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ABC SÁBADO 17- -2- -2007 El fantasma de una abstención masiva planea sobre el referéndum andaluz 11 Estaba durmiendo Zougam, acusado de poner alguna de las mochilas en los trenes, esgrimió una coartada endeble: dormía cuando estallaron las bombas. El marroquí llegó tarde a trabajar esa mañana. El aparcamiento, alegó N. C. D. M. MADRID. El 11 de marzo de 2004 fue un día que marcó de forma trágica la vida para miles de familias. Para Jamal Zougam, uno de los presuntos autores materiales de esa matanza, fue un día más. O eso se desprende de su propia declaración. El acusado relató casi de forma inexpresiva, como si estuviera hablando de un episodio absolutamente rutinario, que ese 11 de marzo se levantó, como siempre, a las diez de la mañana. Puso la televisión y sólo entonces se enteró de lo que había pasado. Después, habló con su hermanastro Mohamed Chaoui (el tercer socio del locutorio) y fue éste quien le advirtió que la zona de Atocha estaba cortada y le aconsejó que para ir al trabajo- -en el barrio de Lavapiés- -cogiera la M- 30. Así lo hizo Jamal Zougam, y eso le permitió llegar a las proximidades de la tienda con cierta rapidez. Fue aparcar lo que más le costó y por eso, explicó, empezó su jornada laboral algo más tarde de las once de la mañana, su hora habitual. ¿Qué hacía usted en el momento en que los trenes salían de las estaciones? preguntó la fiscal. -Estaba durmiendo con mi familia, contestó impasible. En ningún momento durante los cuarenta y cinco minutos que duró su declaración, el marroquí admitió haber tener trato con los autores de los atentados. Sólo conoció, aunque de manera superficial, a Serhane el Tunecino porque coincidía con él los viernes en la mezquita de la M- 30. Igualmente, admitió que tenía en su agenda del móvil el teléfono de Mohamed Afalah (uno de los huidos tras la explosión del piso de Leganés y probablemente muerto en Irak en un atentado suicida) porque pensaba hacer una reforma en la escalera de su casa, y Mohamed era albañil. Con un argumento igual de doméstico, justificó su contacto con Faisal Allouch (imputado pero finalmente no procesado por los atentados) persona que, según dijo Zougam, le instaló el rótulo de la tienda de Lavapiés y al que tuvo que llamar para que lo cambiara por otro más pequeño ante las quejas de la comunidad de vecinos. No fueron las obras sino las frutas y hortalizas sirias las que le pusieron en contacto con el sirio Abu Dahdah condenado en España como jefe de Al Qaida. La investigación a la que fue sometido este último, también alcanzó a Jamal Zougam, que justificó su relación comercial con Abu Dahdah en el hecho de que éste le proporcionaba frutas y verduras de su país para venderlas en la tienda de alimentación que tuvo antes del locutorio. POOL yó toda la responsabilidad en relación con las tarjetas SIM. Él y sus socios, dijo, eligieron la telefonía para montar una empresa porque es rentable y pese a que no tenían conocimientos de electrónica. No obstante, entre las funciones que Zougam desempeñaba, estaba la de hacer las reparaciones de los teléfono si eran fáciles y no necesitaban la intervención de un técnico Antes, cuando la fiscal le preguntó si había enseñado a Serhane el Tunecino a sincronizar su móvil, Zougam respondió que no puedo enseñar porque no sé, no sé nada de bombas... frase que la Olga Sánchez no le dejó terminar para precisar: Yo no le he preguntado nada de bombas El marroquí afirmó que había rechazado la oferta del Centro Nacional de Inteligencia para colaborar como confidente. Contó cómo dos agentes que le mostraron placas de la Policía entraron en el locutorio y se lo llevaron a dar una vuelta en coche. Allí, le propusieron que les pasara información sobre llegadas y salidas de personas de origen marroquí y, a cambio, ellos le ayudarían a traer a su familia a España. Zougam se negó alegando que por su trabajo- -entonces tenía una frutería, negocio por el que entró en contacto con Abu Dahdah -no tenía tiempo.