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ABC LUNES 19 s 2 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA SE LLAMA RIDÍCULO L álgebra estatutario depara ecuaciones inversas: a mayor autonomía, menor respaldo. El estatuto que nos convierte a los andaluces en una nacioncita de pitiminí, un miniestado de la señorita Pepis, ha suscitado un entusiasmo perfectamente descriptible entre el pueblo en cuyo nombre se ha redactado. Tan descriptible como escaso. Exiguo, sucinto, corto, rácano. Casi ridículo. Más cercano al desplante que a la simple indiferencia. No era muy nuestro sino muy suyo. De ellos. De los de IGNACIO siempre. De los que llevan CAMACHO 25 años subidos en el mismo coche oficial, con las ventanillas oscuras para no ver la calle. En el 81, cuando el autogobierno era un sueño compartido y nadie quería quedarse atrás en la nueva España que nacía al compás del anhelo democrático, el estatuto de Carmona convocó al 53 por ciento de los andaluces. Un año y medio antes, con la sociedad dividida por el incomprensible frenazo que la derecha intentó darle a la autonomía andaluza para instalarla en los furgones traseros del Estado, el pueblo saltó a piola el listón del 50 por cien ¡de síes en cada provincia! pese a que el partido en el Gobierno promovía la abstención. Un cuarto de siglo después, el acuerdo del 90 por ciento de la clase dirigente apenas ha logrado convocar a más de un tercio de los ciudadanos en el refrendo a un texto que se proclamaba fundamental para el futuro colectivo. Ahí hay un mensaje, y no parece demasiado difícil de entender. Se llama fracaso. En democracia, un proyecto fracasa cuando no logra interesar al pueblo. Cuando éste se desentiende de las propuestas de sus dirigentes. Cuando la política se convierte en alquimia ideológica lejana al pálpito de la calle. Cuando los representantes públicos se muestran incapaces de hacerse entender por los ciudadanos. Cuando confunden sus intereses de casta con los de una sociedad preocupada por otras motivaciones. Cuando elaboran programas artificiales divorciados de la prioridad de la gente. Pero claro, entender esto, asumirlo, implica rectificar, cambiar la agenda, aceptar la autocrítica, admitir que se gobierna al margen de la opinión pública. Así que es mejor buscar excusas. Que el adversario ha quitado el hombro, que la gente vive muy bien y está muy tranquila, que el electorado sólo se motiva en la confrontación o, todo lo más, que ha habido algún error en la comunicación del mensaje. No pasa nada, pues. Que no vaya a dimitir nadie, por favor. Lo que ha ocurrido en realidad es que esta excelsa clase política, esta dirigencia iluminada que vela por nuestro futuro con celo clarividente, va tan por delante y alcanza tan lejos que su designio privilegiado escapa al entendimiento de las gentes comunes. Chaves puede seguir instalado en su cómodo virreinato, cesáreo, pastueño, inmóvil. Trámite cumplido. ¿Fracaso? Será de otros; el sí ha logrado su objetivo. Ya tiene mucho más poder del que necesita. E ABSTEMIOS POR LEY Q UE no desesperen las chicas flacas: si su índice de masa muscular no alcanza para lucir palmito en la pasarela Cibeles, aún les queda el consuelo de postularse como ministras, siguiendo el ejemplo de Elena Salgado, que es algo así como la versión dominatrix de aquel doctor Pedro Recio de Tirteafuera que amargó el gobierno de Sancho Panza en la Ínsula Barataria. La ministra Salgado, después de arreciar contra el tabaco y las hamburguesas y antes de emprenderla contra el cocido madrileño y los buñuelos de crema, que son malísimos para el colesterol, se dispone a extender su cruzada salutífera sobre las bebidas alcohólicas. La ministra Salgado posee un tan elevado concepto de sí misma que ha decidido imponerse como canon estético para los españoles: a partir de ahora, quien no muestre esa esbeltez de tabla de planchar, ese donaire asténico, esa belleza de anchoa amojamada que caracterizan a la ministra Salgado será contemplado con desconfianza o franca animadversión por los celosos guardianes de la salud pública. La ministra Salgado encarna (aunJUAN MANUEL que sea con poca carne) a la perfecDE PRADA ción a esos puritanos de nuevo cuño que se han propuesto hacer de nuestra vida un anuncio de pompas fúnebres o una cuaresma perpetua. Los puritanos de antaño prometían, al menos, una recompensa en ultratumba; pero los puritanos al estilo de la ministra Salgado sólo nos ofrecen lucir, allá al final de nuestra andadura por la tierra, un saludable cadáver. Ya no se trata de entender la vida como un memento mori, sino de convertirnos en muertos en vida, en presentes sucesiones de difunto que acatan resignadamente una vida lacayuna de constantes privaciones. Pero el puritanismo de la ministra Salgado es de una naturaleza aún más perversa. No sólo aspira a amargarnos la vida; también aspira a que renunciemos a nuestra responsabilidad. La idea del hombre como ser capaz de adoptar decisiones, dotado de libertad para elegir entre lo que le beneficia y lo que le perjudica, siempre ha molestado sobremanera a los totalitarios. El nuevo puritanismo nos quiere lobotomizados, carentes de voluntad, extirpados de libre albedrío; nos quiere convertidos en criaturas estólidas, desprovistas de razón y de juicio, que se dejan mangonear desde instancias superiores, que comen y beben y piensan lo que esas instancias superiores les permiten comer, beber y pensar. Naturalmente, estas imposiciones tan descarnadas (sin duda, este es el epíteto que mejor encaja con los designios de la ministra Salgado) han de disfrazarse bajo ropajes filantrópicos y paternalistas. Ahora la ministra Salgado pretende que seamos abstemios por ley; pero, para enmascarar esta pretensión desquiciada, saca en procesión a los pobrecitos menores de edad, a quienes conviene proteger de los efectos perniciosos de las bebidas alcohólicas. El puritanismo de la ministra Salgado alcanza así su apoteosis de cinismo y desfachatez. Sólo a un cínico despepitado se le ocurriría evitar una calamidad combatiendo sus consecuencias. La ministra Salgado actúa aquí como aquellas sirvientas guarronas que dejaban que la porquería se acumulase en la casa, para después empujarla con la escoba debajo de la alfombra. Si nuestros jóvenes beben inmoderadamente es porque no tienen razones para hacer otra cosa; porque una vida sin alicientes en la que se castiga el esfuerzo y se reprime el mérito, donde se exalta el hedonismo y la entrega inconsciente a la permisividad, conduce fatalmente al marasmo. La nueva tiranía- -ya lo hemos escrito en algún otro lugar- -disfraza sus fines bajo una apariencia de omnímoda libertad; y nuestros jóvenes, que son quienes más inconscientemente aceptan el caramelo envenenado que la nueva tiranía les tiende, acaban como la nueva tiranía los quiere: revolcándose en el cieno, rendidos a la inanidad de una vida sin responsabilidades, esclavos de sus apetencias y sus caprichos. Es entonces cuando llega la ministra Salgado y propone remediar la situación con una filantrópica ley que castigue el consumo de alcohol. Al totalitarismo siempre le ha gustado ocultarse tras la máscara del Bien.