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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE LUGAR DE LA VIDA ne, el arte, los rastros, la calle... Me inspiran desde la gente joven, con su manera insólita de mezclar, hasta las abuelas que sorprenden con esa mezcla de suavidad, rigor, elegancia, seguridad y, a veces, un toque de excentricidad que las hace únicas. ¿Es la calle una buena fábrica de ideas? -Sí. Nunca sabes lo que te puedes encontrar. La calle es el fin último de un diseñador, el destino de su trabajo y, a su vez, de donde más ideas puede conseguir para crear. Me parece interesante. ¿Le enriquece nuestra sociedad multicultural? -Por supuesto. Curiosidad, sorpresa... Pienso que es muy enriquecedor. La pena es que ahora casi todo es parecido. ¿Hasta dónde le gustaría llegar en la comercialización de tus propuestas? -Me gustaría ampliar mercados, conservando nuestra filosofía de posicionar adecuadamente nuestro producto sin masificar su distribución. -Más allá de la moda, ¿qué otras cosas le apasionan? -La gente a la que quiero. ¿Cómo contempla el futuro? -Por mi experiencia, con incertidumbre y con mucha ilusión. De viaje n una tarde de verano con luz de otoño, el poeta José Hierro leyó su poesía para unos pocos. Decir unos pocos, es decir mucho, porque dejando aparte a las autoridades y a su familia, a mí me pareció que éramos poquísimos para la inolvidable maravilla que supuso escuchar a José Hierro leyendo unos versos en los que hablaba de lavarse las manos, porque la manera en la que estaban ordenadas esas palabras en sus versos, nos emocionaron tanto que le quebró la voz a él, y la voz a todos los que estábamos callados. Nadie pudo hablar mientras leía José Hierro. Entre uno y otro poema, como para quitarle importancia a lo que allí estaba sucediendo, nos explicaba la mecánica poética, cómo creía él que se podía hacer poesía, o más bien las cosas que a él le pasaban y que le servían para componer un poema. Dijo que no sabía muy bien en qué consistía pero que, a veces, sin ningún motivo especial, te quedabas mirando los radios de una rueda dando vueltas y, al mirarla, lo hacías convencido de que entretenerte en aquello no servía E Mónica FernándezAceytuno -Cada época ha aportado cosas, pero prefiero dar nombres: Balenciaga, Chanel, Courreges, Cardin, Vionet y Junya Watanabe. ¿Qué le inspira? -Casi todo lo que me rodea: el ci- para nada hasta que, un día, con los radios de esa rueda, precisamente con ese girar, componías un poema. Me acuerdo de José Hierro cada vez que me fijo en esas cosas que no sirven para nada y que te salen al paso, como para que caigas en ellas, o como para despedirse. En este amanecer de febrero, todavía oscuro, los pájaros susurran, se silban discretamente unos a otros, y las ramas de los árboles están menos enjutas, como si algo en ellas se estuviera desabrochando por dentro; pero tengo que hacer la maleta. Me voy y me va a pasar como a Cela, que cuando vuelva me enfadaré si algo ha florecido sin que yo estuviera delante para verlo. Cuando viajo, también me atraen las cosas insignificantes, y en vez de adentrarme en los museos, me fijo en el movimiento de los visillos rotos, el vuelo de una mariposa macaón por la calle, entre el tráfico, o la forma en la que una hoja desconocida cae sobre la acera. Soy feliz si consigo traer alguna frase. Es como si yo ya no fuera a ninguna parte, ni más lejos, de lo que llegue lo que aquí escribo.