Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 19 s 2 s 2007 ESPAÑA 19 EL OBSERVATORIO Germán Yanke Resulta incomprensible que el PP renuncie, como viene haciéndolo en la práctica, a conseguir más apoyos en vez de tratar de que el PSOE tenga menos. Cambiar este punto de mira no sería muy distinto de lo que el propio partido hizo entre 1993 y 1996 I tenemos- -como a menudo escuchamos a dirigentes del Partido Popular- -el Gobierno más lamentable desde la restauración de la democracia; si se han puesto patas arriba- -como también oímos- -algunos de los fundamentos de la Transición asentados en la opinión pública; si sólo circunstancias muy especiales dieron con el triunfo del PSOE en las elecciones de 2004; si la justificación de un acelerado programa de reformas radicales- -la culminación del proceso de paz -ha saltado por los aires, parece no haber duda: el PP necesita estrategas. Y los necesita urgentemente porque de otro modo no se entiende que, según las reiteradas encuestas, el Gobierno de Rodríguez Zapatero mantenga un nivel de apoyo considerable, más o menos el mismo que el PP. Es eso que se llama empate técnico Para analizar el empate técnico merece la pena tener en cuenta que el voto de la derecha resulta, con el paso del tiempo, más estable que el del PSOE. Y ello hasta el punto de que, en las elecciones de marzo de 2004 (es decir, después del Prestige y sus efectos, de la guerra en Irak y las manifestaciones multitudinarias, de la campaña de desprestigio de la derecha en tantos medios, del atentado del 11- M y las trágicas jornadas hasta el día de los comicios) no se puede afirmar que el PP sufriera una debacle. Obtuvo 9.630.000 votos, es decir, sólo perdió 700.000 votos (el 6,7 por ciento aproximadamente de los conseguidos en 2000) después de la que había caído y del desgaste lógico de dos legislaturas, la segunda con mayoría absoluta. La otra cara de la moneda es que la mayoría del electorado que viene optando entre la abstención o la participa- LA ESTRATEGIA DEL PP S ción, vota- -cuando se decide- -por la izquierda. Así ocurrió en marzo de 2004. El PSOE consiguió sumar nada menos que 3 millones de personas a las que le habían dado su confianza en 2000, casi un 38 por ciento más. Es claramente más significativo el número de electores que, ante la perspectiva de cambio o la posibilidad de castigar a la derecha, votaron al PSOE que el de los que le dieron la espalda al PP Pero el problema del PP es que la única alegría que puede darle esa franja electoral, decisiva en el resultado de los últimos comicios, es por el momento no votar a los socialistas, volver a la abstención. No, desde luego, votar al PP sta situación explicaría de algún modo las estrategias políticas actuales de ambos partidos. El PP trata de hacer visibles los fallos del Gobierno, presentarlos como manifestaciones de la absoluta inutilidad, co- E mo pruebas del desastre y, de este modo, lograr el desistimiento de una parte de los que se sumaron al PSOE en 2004. Las elecciones no se ganan- -se oye decir- las pierde el Gobierno El PSOE, por su parte, trata de concentrar todos los males del inmovilismo y la reacción en la oposición para seguir movilizando el voto antiPP que, reduciendo la abstención, le dio el triunfo en 2004. Si el PP necesita con urgencia estrategas adecuados es porque hasta hoy la táctica del PSOE ha dado mejores resultados que la del PP. Lo demuestra no sólo el empate técnico en medio del desastre, sino el empeño permanente del PP de viajar al centro como si tuviera que retomar el viaje una y otra vez porque las cosas, las de otros y las suyas, le empujan a un lugar inapropiado para conseguir sus propósitos. Se entiende todavía mejor teniendo en cuenta que el centro no es una posición ideológica, sino un punto geográfico en el mapa de la política, un mapa que se mueve peligrosamente bajo los pies de la derecha. Resulta incomprensible que el PP renuncie, como viene haciéndolo en la práctica, a conseguir más apoyos en vez de tratar de que el PSOE tenga menos. Cambiar este punto de mira no sería muy distinto de lo que el propio partido hizo entre 1993 y 1996, un periodo de oposición en el que supo combinar la dureza con el Gobierno de González y el eficaz trabajo de un equipo sobresaliente, en el que estaba el propio Mariano Rajoy, tanto en el ámbito parlamentario como en el de la seducción política de la opinión pública. A este trabajo se debe, a mi juicio, un constante aumento del apoyo electoral del PP y la consecución, tras la primera legislatura de José María Aznar, de la mayoría absoluta. Quizá desde ese momento, incomprensiblemente, se creyó que no era ya necesario convencer a nadie, que los ciudadanos debían simplemente seguir con devoción a quienes sabían lo que era bueno para todos. a democracia es un sistema de opinión pública, no un método de elegir gobernantes similar a unas oposiciones regladas. La estrategia adecuada debe estar en torno a la capacidad de convencer, que implica una ideología clara y una alternativa convincente. Un ejemplo entre mil: el PP no puede responder, ante las andanadas del PSOE sobre el apoyo del Gobierno de Aznar a la guerra en Irak, que eso es una cuestión del pasado Irak no es hoy, en el contexto internacional, una cuestión del pasado y los electores merecen saber, sobre la política exterior que el PP nos propone, algo más que la constatación de que no le gusta la Alianza de Civilizaciones Otro ejemplo: el espectáculo, consentido, de algunos dirigentes del partido en torno a la investigación del 11- M revela que sus preocupaciones, del pasado y del presente, están más cerca de su propia justificación que de lo razonable. Decir no constantemente- -como ocurre con justeza en la política antiterrorista- -precisa, además, dar con un tono de sosiego que el PP no ha encontrado todavía. Y Mariano Rajoy, además, no está rodeado de un equipo como el que tuvo José María Aznar en la oposición, que hacía confiar en el futuro. El suyo, el que aparece públicamente como la voz del partido, hace desconfiar del pasado, aunque él no quiera hablar de ello porque sencillamente está enredado en el pasado. Y ahí no están ni las ideas ni los votantes. L