va conmigo. Una pitada que venía a decir allá los políticos con sus cosas. Pero yo (el sesenta y cuatro por ciento de los andaluces, siete de cada diez) no quiero que me toméis por bobo. Y la pitada de la abstención, de la desmovilización electoral más absoluta que recuerda la historia de las consultas andaluzas se convirtió, con semejante respuesta, en la cefalea más inoportuna que vino a agriar un día que la mayoría de los políticos andaluces se lo prometieron hermoso, feliz, festivo y muy democrático. Pues bueno, sólo fue muy democrático. Porque la gente, ejerciendo el sagrado deber de la abstención cuando entiende que están jugando con ellos al abejorro del Estatuto, se quedó afanada en sus cosas y como tal cosa pasó, democráticamente, de sentirse un bobo útil. Intentaré explicarlo. Intentaré, cosa que aún no han hecho los responsables absolutos y únicos de semejante sonrojo electoral, explicarles las razones de esta deserción en masa. Pero los andaluces le dijeron a los políticos del sí que, oye, compadre, muy bueno lo tuyo, pero esa no es mi guerra. Esa es tu guerra. La mía, como ciudadano, os interesa más bien poco. Así que a la tuya van a ir ustedes y luego me contáis lo que pasó. pasó que fueron ellos a su bola, a su guerra inventada del Estatuto a la fuerza. Y digo a la fuerza o de manera forzada porque la gente, los ciudadanos, los electores jamás expresaron la necesidad de reformar un Estatuto que aún tenía muchas cosas por exprimir. Las veces que he podido hablar sobre la reforma estatutaria andaluza ha sido con colegas de la profesión o con políticos. Fuera de este ámbito digamos tan profesional, nadie, absolutamente nadie, me ha preguntado ni esto sobre el Estatuto. Cero absoluto. Nada. Pantalla a negro. Digamos que si el clamor por la reforma tuvo alguna vez música fue la de los sonidos del silencio. ¿Reformar el Estatuto? Y eso qué es... La calle, los ciudadanos saben que en Andalucía quedan muchas reformas pendientes. Sobre todo las que les afectan. Los días de espera en las listas de Sanidad; reformas de las comunicaciones entre oriente y occidente; reformas de la enseñanza para re- L bajar el nivel de embrutecimiento que dicen las estadísticas que tienen nuestros hijos; reformas de un sistema político tan clasista y excluyente que aún siguen en activo rostros que nacieron a la política en la famosa foto de la tortilla... Esas reformas sí pertenecen a las exigencia de la ciudadanía. Pero poco o nada de eso se recoge en el nuevo Estatuto. Y si se recoge, pelos de punta, los chicos, los políticos que convocaban el sí y el referéndum, no creyeron oportuno explicarlo. sí de fuerte ha sido el diluvio. Y de ahí el naufragio del domingo. No sólo en la calle la reforma estatutaria, el debate político ha sido inexistente. Sino que el que diseñó la campaña del referéndum ¿sigue aún con trabajo? entendió oportunísimo que no había que explicar mucho. Incluso no había por qué buzonear, casa por casa, el Estatuto retocado, repintado y tuneado que con tanto orgullo han querido exhibir. Han hecho una campaña para ellos. Contra ellos. Metiéndose las manos en los bolsillos para que los unos le sacaran la guerra de Irak y los otros el 11- M. Pero los tíos seguían empeñados en no explicarle nada a los andaluces. A lo suyo. A su guerra. Con debates televisivos en la televisión que gestionan donde acudían santones de la palabra a comernos la moral con la igualdad de sexo, la igualdad semántica y el indeclinable sabor andaluz del flamenco. Pero nadie nos quería hacer las cuentas reales de si este Estatuto nos hacía ciudadanos de segunda y permitiría a otras comunidades hacerse más ricas para acabar con la solidaridad entre los españoles y agrandar los márgenes de diferencia por renta. Eso mejor no tocarlo. No sea que dé calambre... Pero hay más. Estoy convencido que la pelea de tiburones muertos de hambre que ha A protagonizado nuestra clase política andaluza sólo tenía un fin. El de testar posiciones, reacciones, cambios, tendencias y sensibilidades con la vista puesta en las municipales. Quizás por eso han hablado tan poco del Estatuto y unos se han dedicado a pasear a sus alcaldes más que Penélope Cruz a Tom Cruise en su día y, en Huelva, los otros colocaron en un edificio una megapancarta con el rostro de una alcaldable que nos recordó, por su espectacularidad, las promociones propagandísticas del realismo habanero según Castro. Da la impresión de que ni a ellos mismos les interesaba explicar nada del Estatuto. Chaves se negó a debatir en televisión. No fuera que, eso, diera calambre. Campaña pésima. Esperemos que los más de diez millones de euros que distribuyó la Junta entre los partidos para que la campaña fuera algo más que un pulso entre los de siempre, los veamos mejor utilizados en las próximas municipales... an explicándose un poco lo que pasó el domingo en Andalucía? Bueno, pues tranquilidad y buenos alimentos porque podemos asistir a pitadas tan sonoras como éstas en otras latitudes. No creo que sea sólo y exclusivamente Andalucía la comunidad que tenga muchos motivos para silbarle a sus galácticas estrellas de la política. Seguro que también veremos por otras comunidades broncas que convertirán las ya habituales del Bernabéu en una sosegada tarde de campo. Porque el problema no es Cataluña, Andalucía, País Vasco, Galicia o Canarias. El problema es la distancia tan enorme, el Kalahari tan inmenso que separa a la sociedad civil de la clase política. El desfiladero tan insalvable que existe entre los intereses de la partitocracia y los anhelos y deseos de los ciudadanos. Ese es el problema. Y ese problema no lo soluciona ni uno ni cien estatutos. Lo soluciona la decencia. La moral. La idea de llegar a la política para hacer cosas para la gente y no sólo y exclusivamente para tu partido. Escuchar lo que necesita la calle y no lo que sueñan los brujos en sus fantasmales laberintos. No hace muchos años, quizás dos o tres, José Mercé, el gitano rubio y de dientes blancos como las cales de Jerez, pegaba un pelotazo con aquel tema que subía la bilirrubina: Aire. ¿Lo recuerdan? Precioso. Bueno, pues eso es lo que estamos necesitando desde hace tiempo. Aire. Mucho aire. Abrir las ventanas y las puertas del sistema para que la claridad lo desinfecte. Que no falte el aire. También su jabón y su agua. Pero aire. Un aire nuevo que sea capaz de oxigenar las estancadas estancias de un poder inmóvil y rancio para devolverle a la gente, a los ciudadanos la pasión y la fe en sus políticos. Cambiad. Porque la afición le está cogiendo el gusto a pitaros... ¿V Y J. FÉLIX MACHUCA