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18 ESPAÑA LUNES 12 s 2 s 2007 ABC EL OBSERVATORIO Germán Yanke LAS INTENCIONES DE RODRÍGUEZ ZAPATERO ON las graves discrepancias políticas a las que asistimos, o en las que incluso participamos, una cuestión de carácter? La pregunta se justifica, como hipótesis de trabajo, porque hay quienes aseguran que lo que se confronta en el escenario político español, es el optimismo de unos y el pesimismo de otros. El optimismo, naturalmente, del presidente del Gobierno y sus partidarios (él mismo lo ha llamado optimismo antropológico y el pesimismo, claro, del PP que sería una derecha, tal y como la definía Simone de Beauvoir, derrotada, temerosa: El futuro se le escapa y ya no trata de construir Y todo ello a pesar de que la autora de El pensamiento político de la derecha creía que se iba a cumplir, gracias entre otros a Lenin, la profecía marxista y que, por tanto, se acabaría dando por finiquitada la civilización de la burguesía y el mercado. El PSOE critica a los Estados Unidos por pretender exportar la democracia a países que no tienen la tradición ni las condiciones necesarias y, paradójicamente, pretende cambiar el que él mismo ayudó a construir aquí, sin atender a unos y otros sin consideración alguna a las condiciones de una sociedad compleja y asentada ¿S Pero no se puede negar que la izquierda española está llena de aparentes optimistas. Tras la bomba de ETA en la terminal del aeropuerto de Barajas, siguen diciendo que el final dialogado del terrorismo es, antes o después, inevitable, y proponen una confiada estrategia que consistiría en no dar coartadas a la banda y esperar, previo el enfrentamiento entre ETA y Batasuna, el final pactado. La derecha resulta más pesimista: piensa que la banda terrorista es hoy lo que era hace tiempo, es decir, un conglomerado que carece de mecanismos internos de disolución, y opta, en consecuencia, por su derrota sin paliativos. Esta derecha piensa que la reforma del Estado que se propone bajo la rúbrica de la España plural tiene en sí misma el virus de la desigualdad y el peligro de distorsionar, quebrando el consenso de la Transición, el concepto constitucional de ciudadanía. Los optimistas de la izquierda consideran a sus detractores inmovilistas y timoratos y piensan que ahora se dan las circunstancias para que todas las comunidades puedan plantear sus reivindicaciones y sentirse por fin a gusto en la casa común Lo mismo ocurre ante la grave crisis del Poder Judicial, en el que resoluciones duramente discutidas y acusación mutuas de instrumentalización se mezclan con la imposibilidad de renovar el órgano de gobierno de los jueces. Los socialistas creen que una determinada autoridad desplegada con tanta firmeza como optimismo, solucionará los problemas que los populares, pesimistas, consideran insalvables sin un acuerdo más amplio- -y complicado- -sobre la organización, el Gobierno y la independencia de la Justicia. chos que se pueden añadir, del debate político nacional. Pero volvamos al principio: ¿las discrepancias son una cuestión de carácter, una consecuencia del optimismo o pesimismo de unos y otros? Me temo que no. Me temo que estamos ante la vieja cuestión, fundamental en política, de si bastan las intenciones (incluso las buenas intenciones) para la acción de gobierno y si los poderes públicos están en disposición de lograr sus objetivos sin otras consideraciones. La eficacia, desde luego, no viene dada automáticamente por el optimismo gubernamental. Como dice la sabiduría popular, que no es otra cosa que la acumulación de experiencia, de buenas intenciones (y esto en el caso de que todas Sontresejemplos, delosmu- sean buenas) está empedrado el infierno. Parte de la reflexión de la socialdemocracia, en relación al utopismo socialista precedente, se basa precisamente en la desconfianza ante la omnipotencia del poder, incluso el revestido de buenas intenciones: en la constatación de que, por una parte, los gobernantes no disponen de toda la información (puesto que sería inabarcable) para saber qué es lo que conviene a todos y cada uno de los ciudadanos y aún menos de la precisa para saber cómo conseguirlo. Y, por otra, la imposibilidad de establecer un régimen desde arriba sin tener en cuenta las costumbres, los pactos previos, la experiencia acu- mulada, los resortes de la sociedad civil y los derechos de los discrepantes. El PSOE critica a los Estados Unidos por pretender exportar la democracia a países que no tienen la tradición ni las condiciones necesarias y, paradójicamente, pretende cambiar el que él mismo ayudó a construir aquí, sin atender a unos y otros sin consideración alguna a las condiciones de una sociedad compleja y asentada. Aciertan por ello, a mi juicio, quienes, también desde la izquierda, definen el impulso político del socialismo español actual como más radical que socialista Esta aventura del presidente Rodríguez Zapatero está tan dominada por el voluntarismo optimista que, además de no reparar en nada de lo que los gobernantes suelen llamar prudencia, concurren dos elementos igualmente peligrosos aunque de distinta naturaleza. De una parte, el optimismo no alcanza sólo a las propias fuerzas, sino a toda colaboración deseada: ETA se disolverá porque Batasuna se enfrentará a ella, será bueno todo lo que llegue del Parlamento de Cataluña, toda reivindicación autonómica es saludable, hasta el PP acabará dándole la razón. A veces el optimismo degenera de tal modo que se convierte en una insolencia intelectual. Orwell decía que al futuro paradisíaco ofrecido por los visionarios de la ingeniera social no hay que oponer otra capacidad de predecir el porvenir, sino una cierta manera de averiguar el tipo de mundo en el que vivimos. el visionario, en segundo lugar, se arropa en una posición política que, desde el punto de vista del rigor acerca de la democracia y el Estado de Derecho, es realmente terrible. Son ya varias las ocasiones en las que los optimistas que se mueven dentro o entorno al Ejecutivo enfrentan el principio democrático, la legitimidad de llevar a cabo su proyecto, con el principio de legalidad, añadiendo que este no puede oponerse a la soberanía popular que, por otra parte y siguiendo este razonamiento, ya no estaría en el pueblo, sino en el Gobierno. Se ha apuntado ese malestar con la ley en la discusión sobre el proceso de paz y la acción de la Justicia, se apunta ahora de nuevo ante el Estatuto de Cataluña... Si el mar tuviera baranda, por parafrasear un verso de Rosalía de Castro, a lo mejor el optimismo antropológico del presidente le llevaba a Brasil. Como no lo tiene, corre peligro de ahogarse. Y, si no estamos avisados, de ahogarnos. Y No se puede negar que la izquierda española está llena de aparentes optimistas. Tras la bomba de ETA en el aeropuerto de Barajas, siguen diciendo que el final dialogado del terrorismo es, antes o después, inevitable