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22 ESPAÑA La hora de la verdad del 11- M LUNES 12 s 2 s 2007 ABC Las heridas abiertas de Santa Eugenia Es un barrio dormitorio de Madrid. Todo el mundo se conoce y la matanza del 11- M golpeó con saña a este casi pueblo que sigue sufriendo en silencio y al que hablar y recordar le produce aún hoy un dolor inmenso POR DOMINGO PÉREZ FOTOS IGNACIO GIL MADRID. Un arbolito que lucha por mantenerse erguido. Una lápida a su pie: Plantamos vida por vuestra vida Y debajo un viejo muñeco de trapo, juguete roto recuerdo de tantas vidas quebradas, junto a unas tristes flores de plástico y un cartón en el que están pintadas dos manos blancas y ruge una pregunta: ¿Por qué? Este altar improvisado por los vecinos y amigos es en apariencia lo único que recuerda aquel 11 de marzo de 2004, cuando el terror estalló en la estación de Santa Eugenia. Veinticinco muertos y decenas de heridos. Pero las heridas, casi tres años después, siguen abiertas. A la gente le cuesta hablar. Se resiste a hacer memoria. Duele el alma. A Emilio Panadero se le cambia la cara. Se pone serio. Los ojos se le humedecen. Se le anuda la garganta. Es el encargado de la taquilla de la estación y estaba en su puesto, como cada mañana en los últimos siete años, cuando sonó el boom asesino. Tarda casi un minuto antes de decidirse: Es muy duro recordar- -reconoce- Ya lo tienes medio olvidado y, de golpe... Nadie está preparado para lo que ocurrió esa mañana. Nadie se espera que pase algo así. Sonó la explosión. Todo se movió. Luego el silencio... Y salí corriendo a ayudar en lo que pude. Recuerdo que acababan de entrar en el andén dos policías, que fueron los que más hicieron en esos momentos. La verdad es que el Samur, los bomberos y la Policía llegaron enseguida. Y los vecinos se volcaron Desde la terraza del piso de Jean- Michel, un séptimo, se ve la estación: Mira, ahí- -señala con la mano- -se elevaba una columna enorme de humo Pánico, estupor, rabia y silencio recuerda que fue lo que sintió de forma sucesiva y casi automática este profesor de inglés, propietario de una academia en el barrio desde hace muchos años, desde los primeros tiempos A su hijo Eric le tocaba estar o en el tren que estalló en Santa Eugenia o en el que luego reventó en El Pozo. No fue su día. Todas las mañanas tomaba el tren a la misma hora, pero se quedó dormido. Cinco minutos le salvaron la vida. Cuando sonó el estallido estaba abriendo la puerta de la calle rememora. En todo este tiempo no ha querido darle más vueltas. No le apetece pensar que podía haber sido él el que viajaba en el vagón de la muerte. Aunque reconoce que tardó más de un mes en volver a coger un tren para ir a la Universidad. Me angustiaba sólo de pensarlo. El primero que tomé fue en el sentido contrario al habitual. Fue una sensación muy extraña. Todo el mundo iba charlando y riendo. Había un murmullo nervioso. De golpe se llegaba a El Pozo y todos enmudecían. La gente se callaba. Se salía de la estación y volvía la cháchara. El ruido. Se entraba en Santa Eugenia, y de nuevo el silencio Silencio. Los vecinos prefieren el anonimato. Ella es menuda y lleva un carrito de la compra: Esto es como un pueblo. Todos nos conocemos. Todos sabemos alguna historia. Se oyó la explosión y fue como si se parara el tiempo. Todo iba a cámara lenta y como en sordina. Hasta la tarde, la gente no empezó a salir del estupor. Entonces se Imagen de uno de los vagones de Santa Eugenia el 11- M empezaron a organizar corrillos. Todo el mundo quería hablar, contar la suerte que había tenido o saber algo de alguien, compartir el dolor... Hizo falta más de un mes para que todo se normalizara, pero mucho más para empezar a sentir que se curaban las heridas- -señala Margarita, la madre de Eric, la esposa de Jean- Michel- Durante mucho tiempo vimos pasear a los heridos La vuelta al trabajo fue muy dura Emilio tuvo que estar en su taquilla, junto al andén destrozado, al día siguiente de la explosión. Estaba aquí solo. Se me caía encima la estación. Cuando llevas tanto tiempo en un puesto conoces a la gente. Sabes los que entran a las ocho, a los ocho y media. Los controlas. Te dices: Mira, hoy no ha venido éste o ésta. Estará malo, o se habrá dormido Pero aquello fue terrible. Una vez que se reabrió la estación tardó mucho la gente en volver a animarse a tomar el tren. Según iban perdiendo el miedo, te ibas alegrando de recuperar caras conocidas, pero también podías ir casi llevando la cuenta de los que faltaban Las historias sobrevuelan Santa Eugenia. Casi las cuenta el viento. Ese esposo que debía ir en el tren junto a su mujer, pero que se quedó en casa porque padecía una gripe y que todavía se sigue preguntando ¿Por qué ella? ¿Por qué no yo? Esos hermanos, que discutieron mientras llegaban al andén y cada uno tomó un vagón distinto. A uno no le ocurrió nada y el otro aún sufre secuelas. Aquella madre que todavía recibe tratamiento psicológico porque tuvo la fortuna de que a su hija no le ocurriera nada, pero ella estaba tan convencida de que sí que hasta entró en el vagón de la muerte y las imágenes de la carnicería la persiguen desde entonces sin permitirle conciliar el sueño. Esos seres aturdidos que salieron de entre la humareda del andén, trastornados y con la única obsesión de llegar a tiempo al trabajo, incapaces de asimilar lo ocurrido y que se iban casi tambaleando hasta la parada del bus. Esos millones de lágrimas. Tanto dolor. Y es que pese a la pátina de normalidad en el barrio, las heridas siguen abiertas. ¿Por qué ella? Nadie está preparado para lo que ocurrió aquella mañana dice Emilio, el taquillero de la estación ABC. es Interior de un vagón de la línea Alcalá de Henares- Atocha a su paso por Santa Eugenia Más información sobre el juicio del 11- M, que comenzará el jueves, en www. abc. es nacional