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ABC SÁBADO 17 s 2 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MÓVIL EN LA ESCUELA M UNA PRINCESA E ha emocionado mucho la aparición de la Princesa de Asturias, acompañada de su marido, en la sede del Instituto Cervantes. Me ha emocionado su dolor enjuto, su enaltecedora actitud ante la tragedia. Nadie podría haberle censurado que durante un tiempo hubiese cancelado su agenda oficial, que se hubiese refugiado en la intimidad hasta que el zarpazo del dolor se restañase, al menos en sus signos externos. Ni siquiera sus más ensañados detractores se lo habrían reprochado. Pero Doña Letizia ha decidido reanudar sus actividades, en un ejercicio de responsabilidad que la torna doblemente humana ante nuestros ojos: pues, por un lado, hemos podido ver los estragos que el sufrimiento ha causado en su rostro (pálido reflejo de los que habrá causado en su espíritu) y, por otro, hemos podido comprobar su voluntad callada de sacrificio, su deseo de anteponer la alta misión para la que ha sido convocada sobre el quebranto personal, sobre las lágrimas exhaustas que pugnaban por asomar a sus ojos. Nunca Doña Letizia nos había parecido más exactamente princesa. JUAN MANUEL Doña Letizia ha tenido que enfrenDE PRADA tarse a suspicacias e insidias desde que se anunciara su compromiso con el Príncipe de Asturias. Sobre ella han circulado todo tipo de rumores estrambóticos, a veces aderezados con sus ribetes de truculencia. Se le han endosado episodios escabrosos, manías pintorescas, enfermedades inverosímiles. Su delgadez ha sido atribuida a causas patológicas; cualquier asomo de cansancio que asomase a su rostro era de inmediato interpretado como expresión de un estado de ánimo; sobre todo, se ha especulado muy taimadamente sobre las razones que la empujaron a casarse con Don Felipe. Confesaré que hubo un tiempo en que escuché con credulidad y di pábulo a semejantes chismes; por desgracia, la malicia suele revestirse con ropajes convincentes. Aquella imagen tributaria de la calumnia contribuyó a disolverla una conversación que mantuve con el arzobispo castrense, don Francisco Pérez González: el retrato que M me ofreció de Doña Letizia refutaba exhaustivamente toda aquella cochambre que recubría su figura, hasta tornarla irreconocible. Frente a la Letizia frívola, caprichosa y repudiable que la maledicencia había creado, don Francisco me habló de una joven espiritual, discreta, entregada abnegadamente a la nueva dignidad que había asumido, entregada también al hombre con el que había decidido anudar su destino. Luego tuve ocasión de verla de cerca y de saludarla cuando acudió con su marido a la basílica de la Virgen de Atocha, para ofrecer a su hija recién nacida, la Infanta Leonor. Su sonrisa, ancha como una plaza de luz, tenía aquel día un entusiasmo y una limpieza que me cautivaron. Recuerdo muy especialmente la mezcla de timidez y orgullo con que acogía los parabienes del público asistente; no había cálculo en aquella actitud, sino una efusiva llaneza que acabó por derrotar mis reticencias. Luego tuve ocasión de conversar con ella largamente durante la concesión del premio Mariano de Cavia, donde me fue concedido el honor de estar sentado a su lado: exudaba verdad por todos los poros de su piel; era circunspecta sin envaramiento; simpática sin histrionismo; y muy tranquilamente divertida cuando la ocasión lo merecía, también muy tranquilamente consciente de sus obligaciones y de la vocación de servicio que había asumido. Aquella noche tuve ocasión de comprobar que la mujer que la maledicencia había urdido era exactamente la antípoda de la mujer que tenía a mi lado. Fue una experiencia paradójica y hechizante; pero creo que en ningún momento el hechizo que su proximidad me transmitía ofuscó mi discernimiento. Nunca he sido cortesano, me faltan condiciones y convicciones para serlo; pero Doña Letizia me pareció, en su apariencia quebradiza, una mujer de un temple muy especial. Pensé que nunca le rendiría este homenaje; que siempre guardaría aquellas impresiones en las cámaras más recónditas del recuerdo. Pero, al verla sobrellevar con tanta entereza el dolor por la hermana muerta, como un búcaro que recompone sus añicos, me he emocionado muy sinceramente. Ustedes sabrán perdonármelo. UCHOS enseñantes españoles sintieron una cosquilla de sana envidia al enterarse de la frase con que Nicolas Sarkozy resumió la idea de respeto y jerarquía moral que aspira a implantar en su más que probable Presidencia francesa: Quiero una Francia en la que los alumnos se levanten cuando entra el profesor en clase Primero, porque en España hace mucho tiempo que ningún candidato se preocupa de la educación en sus discursos decampaña y segundo, porque jamás se atrevería nadie a hacerlo en esos términos, so pena de perder el voto joIGNACIO ven y ser tildado de autoriCAMACHO tario y o fascista. Nuestra escuela languidece en el marasmo logsiano con un profesorado desmotivado o directamente deprimido, y un alumnado cuya crecida indisciplina corre paralela a la ausencia de conocimiento y rigor que han propiciado unos planes educativos basados en la pedagogía de la banalidad. En ese contexto de abandono y desidia resulta perfectamente posible que se abra un debate mediático cuando Esperanza Aguirre anuncia que va a prohibir el uso de los teléfonos móviles- ¡y videoconsolas! -en las aulas de la Comunidad madrileña. Cualquier entendimiento razonable daría por supuesto que ya estaba prohibido y, en todo caso, que tan elemental medida de sensatez no requiere de la intervención gubernativa, sino del simple ejercicio de una primaria disciplina escolar. Empero, no sólo es menester formularla por decreto, sino que se han oído en los medios de comunicación voces contrarias, y desesperadas advertencias de profesores desamparados que temen ser denunciados por hurto si requisan a los alumnos cualquier aparato indebidamente usado en clase. Por lo visto, lo moderno, lo pedagógico, consiste en impedir cualquier coerción a la libertad expresiva- -y por supuesto, lúdica, palabra esencial en el entramado LOGSE- -de los chavales, que pueden quedar seriamente traumatizados si se les priva de su sagrado derecho a desatender las explicaciones del maestro. Sólo políticos de la derecha cerril pueden atreverse a formular esta clase de normas represivas, en vez de procurar la creación de climas de convivencia pacífica libremente establecidos por consenso entre alumnos y docentes. Al fin y al cabo, las nuevas tecnologías son una herramienta esencial en la sociedad del conocimiento y ningún educador chapado a la antigua debe restringir la creativa virtualidad de su uso y disfrute. Antes al contrario, sería de gran utilidad que el profesorado procurase adecuar sus métodos a las nuevas posibilidades tecnológicas, elaborando juegos educativos susceptibles de ser usados en formato mp 3 o distribuyendo apuntes por sms. Kln dscbrio Amrka En esta España desvertebrada y desquiciada- -país de locos, que dice Ibarretxe- ningún político podría aspirar a que los alumnos se levanten cuando entre el profesor. Todo lo más, se considera un logro que cuando empieza a explicar la lección no se queden hablando por teléfono. Menudo futuro.